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Franck Ribéry sabe lo que hicimos el último verano

Antes de que la selección española iniciara su ciclo triunfal, el extremo francés, que colgará las botas, fue el último verdugo con un Mundial sorprendente

Hannover, GERMANY: French forward Franck Ribery celebrates after scoring a goal during the World Cup 2006 round of 16 football game Spain vs. France, 27 June 2006 at Hanover stadium. AFP PHOTO / PIERRE-PHILIPPE MARCOU (Photo credit should read PIERRE-PHILIPPE MARCOU/AFP via Getty Images)
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Apareció en verano, como los primeros amores. Era 2006, llevabas la pulsera de Livestrong en la muñeca derecha. Actualizabas Fotolog cada semana. Escuchabas Rehab de Amy Winehouse o En qué estrella estará de Nena Daconte. Y llegó el Mundial. Todos le pedíamos al peluquero la cresta de Torres. LaSexta y Cuatro molaban, olían a tele de pago pero sin rayas. En una narraba Montes y en la otra comentaba Maradona. Qué podía salir mal. España firmó un pleno de victorias en la fase de grupos y, como de costumbre, afrontaba optimista los octavos de final. Nos cruzamos con la Francia que parecía de Zidane, en su último Mundial, pero terminó siendo de Ribéry, en su primera gran aparición. Lo que sientes en un Mundial en la adolescencia no lo vuelves a sentir jamás. Y Ribéry fue el culpable de la eliminación de España, pero también de aquellas primeras mariposas en el estómago.

España forjaba su leyenda de invencible. Nadal en Roland Garros, Fernando Alonso en Fórmula 1. El Barça venía de ganar la Champions; el Sevilla, la UEFA. Pero el aura derrotista todavía acompañaba a la ‘Roja’. Y eso que Villa marcó el primero. Pero apareció el villano que necesitaba el país cada dos veranos. Un desconocido se atrevió a dejar en la lona a Casillas y a convertir a Puyol en un central vulnerable. Todavía era la España de Raúl y todavía era la España en la que era normal que eso pasara. Pero fue la última vez que pasó. Hasta que en 2014 Van Persie se inventó un remate de cabeza a kilómetros de la portería, aquel francés que conducía como el malo de la película de miedo que sabe que atrapará a los buenos, fue el último verdugo de una selección española que estaba a punto de empezar su ciclo triunfal.

Fue el último verano malo. Y lo protagonizó Ribéry. Venía de la mano de un apodo que imponía, ‘Scarface’, una cicatriz y una historia dramática, un accidente de niño, que lo unía todo. Fue suficiente para que nos eclipsara durante aquel verano. Una cicatriz basta para iniciar una leyenda, y si no que se lo pregunten a Harry Potter, aunque en su caso Ribéry se convirtió en el-que-no-debe-ser-nombrado. Las marcas en la piel imponen porque son la cara visible del sufrimiento que el resto llevamos por dentro. Pero la buena historia de un jugador nuevo dura lo que tardamos en conocerla. Él además mostró y prolongó su fútbol, más imponente que su cicatriz. Fue un amor de verano que, lejos de apagarse en septiembre como Arshavin, o de encenderse solo a rachas como Özil, mantuvo viva su llama.

 

Nunca olvidaremos que Ribéry fue nuestro primer amor de verano, ese primer amor que es el más doloroso, como aquella eliminación de 2006, pero el que más ayuda para las relaciones venideras

 

Tras aquella presentación en 2006, aguantó un año más en Marsella y después fichó por el Bayern, donde explotó. Allí formó pareja en los extremos con Robben. Decir Robben y Ribéry era como decir Batman y Robin o Faemino y Cansado: sabías que iban a pasar cosas emocionantes y divertidas. Verlos jugar era ver lanzar cuchillos desde los costados. Concretamente, Ribéry conducía la pelota como si no tuviera cadera. Era patinaje artístico, fútbol sobre hielo. No regateaba, surfeaba. Algún día confesará que llevaba el balón atado a la bota con una cuerda invisible. Rindió tan bien que llegó a disputarle un Balón de Oro a Cristiano Ronaldo y a Messi cuando eran dos extraterrestres.

Según L’Équipe y el periodista Gianluca Di Marzio, Ribéry colgará pronto las botas. Como buen pintor de obras maestras, añadió un par de trazos de romanticismo en la Fiorentina y en la Salernitana. Nunca olvidaremos que fue nuestro primer amor de verano, ese primer amor que es el más doloroso, como aquella eliminación de 2006, pero el que más ayuda para las relaciones venideras. Tras el gol del empate del francés que inició la remontada, España ganó la Eurocopa de 2008, el Mundial de 2010 y la Eurocopa de 2012. Ribéry siempre sabrá lo que hicimos el último verano antes de ser los mejores.

 


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Fotografía de Getty Images.