Peter James Crouch nació en Macclesfield en 1981, aunque creció en Ealing, al oeste de Londres. Era un chico normal, salvo por su estatura, que empezó a marcarlo muy pronto. Con 15 años ya medía 1’90 m, y cada centímetro añadido parecía alejarlo de la agilidad que exigía el ejercicio de su pasión: el fútbol. El chaval, mientras sus compañeros imitaban la zancada de Ryan Giggs o la pegada de Alan Shearer, cargaba con un cuerpo que parecía querer apartarlo del balón.
Su primer contrato lo firmó con el Tottenham en 1998, pero nunca debutó con los ‘spurs’. Lo mandaron cedido al Dulwich Hamlet, y luego todavía más lejos, al IFK Hässleholm sueco, una rareza para un inglés en esa época. Allí, entre campos de césped recién regado y constantes miradas de extrañeza, por fin empezó a entender que su altura, sobre el campo, podía ser una herramienta, no un lastre. Aprendió a perfilarse mejor, a descargar rápido el cuero, a imponerse por arriba, a ser útil en un juego que a priori no estaba hecho para él.
Aprendió a perfilarse mejor, a descargar rápido el cuero, a imponerse por arriba, a ser útil en un juego que a priori no estaba hecho para él
Aún así, la carrera de Crouch fue, al principio, una sucesión de mudanzas: Queens Park Rangers, Portsmouth, Aston Villa, Southampton… Siempre con la etiqueta de delantero trabajador pero poco diferencial. Hasta que un día empezó a marcar con insistencia y sus paisanos comenzaron a mirarle de otra forma: el despegue llegó con los ‘saints’ en la temporada 2004-05, donde celebró 16 goles en 33 partidos. Inglaterra, que hasta entonces se mofaba de él, empezó a dudar: ¿y si ese tipo larguirucho en realidad también sabía jugar?
El Liverpool lo entendió antes que nadie. Rafa Benítez convenció a los directivos de Anfield para que pagaran nueve millones por él en 2005, justo después de coronarse campeones de la Champions en Estambul. Pero su inicio con los ‘reds’ fue cruel: 19 partidos sin oler el gol, titulares despiadados en la prensa y gradas rivales coreando “Does Crouch know how to score?” para sacarlo de los encuentros. Lo llamaban ‘larguirucho’, ‘espantapájaros’, lo ridiculizaban en cada estadio que pisaba. El país entero parecía divertirse a su costa. Y, sin embargo, Crouch nunca bajó la cabeza. Hasta que un día, al fin, la red se rompió. A partir de ahí llegaron los hat-tricks, las actuaciones estelares en Europa y, sobre todo, aquella chilena contra el Galatasaray que convirtió sus dos metros de torpeza en poesía aérea.
En la selección inglesa fue mucho más que una anécdota. Sus 22 goles en 42 partidos lo colocan entre los arietes con mejores promedios de la historia de los ‘three lions’. Y, aún así, aunque pueda parecer injusto, uno de los capítulos más recordados de su carrera como internacional es el famoso baile del robot que patentó en un amistoso en 2006. Como si, acostumbrado a las burlas ajenas, Crouch hubiera entendido que lo mejor era reírse él primero.
El país entero se burlaba de su físico. Parecía divertirse a su costa. Y, sin embargo, Crouch nunca bajó la cabeza. Hasta que un día, al fin, la red se rompió
Después de Liverpool, esas piernas interminables se plantaron en Portsmouth, hicieron escala en Tottenham y luego recalaron en el Stoke City, donde encontraron su verdadero hogar. Allí Peter Crouch estuvo nueve temporadas, jugó más de 260 partidos y rompió la red 61 veces. En Stoke-on-trent encontró algo más que un destino. El Britannia Stadium lo hizo suyo, la bandera de un club que se enorgullecía de ser incómodo contra cualquiera, de su competitiva modestia, y allí Crouch dejó de ser un delantero de paso para convertirse en un símbolo. Además de engendrar otra obra maestra: aquella volea contra el Manchester City en 2012 que fue votada como uno de los mejores goles en la historia de la Premier League.
Las odiosas estadísticas dirán que Peter Crouch marcó 108 goles en la liga inglesa y que es el máximo artillero de cabeza de la competición con 53 tantos. Pero reducirlo a números sería como medir el valor de un poema contando únicamente sus sílabas. Su legado fue otro. Crouch fue la prueba viviente de que en un fútbol que exige perfección, también hay lugar para los que no encajan a la primera.
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Fotografía de portada de Getty Images.


