A nadie se le escapa que el Real Betis es un club especial. Uno de esos equipos con una idiosincrasia particular, una historia marcada por diferentes momentos muy señalados, con una afición incansable y una inestabilidad casi desde sus orígenes que habría acabado con la paciencia de cualquier seguidor.

Desde el último título del club verdiblanco, una Copa del Rey allá por 2005, incontables cambios de presidentes, directores deportivos, entrenadores y jugadores, nuevos proyectos cada año que han ido fracasando. Junto a ellos, varios descensos que hicieron temer lo peor, una deuda económica de órdago y la intervención judicial de todo el organigrama. Un desastre.

Pero como el ave Fénix, el Betis ha sabido resurgir. No una sola vez, sino varias, levantado por una inagotable afición que no ha dejado caer al equipo de sus amores por más que lo ha intentado.

El panorama en la actualidad se presenta diferente, con un club saneado, casi sin juicios de por medio, cierta estabilidad en su directiva y un proyecto serio en las manos de todo un estandarte verdiblanco: Lorenzo Serra Ferrer. El otrora entrenador que conquistara el último trofeo bético ha llegado como una luz en la oscuridad para devolver, una vez más, la esperanza a la afición.

 

Las aguas deben bajar con más calma por Heliópolis, dando el tiempo necesario que requiere cualquier nuevo proyecto

 

Y llega con un claro cambio de rumbo respecto a los últimos años, una nueva revolución en verde y blanco. Los Pepe Mel, Juan Carlos Garrido, Gabriel Calderón, Julio Velázquez, Gustavo Poyet o Víctor Sánchez del Amo, cada uno con su estilo, consiguieron más logros negativos que positivos en Sevilla. Aterrizaron el pasado verano en la capital hispalense Quique Setién y su idea de juego, directo desde Gran Canaria de donde llega con un bagaje irregular tras hacer soñar en la primera vuelta a la afición de Las Palmas y sufrir la caída de los suyos en la segunda mitad de la temporada.

Junto al cántabro, fichajes de jugadores de contrastada calidad como Tello, Javi García, Guardado, Boudebouz o Sergio León entre otros, llegados para paliar las bajas de todo un icono del beticismo como Rubén Castro y de la perla de la cantera Dani Ceballos. A priori, un conjunto que debería hacer disfrutar al Benito Villamarín lejos del descenso a segunda división.

Pero como toda la historia (en especial la reciente) del Betis, la incertidumbre manda. El del barrio de Heliópolis es un club capaz de lo mejor y lo peor, de acertar cuando nadie apuesta por él y de caer con todo a favor. No en vano, para las mismas casas de apuestas, entra en la terna prácticamente con las mismas opciones para ocupar puesto de descenso y para clasificar entre los puestos altos de la clasificación al final de la campaña.

En la mente de los béticos todavía hay momentos de penuria, como el último descenso con 25 irrisorios puntos, varias derrotas abultadas frente al eterno rival, Copas del Rey (torneo que más alegrías ha repartido en el Betis) tiradas desde primera hora, y mucha inseguridad casi en cada paso que ha dado el club. Y a pesar de ello, la ilusión se respiraba en el bando verde de la ciudad de Sevilla.

La pretemporada no ha ayudado en exceso a los béticos, que han visto como su equipo sufría ante conjuntos de categorías inferiores y era capaz de poner las cosas muy difíciles a clubes como Milán o Inter. Antes del inicio de la competición liguera se desbordaron los ánimos, entrenamientos abarrotados de público, expectación por el estreno del estadio remodelado, récord histórico de abonados con más de 50.000… Pero las primeras jornadas ponían los pies en el suelo al bético que se veía en Europa antes de tiempo.

Si bien el estreno en La Liga Santander no era el idóneo (en el Camp Nou frente a un Barcelona dolido tras caer en la Supercopa de España), los de Setién no dieron la talla en juego ni intensidad. Las dudas parecían despejarse con la inauguración del “nuevo” Benito Villamarín, derrotando al Celta con tramos de muy buen juego, pero el equipo bético daba la de arena en su visita a Villarreal con errores groseros en lo que, se supone, debe ser la seña de identidad de este Betis: jugar el balón.

Pero las aguas deben bajar con más calma por Heliópolis, dando el tiempo y la mesura necesaria que requiere cualquier el nuevo proyecto. Es pronto para aventurarse, los mimbres están puestos, y el tiempo dirá si la enésima revolución verdiblanca da sus frutos, o le exigirá volver a reinventarse una vez más.