De Brixton a Finsbury Park por la línea azul. Transbordo. Llegamos a Arsenal. Empieza lo bueno, la realidad de todas aquellas historias que había escuchado o leído. Que si la afición del Arsenal es la más sosa de Inglaterra; que si se han vuelto unos conformistas; que si viven del pasado. Podía ser verdad, podían no engañarme, podían decirme que sería mejor ir a Stamford Bridge, pero como niño que creció endiosando a un rapado con el ’14’ a la espalda reventando las redes de cualquier césped inglés, tenía la obligación moral de vivir con mis propios ojos la experiencia. Dejar atrás eso de “siempre me han dicho que” para tener la oportunidad de expresar el “te aseguro que”. Y así, un viaje de amigos a Londres, se convirtió en la excusa perfecta para cerrar un ciclo que se inició a base del consumo de diarios, revistas, vídeos, programas de televisión y videojuegos en los que el Arsenal, desde la lejanía y el desconocimiento de su historia, me caía más simpático que ningún otro equipo extranjero.

Retomándolo en la estación de Arsenal, fue ahí donde se asomaron las primeras bufandas y chaquetas de los Gunners. He aquí, supongo, la singularidad del fútbol en las urbes extremadamente extensas, donde los colores se mueven por barrios. Enfilando en silencio, y entre una multitud de aficionados, hacia la salida del metro, ya se avistaba una imagen de lo que serían aquellos 90 minutos. Al ver a tanto inglés en masa, me acordé de Elijah Wood cantándole a las lindas pompas de jabón por las calles del este de Londres y, nada más lejos de la realidad, en los aledaños del Emirates demasiado sir y kid merodeaba la zona para que esta vez fuéramos mi amigo y yo los protagonistas foráneos de una escena similar. Pocos gritos, menos cánticos, y un paseo tranquilo hacia el campo, como una tarde de domingo cualquiera perdiéndonos por Hyde Park.

A medida que nos acercábamos al Emirates iba entendiendo algunas cosas de todo aquello que sabía, o creía saber, de oídas. El puente que conecta las calles del barrio de Highbury con el estadio, The Ken Friar Bridge, no es más que la recolección de cromos de todos los mitos que en su día hicieron vibrar el viejo estadio del Arsenal. A cada costado del pasillo se encadenaban enormes pósteres de los mejores futbolistas que algún día lucieron el cañón en el pecho, demostrando el orgullo por el pasado del club. No supe deducir si la selección de jugadores se debía a la cantidad de partidos disputados, a los éxitos obtenidos o a una criba personificada, pero ahí estaban todos. Desde reliquias como Arthur Shaw o Frank McLintock hasta recientes figuras como Fredrik Ljungberg o Robert Pirès, sin olvidarse de un Cesc Fàbregas que hoy viste de azul en tierras enemigas. Al llegar al estadio, más de lo mismo, cada tantos metros la fachada mostraba una imagen de algún tipo con pasado glorioso y un texto le acompañaba rememorando sus gestas como futbolista gunner.

 

Silencio, mucho silencio. Era verdad lo que contaban. Ahí no animaba ni Dios

 

Después de dar casi una vuelta entera al abecedario, encontramos nuestra puerta, la S, y una marabunta de gente esperaba para acceder a sus asientos. En nuestro intento por sentirnos dos Gunners más, erramos en lo de la puntualidad británica. Nos sentamos en las butacas, muy cómodas por cierto, cuando el minutero ya se acercaba al número diez. Por suerte, nada relevante había sucedido en los primeros instantes de tanteo e iniciaba el momento de conocer cómo era la afición del equipo que sin raciocinio alguno se convirtió en ‘mi equipo extranjero’, como todo hijo de vecino tiene o ha tenido.

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Silencio, mucho silencio. Era verdad lo que contaban. Ahí no animaba ni Dios. Bueno sí, los del Wolves eran unos animales exaltados bañados en cerveza y gritaban como si no hubiera un mañana en Wolverhampton. En el resto del estadio el silencio se combinaba en el tiempo con tímidos aplausos tras una recuperación en campo rival, una salida de balón limpia desde atrás o una fina apertura a banda para retar al lateral. De vez en cuando se oía un monótono “Arsenal, Arsenal, Arsenal!”; y si no, era el “Come on Arsenal, Come on Arsenal!” el grito de guerra para animar a los suyos. Poco ingeniosos estos Gunners al alentar a su equipo, sinceramente. Y más aún después de que Ivan Cavaleiro adelantase a los visitantes justo antes de llegar al cuarto de hora de partido.

