Existe un cierto paralelismo entre la espera de un gran partido y el estreno de lo último de tu director favorito. Ante ellos, nos vestimos de arquitectos del tiempo para despedazar nuestra rutina y encontrar un hueco para dejarnos llevar durante las dos horas de obra el día esperado. Y solo así calmamos unas mariposas nerviosas que hacen puenting por tu estómago desde primera hora de la mañana. Como en todo lo bueno, apenas queda lugar para las dudas: palomitas sí o palomitas no; descorchar el bocata antes de empezar el encuentro o a la media parte. La única diferencia entre los dos rituales era que en el cine las luces apagadas marcaban el inicio del espectáculo. Y en el estadio, el fin.

Durante décadas, el encargado de abrir los focos antes de cada partido en Old Trafford fue Sir Alex Ferguson. Dirigió algunos de los mejores futbolistas que pasaron por Mánchester: Wayne Rooney, Cristiano Ronaldo, Paul Scholes, Ryan Giggs. Pero cuando el escocés lo dejó, se llevó consigo las llaves de la garita, la fórmula secreta. Y ahora, como muchos de los cines que han ido muriendo, el Teatro de los Sueños cayó en un letargo sin fecha de caducidad, en una oscuridad que ni el fuego del diablo consiguió borrar. 

En varias de las películas de Martin Scorsese se sigue el mismo patrón: ascenso, consolidación y caída. Y el Manchester United, cuando Ferguson se despidió en el segundo acto, fue incapaz de rehacer el guión y evitar el desplome. Y no fue por no intentarlo. David Moyes, Louis Van Gaal y José Mourinho, buceando entre los escombros del infierno, no pudieron despertar de la pesadilla. Tampoco lo hicieron los que llegaron de fuera: Ibrahimovic, Di María, Falcao, o Depay. Pero, en 2016, a algún mancuniano le comentaron que un centrocampista de la Juventus, como en El Irlandés, se dedicaba a pintar casas -el eufemismo con el que, por las salpicaduras de sangre, se conocía a los asesinos-. Y el carpintero Paul Pogba, que creció en Mánchester pero se exilió a Turín, regresó con las llaves del club en su bolsillo y la promesa de volver a ser un grande.

Pogba se fue niño y volvió hombre. Aquel renacuajo que servía copas en el Copacabana terminó siendo uno de los personajes más respetados del restaurante. El francés regresó a Old Trafford tras acariciar una Champions League que el Barcelona de Messi, Suárez y Neymar le arrebató. Prácticamente cinco temporadas después, con 27 años y como Leonardo Di Caprio en Shutter Island, seguimos buscando una respuesta cuando nos preguntamos qué es Pogba. Porque cada respuesta lleva a un nuevo interrogante hasta hacernos perder en una isla laberíntica en la que nada es lo que parece.

 

Prácticamente cinco temporadas después de su regreso a Mánchester, como Leonardo Di Caprio en Shutter Island, seguimos buscando una respuesta cuando nos preguntamos qué es Pogba

 

Desde que tuve uso de razón siempre quise ser un gángster”, dice Henry Hill al comienzo de Goodfellas. Para el Paul Pogba preadolescente, aún jugador del Le Havre, el deseo de ser diablo en Mánchester era equiparable al de Henry de ser alguien, uno de ellos, en las calles de Nueva York. Pero Pogba no ha acabado de empuñar el tridente del diablo. Preso de nuestras expectativas, del dominante centrocampista box to box que lucía gabardina y huía del barro, del líder que haría renacer al Manchester United, al que además de físico le sobraba calidad -y flow-, ha resultado ser un magnífico pelotero, pero peor futbolista.

Hay jugadores que viven solo una vez. Ni son ‘one season wonder’ ni se les achaca una mala adaptación. Son jugadores que dominaron en el sitio y el momento exactos, pero que cuando dejaron atrás aquella ciudad se diluyeron. Philippe Coutinho fue uno de los mejores futbolistas del Liverpool, precursor de la maravilla de Klopp, y en Barcelona se ahoga. Como Frenkie De Jong, que tenía el timón del Ajax y que en el Camp Nos se sienta al lado de Busquets. O el Alexis Sánchez del Arsenal, uno de los jugadores más preponderantes de los últimos años de la Premier League

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, que se hizo diminuto en Mánchester. Todos ellos son futbolistas alejados de los cánones, sin nomenclatura posicional, tan solo con un contexto especial que les convirtieron en estrellas. Pogba, teniendo la materia prima de la élite, no ha conseguido vestir los trucos de Turín -aun mostrándolos con Deschamps- con la camiseta mancuniana. Old Trafford se ha transformado, para Pogba, en el ring de Raging Bull. Y allí no encuentra rival porque lucha contra un espejo, contra sí mismo. Es un Jake LaMotta, su propio enemigo, que batalla ante sus complejos en busca de la calma interior.

En El rey de la comedia, De Niro sueña con convertirse en un humorista de referencia. Para lograrlo, se pasa largas horas esperando en la recepción donde trabaja el presentador más famoso del país, para que le dé una oportunidad en su programa. Y Pogba, tras cuatro años aguardando cautelosamente su turno en el vestíbulo, ha visto como Bruno Fernandes ha tirado la puerta abajo y ha terminado siendo lo que todos esperábamos de Paul. Tampoco le ha favorecido al francés tener de representante a una especie de Paulie en Godfellas o Padrino de Coppola, siempre preparado para subir al ring de la dialéctica cuando en Mánchester sopla un aire más skyblue que rojo endiablado.

Tras dejar el banquillo, a Ferguson siempre se la he seguido viendo por las gradas de Old Trafford. Todos soñamos alguna vez en que aquello fuese una broma y que el escocés, más pronto que tarde y hastiado por la obra que los de rojo representaban, empuñaría el micrófono como Di Caprio en The Wolf of Wall Street y regresaría al trono que en 2013 abandonó gritando I’m not fucking leaving!”.

Los últimos años del Manchester United son la historia de redención del club con su esencia. Ni con Ole Gunnar Solskjaer y Michael Carrick como infiltrados del ayer, cuando se ganaban Champions en el descuento y los resbalones eran hasta favorables, el United ha sido capaz de cambiar la narrativa. El club lleva años subido al taxi de Robert De Niro, sumido en una ruta circular en la que siempre se vuelve al mismo punto: atrás; a la irregularidad en Premier, a la imposibilidad de volver a hacerse grande en Europa, tumbado en la lona la vulgaridad, de lo terrenal.

Siendo más lobos que diablos, la herencia de Ferguson acabó siendo una de aquellas resacas interminables de Wall Street. Y Pogba, que no es más que el reflejo de los ‘Red devils’, ha sido incapaz de prender la llama diabólica y reescribir esta tragicomedia. El Manchester United ha terminado sintiéndose incómodo en su infierno, cautivo de su propia trampa.

 


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Fotografía de Getty Images.