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Ahora es inimaginable, pero hace menos de 15 años RTVE compró los derechos de la Premier League para emitir, durante tres temporadas, los dos partidos con más renombre de cada jornada de liga en Inglaterra —principalmente de los equipos del Big Six—.

Eran los años del spanish Liverpool de Rafa Benítez; de Cesc Fàbregas vertebrando el juego y el alma del Arsenal; de Roberto Martínez conduciendo la escuadra del Wigan. Pero en aquellos años el aficionado español, deseoso de conocer la suerte que corrían cada semana sus compatriotas en las islas, también presenció sin saberlo el inicio de una época relumbrante para uno de los clubes más antiguos del fútbol: el Stoke City.

Desde 2008, y durante toda la década, el sur de Stoke-on-Trent —en el norte está Port Vale, el rival para siempre— se regocijó viendo a sus muchachos plantarle cara a gigantes en la Premier, batallar para no abandonarla prematuramente, superar rondas hasta comparecer en una final de FA Cup, jugar una competición europea casi 40 años después y acompañar a iconos como Michael Owen o Peter Crouch en el poniente de sus carreras deportivas.

Delap special

El fútbol va por un lado y las jugadas a balón parado van por otro, dice un conocido aforismo. Y precisamente una de esas jugadas fue la que trabajaron y perfilaron los ‘Potteries‘ (ceramistas, por la importancia de esa industria en la ciudad) hasta convertirla en un elemento que llegó a marcar la diferencia con sus rivales, y a darle a la plantilla un punto extra de competitividad. Así, en aquel entonces, el club adquirió una singular notoriedad por los inverosímiles saques de banda de su centrocampista Rory Delap. El Delap special, como lo llamaban en la prensa británica, era un tifón esférico, proyectado con potencia y sin parábola al tuétano del área pequeña, que lograba acabar en gol una sorprendente cantidad de las veces, al menos mientras sobrevivió el factor sorpresa.

Ya en la temporada del ascenso a la Premier (2007-08), el entrenador Tony Pulis pensó en cómo podía explotar la habilidad innata de Delap vertebrando un elaborado mecanismo en torno a su lanzamiento, implicando a otros jugadores de la plantilla y perfeccionándolo en cada jornada para maximizar su eficacia. “Durante un par de años el Stoke City fue una pesadilla. Pulis formó un equipo de gigantescos matones que no tuvieron problemas para ceder la posesión, blindarse defensivamente y esperar a que el balón saliera por cualquiera de las líneas laterales”, describe el analista y consultor para clubes ingleses, Mark Taylor.

En esencia era algo tremendamente básico: un saque de banda, solo que lanzado más fuerte —podía alcanzar los 60km/h—, más plano, más lejos y con más precisión que cualquier otro. Aquella sencilla estrategia pasó a ser el elemento diferencial del Stoke; se convirtió en su insignia, su orgullo, su fortaleza, y en un valiosísimo recurso que utilizaban como nadie. Años más tarde el Delap special llegaría a herir en su orgullo al técnico del Arsenal, Arsène Wenger, que lo tildó de “ventaja un poco injusta”. En una reunión de entrenadores de la UEFA preguntó si era legal secar el balón con una toalla antes de lanzarlo, como hacía Rory. Desde su punto de vista, poner el balón en el área con los brazos desde la banda era “usar una fortaleza que es ajena al fútbol”, e insinuó que deberían restaurarse los saques con el pie.

En esa última campaña en EFL Championship (la segunda división inglesa), los ‘Potteries‘ anotaron ocho goles valiéndose de esa inusitada ‘arma secreta’. Seis puntos netos gracias, literalmente, a los brazos de Delap, que supusieron la diferencia entre subir de categoría por la vía directa, o haber tenido que jugar playoff desde la quinta posición de la tabla. El Stoke terminó segundo, a tan solo dos puntos del West Bromwich —otro de los archirrivales en las midlands—, y regresó a la élite 23 años después de su último descenso.

Objetivo: la permanencia

A pesar de que acaban de ser campeones, o han copado los primeros puestos en segunda división, los recién ascendidos suelen arrastrar una injusta vitola de rival débil cuando llegan a la máxima categoría. El Stoke no se libró de ella: “A nosotros nos señalaron como ‘los muertos vivientes’. No al West Brom, que solo nos había sacado dos puntos en Championship, o al Hull City, que había jugado los play-off”, recuerda el editor local Martin Smith. El primer partido (derrota 3-1 contra el Bolton) les dio argumentos a los más agoreros. “Nadie esperaba que ascendiéramos. No es un gran comienzo, pero nos lo tomamos muy en serio y nos recuperaremos”, prometió Pulis en la rueda de prensa posterior.

Aquel resbalón inicial pareció aportar motivación. Los ‘Potteries‘ tenían buena plantilla, los atacantes Ricardo Fuller (15 goles) y Lawrence (14) venían de ser el principal sustento goleador del equipo la temporada anterior. Shawcross era una garantía en defensa, y Whelan y Etherington aseguraban el centro del campo.

