Los avatares vitales de Bert Trautmann han construido una figura que justificaría sustanciales estudios científicos. La trayectoria de este legendario portero es indudablemente una gran historia del fútbol que, aunque conocida, destila incógnitas que debieran abordarse desde diversas disciplinas: ¿Cómo explica la medicina que un portero siga jugando una final con una vértebra quebrada y cuatro dislocadas? ¿Cuál es la teoría sociológica que justifica que las mismas decenas de miles de personas que se manifestaron en contra de su fichaje por el Manchester City le tributaran un mayúsculo homenaje en su retirada?¿Qué dice la psicología de un ser humano que vive en su juventud una concatenación de horrores y éxitos extremos?

La simple curiosidad de conocer a este portero me llevó hace cuatro años a buscar su número en un listín telefónico. Fue fácil dar con él. Pocos apellidos Trautmann podía haber registrados en Almenara, un pueblo de la costa castellonense de unos 6.000 habitantes. Efectivamente, entre Torrijo y Traver, aparece un solo ‘Trautmann, Bernhard Karl’. Voilà.

Pasa un tiempo hasta que encuentro una excusa viable para molestar a un anciano de 85 años sin otro interés que saciar una pulsión futbolera. Seduzco y busco la complicidad de Xavi Valero, entrenador de porteros con Rafa Benítez y amigo, para planificar el encuentro con Trautmann. La coartada será regalarle unos guantes firmados por Pepe Reina, a quien Xavi deja fascinado con la historia del alemán. Contactamos y amablemente acepta la visita.

 

Bobby Charlton advertía a sus compañeros que no le mirasen a los ojos porque podía leer sus pensamientos

 

Conducimos hasta la playa de Almenara repasando los trazos más destacados de su perfil, como ordenando el guión de una película en construcción. Bernahrd Karl Trautmann (Bremen, 1923). Joven deportista de familia humilde y estudiante de mecánica se une a las Juventudes Hitlerianas en pleno ascenso del nazismo. Paracaidista de la Luftwaffe durante la II Guerra Mundial. Ascendido a sargento y condecorado con la Cruz de Hierro de primera clase. Apresado y evadido en diferentes frentes, en 1945 recala finalmente en un campo de prisioneros entre Liverpool y Manchester. En los partidillos entre reclusos y soldados comienza a jugar como portero. En 1948, al licenciarse como prisionero de guerra, trabaja en una granja y defiende la portería de un equipo de regional, el St. HelensvTown. Decide no volver a Alemania. Bernhard se convierte en Bert. Al año siguiente se dedica a la desactivación de bombas y ficha por el Manchester City. En 1955 llega a su primera final de la FA Cup contra el Newcastle en la que los ‘Citizens’ caen por 3-0. En 1956, vuelven a Wembley y Trautmann vive un episodio decisivo en lo profesional y en lo personal.

Llegados a este punto y tras encontrarnos perdidos en una calle sin asfaltar que desemboca en la playa, reconocemos la figura de un sonriente Bert con camisa hawaiana y gafas de sol de aviador. Él y su mujer nos esperan frente a la cancela exterior de la casa. Trautmann reside la mayor parte del año en una sencilla vivienda de dos plantas que hizo construir hace más de dos décadas y en la que, según comenta, invirtió todos los ahorros de su vida.

Tras despedirse del fútbol en activo trabajó para la federación alemana en labores de formación de entrenadores en lugares tan singulares como Yemen, Burma, Tanzania, Liberia o Ghana. La mayor parte de sus convecinos ignoran quién es el octogenario rubio con planta de galán de cine que siega el césped en verano, recibe visitas todo el año y que después de un cuarto de siglo entre ellos aún no habla su idioma. Para los lugareños se trata simplemente de un forastero más que busca la tranquilidad y el buen tiempo en un territorio circundado por campos de naranjos. Afirmativo. Trautmann no habla ni castellano ni valenciano, y no parece interesado en integrarse en su entorno; más bien disfruta de un retiro austero tras una vida de ajetreos.

 

Se unió con diez años a las juventudes hitlerianas ante la promesa de acción y aventura

 

Sin embargo, Trautmann no vive aislado de su pasado ni de las situaciones sociales actuales. Considera que los mayores problemas del siglo XX tienen su origen en las malas relaciones históricas entre Alemania e Inglaterra. Bert cuenta con una fundación en Alemania que lleva su nombre y tiene como objetivo la integración social de jóvenes de diferentes países a través del fútbol. Entre otras distinciones, fue condecorado por Isabel II como Caballero del Imperio Británico y es embajador honorífico de Alemania en Inglaterra y viceversa. De hecho, Lufthansa bautizó la primera conexión entre Düsseldorf y Manchester con su nombre.