Lo que sí cabe admirar es el legado que dejó Arsène Wenger en la fe en buscar el partido desde el dominio del juego, la posesión y la combinación de pases para llegar al arco rival. Se les ve orgullosos de ello, de haber dejado en el olvido al Boring, boring Arsenal para ser un equipo que intenta cocinar el fútbol para los mejores paladares. Y unos de sus problemas quizá vengan desde ese punto de partida. Porque puede que haya filosofías que inviten a exaltar el camino hacia el éxito por delante del resultadismo sin preguntarse el cómo se ha llegado hasta ahí. Pero sin premio final de poco o nada sirve que el camino haya sido precioso. Y eso parece habérsele olvidado a la hinchada gunner. Demasiado conformismo para una gente que hace no tanto ganaba ligas, y si no lo hacía al menos peleaba por ellas. Poca crítica, ni constructiva ni destructiva; poco afán por ganar a un Wolverhampton que plantó su batallón frente al área y se dedicó a salir rápido y preciso por las bandas -tan bien lo hizo que, con poco, mereció mucho más que el Arsenal los tres puntos-; poco amor propio, incluso.

El consuelo, mínimo y escaso, en aquella tarde-noche de domingo llegó fruto de un centro confuso. Confuso para Henrikh Mkhitaryan, que no sabía bien las pretensiones de aquel balón que envió al área. Confuso para Rui Patricio, petrificado esperando que alguien, amigo o enemigo, lo desviara. Confuso para todos. Nadie lo tocó, el balón estaba dentro y el público estalló como deseábamos que lo hiciera. A nosotros nos consoló por el hecho de poder gritar a viva voz, junto a más de 50.000 ingleses, un inconfundible “Yeees!” lleno él de pasión por el fútbol de las islas. El problema, de nuevo, es que aquel gol a ellos, a los de nuestro alrededor, también pareció consolarles y no debería hacerlo en una afición que sueña con levantar una liga después de tres lustros de espera. Acabó el partido y bajaban las escaleras tranquilos, como si nada hubiera sucedido en los anteriores 90 minutos, como si poco importara verse dos puntos más lejos de la cabeza de la tabla.

Al salir del estadio iniciamos una pequeña travesía volviendo atrás en el tiempo. Pasamos por delante de la estatua de Dennis Bergkamp. Desgraciadamente, demasiada gente había delante de ella para poder esquivar a todos e inmortalizar el momento a su lado. Unos cuantos metros más hacia delante, la de Thierry Henry. Por suerte, menos transitada. Tuvimos que esperar un rato para hacernos la foto pero valía la pena, era Thierry Henry. Tras ello, y aunque ya lo tenía en mente antes siquiera de aterrizar en Londres, convencí a mi amigo -no fue complicado- para echar un paseo hacia el viejo Highbury, o lo que queda de él.

En nuestro particular camino al pasado, pasamos por delante de otra estatua, la de Herbert Chapman, justo antes de cruzar el segundo puente que une al Emirates con las calles como excusa para rendir tributo a sus viejas glorias, The Danny Fiszman Bridge. Salimos por Martineau Road, recorrimos el Highbury Hill observando sus preciosas e imponentes casas particulares, subimos por Highbury Square y en Avenell Road nos detuvimos frente a la fachada. Por dentro, todo diferente, más de setecientas viviendas ocupan hoy lo que hasta 2006 eran gradas vestidas de rojo y blanco. Eso sí, la fachada intacta, con su ‘East Stand’ y su ‘Arsenal Stadium’ inamovibles respetando 93 años de historia. Fue una experiencia que sirvió para corroborar que todo aquello que me dijeron sobre la afición era cierto, pero también para saborear un pasado glorioso, percibir un presente resignado y un futuro lleno de dudas.