Guardiola es perfecto aunque siempre ha intentado disimularlo. En su estreno en la élite, sin ir más lejos, perdió contra el Numancia y empató en su estreno en el Camp Nou ante el Racing. Tanto intentó disimularlo que los amantes de los números ya pidieron su cabeza. Nueve años y medio después de aquel inicio perfectamente imperfecto, Guardiola no ha podido esconder su perfección. Decía Sábato que el destino siempre nos conduce a lo que teníamos que ser. En su artículo en El Mundo, el periodista Francisco Cabezas, amante de las letras, recurría a los números para demostrar el gen ganador del técnico catalán. Cabezas recordaba que Guardiola gana casi tres de cada cuatro partidos y tan solo ha perdido 53 de los 495 encuentros que ha disputado como entrenador. Con el Bayern llegó a los 19 triunfos seguidos, una racha que a punto estuvo de igualar la semana pasada. Guardiola casi atrapa a Guardiola. Tanto él como su equipo, invencible esta temporada y con 62 de 66 puntos en Premier, están en ese peligroso pero dulce momento en el que ellos mismos son su único enemigo. El Manchester City perderá cuando quiera.

En un reciente artículo en La Vanguardia, Santiago Segurola explicaba que en estos tiempos se pretende explicar el fútbol únicamente mediante la táctica y la estadística. “Cualquier aproximación a un equipo o un partido se reduce cada vez más a los números, que desde su frialdad transmiten una sensación imbatible de firmeza”, rescaté del escrito. Guardiola, Míster intangibles, es más recordado en Barcelona por el cómo que por el qué; por los medios que por el fin; por las jugadas que por los goles; por el camino de llegar al título que por las propias victorias. Y eso, con 14 títulos en cuatro temporadas, tiene mérito. Guardiola, siempre un entrenador que estimulaba más a las letras que a los números, se ha afiliado a las certeras y fiables cifras, a los altos porcentajes que no contemplan la derrota. Ahora sí, te hemos calado, Pep. Eres perfecto.

 

Curiosamente, cuanto mejor hacía las cosas Guardiola, más en el foco de las críticas estaba

 

Cada uno tiene tus filias y sus fobias. Reconozco que amo a Guardiola haga lo que haga y gracias a Rafa Cabeleira no tengo miedo en confesarlo. Él está en primera línea del batallón guardiolista y solo cuando vea su melena arder, pondré la mía a remojar. Dicho esto, reconozco que, de ser otro el que paseara su perfección por Inglaterra y Europa, le tendría cierta tirria. Al ser humano le resulta difícil ser empático con una persona a la que todo le va bien. El fracaso une y, además, es más literario. Eso sí que no te lo perdonaré jamás, Pep. Por eso todos preferimos ese mandamiento de Beckett, el “fracasa otra vez, fracasa mejor”, convertido ahora en un eslogan de Mr. Wonderful, pero que en su filosofía más pura nos viene a decir que después del fracaso solo hay más fracaso. Ya decía Juan Tallón que fracasar es un vicio, como ese personaje de Sobre héroes y tumbas que adoraba a la gente fracasada: “El triunfo siempre tiene algo de vulgar y de horrible. Lo que sería este país si todo el mundo triunfase. No quiero ni pensarlo. Nos salva un poco el fracaso de tanta gente”.

Curiosamente, cuanto mejor hacía las cosas Guardiola, más en el foco de las críticas estaba. Cuando firmó los mejores años en la historia del Barça y maduró a Messi en el campo y fuera, muchos alegaron que con esos jugadores era realmente fácil conseguir lo que había conseguido, tal y como se demostró años después con Tata Martino. En Alemania, ya empezó perdiendo porque heredó un triplete del Bayern de Múnich, incluida una liga que antes y después de él tiene mérito ganarla, pero mientras él ocupaba el banquillo del Bayern era un campeonato de Monopoly. A veces me identificaba con él y pensaba que entrenar al Bayern era como estudiar periodismo. Todo el mundo decía que no hacía falta estudiar esa carrera y que no tenía ningún mérito aprobar sus bohemias asignaturas. Ahora, en la que se presuponía, al menos antes de su llegada, como la liga más competitiva del mundo, parece que no acaba de tener mérito que aventaje en no sé cuántos puntos a sus perseguidores, que casualmente sí que se encuentran en una pulgada de unidades. Si en Alemania estudiaba periodismo, ahora Pep lo hace en una universidad privada, donde el dinero, al parecer, todo lo compra. Los de las críticas en Barcelona y Baviera tienen en la perfección su excusa para volver a las trincheras en Manchester. En el dinero está su coartada.

Muchos ven a Guardiola como a esa adinerada salida de la pluma de Bioy Casares, que explica sus muchos problemas por ser rica en La pasajera de primera clase. Ella siempre viajaba en esa situación privilegiada, pero reconocía que todas las ventajas favorecen al pasajero de segunda, especialmente en el precio. Los cocineros, más empáticos con las clases populares, preparaban los mejores manjares para ellos. Una teoría que se extendía a la sociedad y que, según ella, la inculcaron escritores y periodistas, “individuos a los que todo el mundo escucha con incredulidad y desconfianza, pero que a fuerza de tesón a la larga convencen”.

En el artículo antes mencionado, Segurola reivindicaba la importancia de abandonar los logaritmos en el fútbol para ampararse en los matices humanos. Con Guardiola están a salvo. Algunos le amábamos hace unos años por fracasar -así le llaman algunos a no conseguir un torneo entre los mejores de Europa y que solo puede ganar uno- una y otra vez en la Champions y ahora le amamos por no perder un solo partido. En la perfección, y sobre todo en la contradicción, se vive muy bien.