Después llegó el debut en casa contra el Aston Villa (3-2), y en aquella tarde de victoria quedaron fijados los dos pilares sobre los que el Stoke articuló el resto de su campaña en la Premier, y a los que recurrió como el soldado desarmado en territorio enemigo al que solo le queda el cuchillo que guarda en la bota: hacer del Britannia un baluarte hostil y sofocante para el rival y, por supuesto, los saques de banda de Delap —que ese día valieron tres puntos en el descuento—. ‘Síguelo, síguelo, síguelo. Hay que seguir al Stoke City. Creen que somos muy malos, pero tenemos a Rory Delap’, rezaba uno de los cánticos.

Esas líneas maestras surtieron efecto, sobre todo cuando los grandes llegaron a Staffordshire, donde se encontraron un equipo pétreo y una grada tenaz. Las valiosas victorias frente a Tottenham (2-1), Manchester City (1-0) y Arsenal (2-1), y dos encuentros sin goles contra el Liverpool, encarrilaron un curso plagado de empates y triunfos por la mínima.

Las expectativas quedaron totalmente cubiertas cuando a final de curso el Stoke acabó en la 12ª posición de la tabla con 38 goles y 45 puntos —11 por encima de los puestos de descenso—. El West Brom, por cierto, volvió a bajar.

Delilah en Wembley y en Europa

En 2011 el equipo seguía aguantando bien en la mitad baja de la clasificación, pero las manos de Rory habían perdido capacidad para sorprender, y su servicio de banda ya no era tan efectivo. No obstante, la plantilla se había reforzado (Begović, Whitehead, Huth, Walters…). El objetivo en liga seguía siendo la supervivencia, pero ese año la FA Cup les abrió a los ‘Potteries‘ la posibilidad de refulgir hasta certificar la mejor actuación de su historia en el torneo de fútbol más antiguo del mundo.

Debut tibio con empate ante el Cardiff, que llevó a repetir el encuentro; luego un doblete de Walters en la prórroga los metió en cuarta ronda. Allí los esperaba el Wolverhampton —otro de los grandes adversarios por geografía—, a quienes dejó fuera el central Huth a diez minutos del final, y el guardameta Sørensen deteniendo el penalti del empate con el tiempo casi cumplido.

Un tajante 3-0 contra el Brighton cerró el trámite de octavos para dar paso a los cuartos contra el West Ham. En su estadio, los ‘Hammers‘ solían mover las vallas publicitarias para acortar el impulso de Delap, pero en el Britannia Rory pudo coger toda la carrerilla necesaria y enviar su misil teledirigido al área, para que la cabeza de Huth lo estampase en la red. El 2-1 final le dio al Stoke plaza en una semifinal de FA Cup, algo que no ocurría desde 1972.

La fiesta de la copa se trasladó a Londres, hasta donde se desplazaron en torno a 30.000 seguidores para espolear a los suyos en el choque contra el Bolton Wanderers. La mitad del estadio era un bullicio rojo y blanco, y el Delilah, el himno oficioso del club, se impuso a la megafonía y a los cánticos rivales.

A la media hora de partido el Stoke ya dominaba 0-3 (Etherington, Huth y Jones), y en la segunda parte otro doblete de Walters estableció la mayor goleada en Wembley desde 1939. Ese día el equipo hizo historia: no había pisado la final del torneo en sus 148 años de vida.

Mismo ambiente y mismo escenario para la última prueba copera. El Manchester City enfrente. Hacía poco que los petrodólares habían llegado al club, que llevaba 35 años sin ganar nada; y eso se notaba en el banquillo (Mancini) y en la plantilla (Tévez, Silva, Touré, Ballotelli…). Antes del encuentro, Pulis insistió en esa diferencia de recursos: “Si comparas el tamaño de los clubes y lo que han gastado, verás el abismo que nos separa […] Pero, como siempre, daremos lo mejor de nosotros”.

El Stoke no se acobardó y salió al césped desplegando el juego valiente y fluido que había exhibido durante todo el torneo. Sin embargo, los empellones del City lo obligaron a replegarse y juntar líneas. Primeros 45 minutos sin goles, con varias paradas de Sørensen. En el 62 llegó el único disparo entre palos del Stoke, y un cuarto de hora después Yaya Touré, apareciendo desde atrás, aprovechó un balón deambulante en el área entre un caos de piernas para hacer el 1-0 definitivo. La ocasión de ganar su primera FA Cup había expirado, pero ser finalista le dio al Stoke un pase a la Europa League casi cuatro décadas después, ya que el Manchester City jugaría la Champions al haber quedado tercero en liga.

Para afrontar el reto europeo y seguir afianzado en la Premier, el club hizo un fichaje estrella: Peter Crouch. El delantero trotamundos, que ya tenía 30 años, había despuntado en Portsmouth y triunfado en Anfield, pero no había estado más de tres temporadas en un mismo club. Sin embargo, pronto se convirtió en uno de los jugadores más adorados por la afición, y en el referente ofensivo del equipo (máximo goleador en su primera temporada). El ‘Espárrago’ encontró su sitio en Stoke-on-Trent y echó raíces allí para los siguientes ocho años.

