Nadie conoce mejor el juego de su equipo que su entrenador, el hombre más capacitado para contestar un ‘por qué’. Por qué perdieron hoy, por qué ganaron hoy, por qué jugó éste, por qué no jugo aquél. Por qué el Manchester City encajó 35 goles la temporada pasada; por qué el Manchester City comenzó esta temporada sin opciones al título tras perder con el Tottenham o por qué parece estar cerca de sentenciar la Premier League tras ganar a Chelsea, Manchester United o Liverpool dos meses después. Así todo el tiempo. El caso es que probablemente y en varias ocasiones si el entrenador pudiera contestarse únicamente a sí mismo mientras se lava los dientes, diría ‘no lo sé’. Paradojas del cargo, al entrenador no le está permitido decir ‘no lo sé’ en un juego como el fútbol, donde un centímetro vale un título y separa al genio del fracasado. No existe el ‘no lo sé’ en el deporte del azar. Así que les toca responder que lo saben.

Pep Guardiola sabe mucho y ya sabe tanto por viejo como por diablo. Tras la victoria ante el Chelsea en Stamford Bridge el pasado 4 de enero, Pep sonreía como si hubiera marcado el gol de la victoria. Había en su cara un ánimo diferente, como el de un triatleta dando por finalizado un año de entrenamientos con el deber cumplido y la satisfacción del objetivo conseguido. Se le adivinaba hasta algún pequeño espasmo corporal al haber percibido ese tipo de detalles que sólo aparecen y se conectan en la cabeza de los técnicos y que lamentablemente nunca podremos experimentar. “Jugamos muy bien hoy ante el Chelsea. Hoy volvimos a jugar como jugábamos hace dos o tres años. Tenemos un plan e intentamos jugar como lo hemos hecho en el pasado, y funciona. Tenemos que tocar a nuestro ritmo. Ganamos la Premier League así, siendo más pacientes, más tranquilos, y hemos perdido un poco ese ritmo por muchas razones. La forma en la que ganamos los dos títulos de la Premier League fue como jugamos hoy”.

Este tipo de radiografías y diagnósticos, ese reconocimiento de quienes viven de una profesión que es un alambre, es como para uno de nosotros descalzarse sin preocupaciones al llegar a casa, un refugio que hoy parece complicadísimo de lograr en mitad de una pandemia y de dos temporadas que se han solapado sin descansos ni entrenamientos con los que mejorar. “Yo siempre observo a tres jugadores en concreto, siempre los mismos, y sé cómo está el equipo de bien o mal. Si los veo bien, estoy tranquilo”, decía Diego Pablo Simeone allá por 2014. Tener ese momento de seguridad, encontrar la señal, la constante, que te devuelve al confort del que has salido previamente, es lo que ha ido buscando un Guardiola que va camino de completar cinco años en el City -club en el que más tiempo ha permanecido- viendo como su equipo se desangraba tras cada pérdida de balón hasta perder el control de los partidos. De ahí su cara en Stamford Bridge. Sentía lo que hace tiempo no sentía. Se había reencontrado con la esencia.

Cinco años después, Guardiola atraviesa un nuevo momento en Mánchester. De primeras, sus pasos en la ciudad consistieron en entender la Premier y su cultura futbolística: adaptación al medio. Se dio tiempo, le dieron tiempo, para que todo encajara a base de insistencia y ajustes. Consiguió de nuevo hacer dos ligas de 100 y 98 puntos a la espera de dar con la tecla en la Copa de Europa. Pasando de una plantilla heredada a una confeccionada y domesticada bajo sus postulados, la vuelta a la esencia de este Manchester City cinco años después sitúa al de Santpedor en una nueva etapa como técnico, al reiniciar otro proyecto con una serie de jugadores muy diferentes dentro de un mismo club, habiendo agotado sus ciclos en Barcelona -cuatro años- y Múnich -tres años- con la sensación de que necesitaba un nuevo rumbo. Ahora, en su quinto año, para que su City parezca diferente mientras Guardiola encuentra el suspiro de hallazgo de aquel 4 de enero en Londres, varias cosas han ido sucediendo.

