Erling Braut Haaland no tenía ni 12 meses cuando a su padre le destrozaron la rodilla. Una entrada inhumana de Roy Keane ponía fin a la aventura de uno de los primeros noruegos que triunfó en la Premier League. Ese chico ha crecido y ayer se dio a conocer al mundo como lo hizo el verdugo de su progenitor, de forma salvaje. Aunque su ‘crimen’ fue algo más decoroso: nada de violencia, solo goles.

Fichado el pasado invierno por el RB Salzburg -entidad especialista en rastrear y apostar por talento joven-, el hijo de Alf-Inge, que en julio cumplirá 19 años, ha hecho historia al anotar nueve tantos en un mismo partido durante el Mundial sub-20. Nueve que pudieron ser diez si una rosca en el añadido hubiera cogido algo más de efecto. Aunque Noruega lo tiene prácticamente imposible para alcanzar los octavos, su delantero centro ya ha dejado huella en el torneo. El sonrojante 12-0 a Honduras contó con un triple hat-trick del chaval nacido en Leeds: ocho goles de jugada y otro de penalti; todos de zurda, solo uno con la derecha. Un récord sin precedentes.

De pionero a víctima

Los apellidos noruegos hicieron fortuna en Inglaterra a principios de los 90. El gran boom del fútbol de este país hizo que muchos equipos de la Premier apostaran por sus jugadores, fundamentalmente por su físico, seriedad y disciplina. Tácticamente, además, comprendían el juego británico. En 1998, hasta 28 noruegos se repartían por la primera división inglesa.

Alfie Haaland fue de los primeros en aterrizar en las Islas. Petición expresa de Brian Clough cuando todavía era un sub-21 que militaba en el modesto Bryne FK, llegó al City Ground ya sin el legendario entrenador en el banquillo. Pudo coincidir con otra joven promesa, el irlandés Roy Keane, pero el Manchester United lo sacó del Forest para ponerlo rumbo a Old Trafford. Nunca sabremos si de haberse conocido habrían hecho buenas migas. La realidad es que fueron protagonistas de una las escenas más violentas perpetradas jamás sobre un terreno de juego.

Internacional con Noruega en el Mundial de Estados Unidos, la carrera de este sobrio centrocampista fue progresando hasta recalar en el atractivo Leeds de los Harte, Bowyer, Kewell, Woodgate, Robinson o Alan Smith. La rivalidad contra el United se había acrecentado con la venta de Cantona a los ‘red devils’, así que los duelos entre ambos conjuntos solían inflamarse con facilidad. En uno de ellos, Keane y Haaland vivieron un roce surrealista. El irlandés quiso anticiparse a una cobertura del noruego, le lanzó una fea patada y acabó trastabillándose. El medio se percató del intento de agresión y le recriminó al volcánico centrocampista, que acabó tendido en el suelo, que se levantara, que encima no le echara morro. Pero Keane no fingía: quiso dejarle una tarjeta de visita a su rival y terminó destrozándose los ligamentos de la rodilla de manera fortuita. No olvidaría aquella humillación.

Las cosas le iban bien a Haaland en Leeds. De hecho, en julio del 2000 nació su hijo, Erling, aunque fue un visto y no visto. Prácticamente de forma simultánea al nacimiento de su vástago, el Manchester City le lanzaba una oferta irrechazable. Instalada la familia en la ciudad mancuniana, Alfie no tardó en ganarse el respeto del vestuario ‘citizen’. Ya en su primera campaña, y por sus dotes de liderazgo, obtuvo el brazalete de capitán. Un año después, sin embargo, Keane ejecutaría la venganza que tanto tiempo estaba esperando. Abril de 2001, derbi en Old Trafford. Con el duelo languideciendo con empate a uno, un balón dividido juntó a los dos protagonistas. Haaland llegó antes y picó el esférico. No le importó a Roy, que solo tenía ojos para la rodilla del noruego. El irlandés levantó la pierna en un rictus exagerado y le clavó los tacos con furia. “Había esperado lo suficiente”, manifestaría posteriormente en su primera biografía. Recibió la roja mientras despedía a su víctima con un “Jódete, ya no volverás a reírte de mí”. La intrahistoria de esta acción se analizó en profundidad en el #Panenka80, especial sobre Bad Boys.

Leeds-Molde-Salzburgo

Haaland no volvería a ser el mismo. Sin continuidad ni fuerzas, y tras un curso donde apenas jugó unos pocos ratitos, acabó colgando las botas para regresar a su Noruega natal. Lo hizo junto a su hijo, claro. Un crío rubio y grandullón que ya hacía méritos para llegar a los 194 centímetros que gasta en la actualidad. Poco a poco, Erling empezó a seguir los pasos de su padre. Solo que lo que realmente se le daba bien era marcar goles, no neutralizar contraataques en la zona ancha. Ariete de referencia, ‘9’ clásico que vive descolgado pero con la escopeta siempre cargada, empezó en el mismo club en el que lo hizo Alfie, el Bryne; pero solo una temporada después de su debut el histórico Molde se lanzó a por sus servicios. Un Molde entrenado por Solskjaer, que avisó a los ojeadores de su antiguo club, el Manchester United, para que vinieran a espiar a ese gigante con un cañón en el pie izquierdo. El chico correspondió con un póker de goles ante el Brann y, aunque los scouters ‘red devils’ quedaron gratamente sorprendidos, no fueron más allá.

Habría sido curioso ver a Erling celebrar goles en ‘El teatro de los sueños’, donde su padre vivió más bien una pesadilla. Por lo pronto, los nueve tantos que le endosó ayer a Honduras, además de granjearle el más que probable trofeo al máximo anotador del Mundial sub-20, le hacen presagiar un gran futuro. Escaparates no le faltarán a lo largo de la próxima temporada; el RB Salzburg disputará, por primera vez en su historia, la próxima fase de grupos de la Liga de Campeones. Nunca se sabe: quizá la Premier sigue reservándole una plaza. Su apellido volvería a recordar aquel desembarco vikingo de la última década del siglo XX. Un apellido que desapareció demasiado pronto de los terrenos de juego por culpa de una de las acciones más antideportivas de la historia del fútbol.