El fútbol ha cambiado y Kiev será prueba fehaciente. Una de sus figuras más puras, la del ariete clásico de toda la vida, ha entrado en la recta final de su vivencia, y la presencia y el peso de Roberto Firmino y Karim Benzema en los frentes ofensivos de Liverpool FC y Real Madrid presentará la nueva era como desde hace 10 años se supo que ocurriría. Diego Milito, Didier Drogba, Mario Mandzukic, Robert Lewandowski, Diego Costa, Luis Suárez, Álvaro Morata, Fernando Torres y Gonzalo Higuaín han defendido a la antigua estirpe en los nueve últimos meses de mayo, y algunos con eficacia contrastada y de la que perdura, pero el punto ahora alcanzado era inevitable y, por ello, merece reflexión.

Firmino, con permiso de Edin Dzeko el mejor “9” de la vigente edición de la Champions, es quien piensa y juega en un equipo donde Sadio Mané y Mohamed Salah representan la velocidad, la agresividad y el gol. Este atípico delantero centro, caracterizado por sus desmarques creativos (cada uno de sus movimientos fabrica una ventaja o favorece que emane la fluidez) y por sus habilitaciones a sus compañeros, constituye un desafío para sus adversarios que podría calificarse de eminentemente intelectual, en el sentido de que, por encima de cualquier otro imperativo, Firmino obliga a los centrales de su rival a tomar decisiones. Nunca está claro qué se debe hacer frente a él; si perseguir sus apoyos o rupturas, si proteger los espacios abandonados, si precipitar el intento de robo o si contemporizar en espera de ayudas; con Firmino, la opción nunca es clara y el error implica una ocasión, o al menos el principio de una, para las balas del gran Jürgen Klopp.

 

La presencia y el peso de ambos en los frentes ofensivos de Liverpool y Real Madrid presentará la nueva era como desde hace 10 años se supo que ocurriría

 

Que el Real Madrid esté tiranizando estos días de Champions League se debe a no pocos motivos, y uno de ellos deriva de la capacidad de lectura e interpretación de su cuarteto defensivo principal: Raphael Varane, Carlos Henrique Casemiro y, con especial énfasis, Luka Modric y Sergio Ramos. Cuando el capitán blanco potencia su concentración con el afán de prolongar su reinado, genera un contexto erudito de panteón griego donde se goza de la reflexión y de los aciertos académicos, provocando una situación de ventaja o, como poco, igualdad táctica donde las piernas de Varane y Casemiro prevalecen sobre todas las demás. O sea, en un fútbol donde la mentira es necesaria porque sólo a través del engaño aparecen los espacios para que los buenos resuelvan, los de Zinedine Zidane están especialmente dotados para desenmascarar la picaresca. Es una de sus fortalezas.

Y se trata de una fortaleza poco común, que quizá apenas hayan compartido la Juventus FC de Leonardo Bonucci, Andrea Barzagli y Giorgio Chiellini y, con mayor aptitud si cabe, el Atlético de Madrid de Diego Godín, Miranda y “El Cholo” Simeone. Curiosamente, o no, porque en realidad está vinculado, los dos adversarios ante quienes se ha medido el Real Madrid en las tres últimas Finales; los dos contrincantes frente a los que el líquido Karim Benzema, autor de un puñado de eliminatorias gloriosas, se ha mostrado incapaz de brillar como en esas otras. Por eso, quizá, ahora que por primera vez se discute su titularidad debido al predominio de Isco y la extraordinaria calidad de Gareth Bale, Karim encare el primer último partido donde su fútbol cobra o aspira a cobrar un sentido letal: el equipo de Roberto Firmino no sabe defender a semejantes. Sus centrales se acogen a la acción aunque parezca que están pensando, en parte porque su técnico, el rubio del ímpetu, desata esa dinámica de actividad infernal para disfrazarse de diablo. El Liverpool corre, salta y va al suelo antes de calcular cómo de recomendable resulta, y, en esas, Karim Benzema, el ariete que casi nunca marca goles, se antoja más decisivo que un gol.