El 11 de julio de 1982 toda Italia estaba enganchada al televisor. Los transalpinos se disputaban con Alemania el honor de llevarse la tercera estrella al pecho en el Santiago Bernabéu y para la gran mayoría de italianos era la primera oportunidad de ver a la Azzurra levantando la deseada Copa del Mundo. Ese mismo día, entre los goles de Paolo Rossi, Marco Tardelli y Alessandro Altobelli, en uno de los barrios más humildes y peligrosos de la ciudad de Bari, una mujer estaba a punto de dar a luz a uno de los futbolistas más caóticos y talentosos que se hayan visto en el calcio en este nuevo siglo. Por casualidades del destino, horas después de uno de los días de mayor orgullo para la Italia futbolística, Antonio Cassano llegaba a este mundo el 12 de julio de aquel año para regalar (a ratos) la magia de un genio incomprendido a los tifosi.

Se curtió por las calles de Bari Vecchia enganchado a un balón que le acompañó durante una niñez marcada por el abandono de su padre. Ahí, entre las callejuelas del centro histórico de la ciudad sureña de Italia, Antonio empezó a destacar por encima del resto de niños y se ganó cierta fama en la zona. Fichó por el Pro Inter Tonino Rana y con 15 años el Bari se lo llevó hacia su fútbol formativo. A partir de entonces, su ascenso hasta la fama fue trepidante, quizá excesivamente rápido para un chaval rebelde como él. En un visto y no visto, con 17 años ya la liaba en derbis contra el Lecce y marcaba golazos, como el que le metió al Inter, que dejaban boquiabierta a Italia entera. Después de ese gol, y ante la pregunta del periodista sobre qué se le había pasado por la cabeza tras marcar, fue claro: “En que me he hecho rico”. La primera cassanata, como se conoce en Italia a sus salidas de tono, en la frente.

 

En un visto y no visto, con 17 años ya la liaba en derbis contra el Lecce y marcaba golazos, como el que le metió al Inter, que dejaban boquiabierta a Italia entera. Después de ese gol, y ante la pregunta del periodista sobre qué se le había pasado por la cabeza tras marcar, fue claro: “En que me he hecho rico”

 

Tan rápido fue todo que con 19 años se fue hacia la capital para vestir de giallorosso y ser el fiel escudero y futuro heredero de Il Capitano. En Roma siguieron los líos, aunque también demostró ser una de las mayores promesas del calcio en sus años en el Estadio Olímpico. Tuvo enfrentamientos con pesos pesados del vestuario, le llamó “mierdas” a Fabio Capello y reconoció haber vivido locas noches de juerga, como una en la que al día siguiente le endosó dos tantos a la Juventus en una goleada que acabó 4-0. Los primeros pasos de Cassano en el fútbol profesional demostraron que era un diamante en bruto con demasiadas imperfecciones por pulir; no precisamente en el juego, sino en su cabeza. Y en el mercado de invierno de la temporada 2005/06 el Real Madrid lo sacó de la Serie A por primera y última vez en su carrera. Estaba destinado a formar una pareja letal con Ronaldo y en la Castellana confiaban en que, por fin, dejara atrás esa actitud de enfant terrible que le acompañaba desde sus primeros días en Bari.

Obviamente, la intentona del Real Madrid quedó en nada. Incluso se acrecentaron sus problemas. Falto de físico, de ganas y de pasión para que aquel talento que todos sabían que tenía se viera sobre el césped del Santiago Bernabéu. Años después reconoció que se equivocó al no escuchar a Francesco Totti. “Si hubiera escuchado sólo el 10 por ciento de todos los consejos positivos que me dio Totti, habría tenido una carrera muy diferente. Si hubiera escuchado a Totti, probablemente me hubiera quedado en Roma durante 10 o 15 años junto a él”. Nunca le escuchó y acabó protagonizando un accidentado paso por el club blanco, apartado del equipo por Fabio Capello, quizá el único entrenador que le supo tener bien atado.

Volvió a su tierra solo año y medio después de abandonarla. La Sampdoria rescataba a Cassano de su terrible Erasmus en la capital española para liderar su ataque. Y en esos cuatro años que duró vistiendo la camiseta de la ‘Samp’, reapareció la magia de ‘Fantantonio’, incluso llegando a clasificar al equipo para la fase previa de la Champions League tras una sensacional temporada junto a Giampolo Pazzini en la delantera. Sus caminos se separaron y se cruzaron en los mercados estivales de 2011 y 2012, cuando Antonio primero pasó por el Milan y Pazzini se fue al Inter. Al año siguiente los dos hombres que habían dirigido al club genovés a Europa se intercambiaban las camisetas y Cassano cumplía el sueño de vestir de nerazzurro, el club que siempre dijo amar. En ninguno de los dos clubes milaneses fue capaz de encontrar su mejor versión y puso rumbo al Parma, donde sí se vieron de nuevo los detalles de genio que se le sabían y fue pieza clave para que los de la región de la Emilia-Romaña se clasificaran para la Europa League, aunque se les quitó su plaza por la grave crisis económica por la que pasaba el club. Cassano regresaría a la Sampdoria en 2015, pero ya no fue el de antes y fue apartado del equipo en mayo de 2016 por el presidente Massimo Ferrero.

Su calidad y su talento siempre han sido inversamente proporcionales a la conducta que debe mantener un futbolista para conseguir éxitos a lo largo de su carrera. Durante muchos años olvidó que para jugar al fútbol no solo hay que ser bueno con el balón, sino que la cabeza también debe estar en el sitio adecuado. Y Cassano la ha tenido en todas partes, menos donde tocaba. Ha ido siempre a su rollo, le ha dado igual vestir una u otra camiseta, hasta siete, no le ha importado lo que opine la afición sobre sus salidas de tono y nunca ha escatimado en detalles sobre su vida más allá del césped. Su despedida del deporte que le sacó de las calles de Bari Vecchia fue al más puro estilo de Antonio Cassano. Fichaba por el Hellas Verona en el verano de 2017. Ahí debía reencontrarse con Pazzini y formar la misma dupla que aún recuerdan en Génova. Pero poco después de ser presentado, confirmaba su retirada. Esa misma tarde, convocaba una rueda de prensa. Todo olía a una despedida, pero Cassano nunca deja de sorprender. Se retractó y dijo que quería seguir jugando al fútbol. Seis días después, el 24 de julio de 2017, rescindía contrato con el Hellas y anunciaba definitivamente su retirada. ‘Fantantonio’ no podía despedirse de este loco juego sin su última cassanata.