 

Desde principio de temporada, incluso antes de su definitivo despegue hasta la racha que va desde diciembre hasta febrero, Pep ha encontrado la forma de recuperar la importancia de la posición en la circulación

 

“La única diferencia es que corremos menos. Corríamos demasiado, para jugar al fútbol hay que correr mucho menos. Sin el balón tienes que correr, pero con el balón tienes que mantenerte más en posición y dejar que el balón corra y no tú, y hemos mejorado mucho en los últimos partidos”. Estas declaraciones recogen en parte lo que le sucede a un creador en el propio proceso de creación. Guardiola ha necesitado que su equipo se caiga para levantarlo, sirviéndose de una perogrullada con la que construir el muro actual. No hay ninguna razón de mayor peso en los equipos de Guardiola que su solidez defensiva, a pesar de jugar siempre en campo contrario. Por eso una serie de decisiones tácticas y de rendimientos individuales han convertido el mar de olas en un lago calmado de patos.

Desde principio de temporada, incluso antes de su definitivo despegue hasta la racha que va desde diciembre hasta febrero, Pep ha encontrado la forma de recuperar la importancia de la posición en la circulación mientras su pérdida de balón encontraba más seguridad en la utilización de los laterales y sus pivotes. De un lado, su ataque organizado se asienta con un lateral interiorizado y otro más bajo, frecuentemente alineado con los centrales, sea de forma fija o viniendo a recibir para salir tres contra dos en el primer pase, haciendo que la estructura de tres zagueros más dos centrocampistas por delante se repita de una forma u otra, creando dos alturas defensivas escalonadas y con un hombre por carril en la última línea, en lugar de dos. Ya no sólo de forma numérica el panorama cambia sino que arropa aún más a su mediocentro, un Rodri muy superado en la disposición previa.

De esta forma, el equipo vuelve a darle una importancia total a los extremos clásicos en el juego de posición, muy abiertos y esperando que por dentro se genere la suficiente atracción para liberar el juego hacia un uno contra uno. En la anterior idea, la del 4-3-3 donde los interiores rompían hacia línea de fondo entre el lateral y el central, el equipo generaba un volumen extraordinario de ocasiones, pero la salida del rival era más limpia por todo el carril central al haber destinado muchos efectivos en la creación de ocasiones. Por otro lado, en esa teoría de contrapesos en los que unos se quedan y otros deben soltarse, el papel de Joao Cancelo por dentro y el de Ilkay Gündogan llegando se han unido a la par con tal de cuadrar las cuentas de Pep.

En el último programa de Play Fútbol de la Cadena Ser, el entrenador Francisco Beltrán, en relación a la figura del llegador, explicaba junto a Bruno Alemany cómo la figura de Gündogan se alejaba del interior llegador clásico como futbolista que rompe desde atrás y ocupa un espacio generado por los puntas. Lo que le diferencia es que Ilkay se descuelga sólo cuando la jugada ha sido construida con calma y él ha sido parte de ella, subiendo de altura en altura como parte protagonista del proceso de elaboración y no llegando en tromba mientras otros compañeros han llegado a línea de fondo sin su ayuda. Mientras, Cancelo por dentro le permite romper su grillete usándole como referencia, intercambiando roles para que el equilibrio sea una constante. “La temporada pasada Joao luchó con un nuevo club y nuevas ideas”, dijo Guardiola sobre Cancelo. “Estaba confundido al principio. Esperaba algo que no podíamos ofrecerle. Ahora se ha asentado y nos está dando lo que necesitamos”.

En esta nueva etapa en la que se va nombrando a Gündogan como llegador, Cancelo por dentro, Phil Foden creciendo a pasos agigantados, por supuesto la importancia vital, trascendental de Ruben Dias como el mejor central que seguramente haya tenido Pep entre Kompany, Otamendi, Laporte o Fernandinho, se desprende del paso del tiempo por Pep en Inglaterra una nueva forma de adaptar el talento. Utilizando y amoldando una sensacional frase, que es idea, de Alberto Egea, Guardiola comienza a ver de nuevo a sus emergentes talentos no tanto por lo que son sino por lo que pueden llegar a ser, una suerte de observación darwinista en la que bajo unas condiciones determinadas, el jugador puede evolucionar de una determinada forma mientras se reconoce en el entorno de manera natural. A falta de que la Champions vuelva a negarle algunas cuestiones relativas a su calidad individual, Guardiola ha vuelto a Ítaca con nuevos acompañantes. Y no hay mayor chute de energía para un técnico que echa raíces en un mismo lugar que seguir contando lo mismo a gente que está comenzando. Así logra uno mantener el desgaste a distancia.

 


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Fotografía de Getty Images.