Trautmann está casado en terceras nupcias con Marlis, quien nos ofrece unos refrescos y desde el salón nos invita a salir a la terraza del jardín que mira al Mediterráneo. Nos sorprende que el recoleto hogar de un legendario guardameta no presuma de su pasado. Paredes y estanterías vacías de fotografías, trofeos o recuerdos. Bert aparece a los pocos minutos con una postal firmada por Ricardo Zamora, al que conoció en los años 50 durante una gira del Manchester City por España. Le entregamos los guantes dedicados por Reina. Bromea con las dimensiones de los mismos mientras nos explica lo que considera dos estilos diferenciados de porteros. Muestra su preferencia por el prototipo que representa Reina, es decir, aquellos que evitan que les creen ocasiones ordenando la defensa; frente a quienes simplemente muestran buenos reflejos bajo los palos. Bert fue un portero que, aparte de por sus paradas acrobáticas y atrevidas salidas, destacó por su saque potente de puerta tanto con el pie como con la mano.

Se presenta como un hombre con iniciativa, guía la conversación en un cuidado inglés salpicando sus curiosas preguntas sobre la actualidad del fútbol en Inglaterra y acerca de la vida en general. Está enterado de casi todo, lo que contradice su pose desinteresada. La clave está en el tejado hacia donde señala y su enorme parabólica.

 

El portero alemán que había conquistado Inglaterra con sus magníficas intervenciones tiene un discurso sobre su pasado que parece recitar automáticamente y en orden. Se considera un tipo afortunado y asume con naturalidad ciertas decisiones en su vida. Cuando se le pregunta por su paso por el ejército nazi, no niega la mayor sino que asume su responsabilidad, aunque explica que se unió a las Juventudes Hitlerianas con diez años y de forma inconsciente, deslumbrado por la promesa de acción y aventura. En esos momentos, el joven Trautmann comenzaba a destacar por sus cualidades atléticas. Cuando estalla la II Guerra Mundial su familia acepta la decisión con cierta normalidad. Su padre, trabajador en los muelles de Bremen, ya estuvo en el frente en la Gran Guerra. Bert, en plena adolescencia y ante la perspectiva de que lo reclutaran forzosamente, decidió enrolarse en la aviación. La suerte ya estaba echada. Matar o morir. Durante el conflicto un cúmulo de causalidades hacen que sea uno de los pocos supervivientes de su regimiento y termine con 22 años en el Campo 50 de Ashton-in-Markenfield, unas millas al norte de Lancashire.

El relato prosigue con el azar siempre como protagonista. Recuerda que nunca había jugado de portero, pero un día en el campo de refugiados se lesionó y le pidió a su camarada Günther Lühr, quien destacó posteriormente como guardameta en Alemania, que le cediera el puesto. Barrunta que su pasado como jugador de balonmano sumado a su actividad como paracaidista le permitieron adaptarse al puesto.

Salto en el tiempo. Trautmann, como hombre libre, ficha por el City renunciando así a ser alineado por Alemania, que no convocaba a futbolistas de fuera de su campeonato. Justifica su decisión por preferir el carácter abierto y desenfadado de la gente del norte. Reemplaza al mítico Frank Swift y, tras graves altercados por su origen alemán, comienza a ganarse la confianza y el cariño de la grada. El rabino de Manchester llegó incluso a escribir en los diarios para calmar los ánimos de la comunidad judía y conminarles a que se centraran en disfrutar de sus actuaciones en vez de insultarle en cada partido.

En 1956, el City gana la final de la FA Cup al Birmingham por 3-1. Tras un encontronazo con el delantero Peter Murphy, Bert se fractura la segunda vértebra en diagonal. Aguanta en el campo, como escenifica ante nosotros, totalmente mareado y sin saber el alcance de la lesión. En los 17 minutos que restaban realiza tres paradas de mérito y se convierte en el héroe del partido. No lo recuerda, no es consciente de haber recibido ni el saludo de los duques de Edimburgo en la entrega de trofeos. Hasta tres días después no le realizaron la radiografía que confirmaba la grave rotura. Ese mismo año recibe el trofeo como mejor jugador de la liga pero, durante la convalecencia, llega otro golpe dramático: el fallecimiento de su hijo atropellado. La recuperación física y anímica nunca fue total. Volvió a situarse bajo los palos 12 meses después y acumuló un total de 15 años en la portería del City.

Los pequeños ojos de Trautmann comienzan a mostrar cansancio.Bobby Charlton, quien le considera como el mejor guardameta al que se enfrentó, se refería a ellos para advertir a sus compañeros que al tirarle un penalti o una falta no debían mirarlos, pues se exponían a que el portero alemán leyera sus pensamientos. Bert detuvo el 60% de los penalties que le lanzaron durante su carrera. Mientras entramos en la casa nos habla de su relación con Adi Dassler, uno de los hermanos fundadores de Adidas. Bert fue el que primero calzara en Inglaterra sus botas con tacos y por debajo del tobillo.

Nos despedimos. Su esposa alerta que es hora de comer. Bernhard Karl Trautmann tiene hoy 89 años y sigue siendo mucho más que la representación de una leyenda del fútbol. Su historia son muchas al mismo tiempo y en ciertos pasajes su relato llega a sonar a ficción. Son tantos los fenómenos que conectan la persona con el mito, que pueden convertir el relato de sus recuerdos en un auténtico síndrome: el síndrome Trautmann.