La última vez que los ‘Potteries’ jugaron competición europea aún se llamaba UEFA y habían pasado casi 40 años. Tras superar sin problema las rondas clasificatorias, el Stoke recayó en el grupo de Beşiktaş, Dynamo de Kiev y Maccabi de Tel Aviv. Tres victorias y dos empates hicieron cómodo, como segundos, el pase a dieciseisavos, pero en esa fase el Valencia de Emery puso un 2-0 en el global que frenó la aventura continental.

Entre tanto, a finales de 2012 llegó una leyenda contemporánea del fútbol inglés para agotar en el Britannia el tiempo de descuento de su carrera deportiva. Michael Owen dejó de ser futbolista en el Stoke City, con nueve partidos y su último gol como profesional.

Nuevo récord en liga

El estancamiento en la tabla —pendulaban entre el 13º y el 14º puesto— precipitó la salida de Tony Pulis, que fue sustituido por Mark Hughes. Su nombramiento no gustó a la afición por su estilo de juego, y ya el día que fue presentado aparecieron pancartas pidiendo su destitución.

Pese al rechazo general, Hughes remó a contracorriente. Para la temporada 2013-14 llegaron más refuerzos a la plantilla (N’Zonzi, el mítico Stephen Ireland, Arnautović o Pieters), y las voces discrepantes enmudecieron cuando, tras la última jornada de Premier, el Stoke figuraba en el noveno puesto de la clasificación, el mejor registro en la máxima categoría desde 1975. Ese año Crouch volvió a ser el máximo goleador del equipo.

De nuevo novenos y con 54 puntos —otro récord del club en primera división desde los años 70—, la edición 2014-15 acabó en puro éxtasis con un partido que, en sí mismo, también se convirtió en historia. En la jornada de cierre de temporada el Stoke recibió al Liverpool y le endosó un escandaloso 6-1. “No podríamos haber pedido un mejor final para una temporada realmente grandiosa”, declaró Hughes más tarde.

Hacía 52 años que el Liverpool no encajaba semejante cantidad de goles y, para agregarle más drama al desastre, aquel también fue el último partido como red del capitán Steven Gerrard, que dejaba Merseyside tras 26 años de compromiso, entrega y servicio al equipo desde las categorías inferiores. Precisamente él fue quien marcó el gol de la honra.

De repente el objetivo, que durante años había sido evitar el descenso, ahora se centraba en alcanzar los puestos europeos. El club había ido incorporando figuras como Charlie Adam, o el hispanoserbio Bojan Krkić; pero en el curso 2015-16 la directiva lanzó un órdago en el mercado de fichajes para traer al mediocentro del Oporto Giannelli Imbula y al atacante del Inter Xherdan Shaqiri —casi 40 millones de euros entre los dos, una cantidad inédita en la institución—.

Al enorme gasto en jugadores se sumó otra descomunal inversión en infraestructuras para la ciudad deportiva y el centro de alto rendimiento. Como consecuencia, el club se hipotecó con severos problemas financieros que acabaron con la propiedad de la entidad directamente en manos de una casa de apuestas. Además, y después del desmedido dispendio, no se consumó el salto a Europa y el Stoke volvió a quedar noveno por tercer año consecutivo, aunque logró superar al Chelsea en la tabla.

Fin de la hazaña

Casi nadie podía imaginar que con una plantilla tan mejorada, y tras ocho años medrando en la Premier, el declive del equipo era inminente. La temporada 2016-17 el equipo regresó a la decepcionante 13ª posición y, una racha de cinco derrotas en siete partidos en la 2017-18, lo dejaron en puestos de descenso.

Hughes fue despedido y sustituido por Paul Lambert. El nuevo técnico alcanzó a ver cómo el equipo solo ganaba dos partidos de 15. El sueño se terminaba. En una entrevista para un medio suizo, Shaqiri despotricó del club y sus compañeros asegurando, entre otras cosas, que “ni Ronaldinho podría hacer mucho en este equipo […] Aquí en Stoke no puedo ejercer demasiada influencia, simplemente porque falta calidad a mi alrededor”.

El 13 de mayo de 2018 el Stoke City jugó su último partido de la temporada contra el Swansea, pero el hechizo ya se había evaporado una semana antes frente al Crystal Palace. Penúltimos, y descendidos matemáticamente, los ‘Potteries’ se despidieron de la Premier ganando 1-2 en el Liberty Stadium. Una alegría triste.

Hubo abucheos desde el rincón visitante en el tramo final, pero cuando el silbato del árbitro hizo oficial el fin de la década de mayor esplendor del club en su historia reciente, los miles de aficionados que viajaron a Gales rompieron a cantar el We’ll be with you (estaremos contigo). Ahora venían las duras.

 


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Fotografías de Imago.