Solo tres jornadas para el final de la liga. Menos de un mes para jugar esa final de Copa, la disputa de cada punto del que depende todo o nada. Ese nerviosismo, esa incertidumbre. Poder jugar la Champions, ganar un trofeo o perderlo todo si no se sabe rematar la faena. No nos engañemos, por esa tensión se trabaja durante todo el curso. El que llega a mayo con el conteniendo el aliento mientras los demás ya tienen la cabeza en la próxima temporada, es porque ha hecho muy bien las cosas. La Lazio se encuentra en ese momento tan dulce como incierto, protagonizó una de las mejores remontadas de la temporada escalando hasta el tercer puesto con siete victorias consecutivas y puede volver a ganar un título, cosa que no hace desde 2009. Con la misma sensación de un futuro tan prometedor como incierto anda Felipe Anderson, el jugador revelación del conjunto, el segundo máximo goleador del cuadro y el joven que se ha metido en el bolsillo la afición romana.

Contextualicemos. Anderson es brasileño, acaba de cumplir 22 años y llegó a Italia procedente del Santos, donde a los 17 años formó pareja atacante con Neymar Jr. Costó ocho millones de euros y durante la primera temporada no logró marcar ni un solo gol y fue acusado de haber subido considerablemente de peso. Para colmo, el pasado enero su padre fue detenido en Brasil por doble homicidio. Pero él, adverso a la idea de convertirse en un nuevo brasileño frustrado con más desborde fuera del campo que dentro de él, se ha reivindicado como la nueva promesa de la Serie A y una de las razones que tiene la Lazio para reafirmarse como un equipo totalmente recompuesto. La labor de Stefano Pioli tanto con el equipo como con el chico, es ineludible en esta historia.

Todo empezó a cambiar 18 meses después de que el brasileño aterrizara en Roma, en un partido de Coppa frente al Varese Calcio. Anderson convirtió el tercer tanto de la noche con un gran disparo a distancia y desde entonces encarriló una racha de goles que destapó todo la magia que llevaba dentro. Tanto por banda como en la mediapunta, regateando, pausando o rematando, Anderson se ha erguido como uno de los principales baluartes (con permiso de Miroslav Klose) que mantienen a la Lazio de Pioli pendiente de una matrícula de honor a final de curso. Y como buen brasileño que regala al Calcio aquel encanto que a menudo reclama, poco le ha costado llamar la atención de equipos con verdadero renombre en toda Europa.

Si bien es cierto que el trabajo que este joven continuamente comparado con su amigo Neymar empieza a dar sus frutos, también lo es que la actitud que han tomado con él tanto Pioli como el seleccionador Dunga es lo que le mantiene con los pies en la tierra. Entre tanta portada hablando de su traspaso millonario a un club grande, su relación con el astro azulgrana y capítulos como el que protagonizó su padre, Anderson necesitaba un Pigmalión que marcara los tempos de su crecimiento. Pioli es, sin duda, quien más ha confiado en él, pero también la personalización de una prudencia que le está sentando de maravilla. El técnico italiano le reclama constantemente madurez, que utilice cabeza y velocidad a partes iguales y la calma en las decisiones finales. Anderson, a cambio, ha despertado en el momento preciso, siendo una de las claves de una Lazio que puede firmar un año inolvidable. Por su parte, Dunga no se ha dejado seducir por ese canto de sirena que llega desde Italia. O quizá sí lo ha hecho, pero el seleccionador de la Canarinha ya ha escuchado demasiadas veces la historia de aquel brasileño que tanto prometía. “No es Ronaldo ni Neymar, no lo comparéis. Dejadlo tranquilo”, sentencia delante de la prensa que tanta prisa tiene por verlo vestido de amarillo. Si el técnico tiene planes de futuro para él, habrá que esperar.

Lo que parece inminente es ver el nombre de Anderson protagonizando más de un culebrón de verano. ¿Es la hora de dar un salto de calidad? ¿No está ya en el mejor escenario posible para confirmarse como un delantero regular? En todo caso, todo ello dependerá de cómo cierre el año la escuadra biancoceleste. En Roma, lo mejor aún está por llegar y Anderson será definitivo para desequilibrar este final nervioso, apasionante, decisivo: asegurar una Champions, vencer un último derbi, levantar una Coppa de Italia.