A Stavros Kondonís, de momento, es difícil ponerle cara. La palma mediática de los primeros pasos de Syriza en el poder se la han llevado Alexis Tspiras, presidente griego, y Yanis Varoufakis, su ministro de Finanzas. Pero ese desconocimiento hacia el primero podría disiparse durante los próximos días, pues se le acumula el trabajo. Mientras sus dos compatriotas se jugaban las castañas renegociando la deuda helénica en Bruselas, una bomba ha estallado en las manos de Kondonís, ministro adjunto de Deportes de la nueva Grecia.

[quote]Ya hace demasiado tiempo que sobre la violencia del fútbol griego debería colgar el cartel de game over[/quote]El derbi que enfrentó este pasado fin de semana a Panathinaikos y Olympiacos en el Apostolos Nikolaidis Stadium fue la chispa que provocó la explosión. El resultado final, 2-1 para los de casa, fue lo de menos. Minutos antes del partido, medio centenar de aficionados locales invadieron el césped y lanzaron objetos a los jugadores del Olympiacos, que ultimaban su calentamiento. Y al concluir el encuentro, la misma hinchada volvió a arrojar bengalas sobre el terreno de juego. La policía tuvo que tomar cartas en el asunto en más de una ocasión, utilizando incluso gases lacrimógenos para controlar el alboroto. Pero, ojo, que la tensión no se acabó ahí. Dos días más tarde, en una reunión que concertaron ambos clubes para tratar el asunto, el affaire se extremó tanto que rozó el ridículo. El encuentro entre directivas acabó en pelea y, supuestamente, el escolta del presidente rojiblanco le propinó un puñetazo al vicepresidente de la entidad rival. Ya lo ven. Vaya cuadro.

Sin el tiempo ni el pulso para seguir viendo cómo se desarrollaba el conflicto estando en manos de cuatro incivilizados con traje, Kondonís, con el beneplácito de Tspiras, anunció el miércoles una suspensión indefinida del fútbol profesional en el país. La medida no solo afecta a la primera división griega, sino que, hasta nuevo aviso, el balón también ha dejado de rodar en las otras dos categorías inferiores. Ésta es la tercera vez en lo que llevamos de temporada que se baja el telón futbolero en Grecia. La primera fue en septiembre de 2014, tras morir asesinado un hincha de un club regional. Y la segunda tuvo lugar solo dos meses después de aquello, al hacerse pública la brutal agresión sufrida por un director del comité arbitral. Una acumulación de sucesos, a cada cual más lamentable, que no hace más que demostrar lo muy enquistado que está en este enclave del Mediterráneo el problema de la violencia en las canchas.

Es por eso que la nación pide al remozado gobierno que el enésimo parón no quede en una decisión a la desesperada, como todas las otras. Se exige que la determinación del ministro tenga una significación política, que conduzca a un cambio de escenario real y verificable. Kondonís, al menos, ya ha hecho el gesto de querer coger el toro por los cuernos. De su boca ha salido que no se reanudarán las competiciones hasta que pueda garantizarse que todos los estadios cumplen con las medidas de seguridad que él mismo defiende. Muchas de ellas ya figuraban en un reglamento que se firmó en 2012 para hacer frente al vandalismo de los ultras, pero que sin embargo no se ha aplicado hasta el momento. El ‘pack anti-violentos’, al que ahora se tratará de dar el impulso definitivo, parte de tres propósitos fundamentales.

GettyImages_464179388

La violencia en los estadios griegos es un mal convertido en costumbre

Para empezar, la consolidación del método de la entrada electrónica para acceder a los partidos. Con este mecanismo, se tendría controlada la identificación de cada espectador e incluso se podría llegar a saber su ubicación exacta en las gradas. Algo que en principio debería enfriar las ansias de protagonismo de aquellos aficionados que se han habituado a cruzar los límites pasionales con demasiada frecuencia. La segunda novedad será exigir a todos los campos que coloquen cámaras de seguridad en sus recintos. Dos implantaciones, estas mencionadas, que atacan directamente a una de las raíces del fenómeno: la necesidad de modernizar las sedes deportivas griegas. Un atraso en infraestructura que ha hecho el amago de degenerarse con el estallido de la crisis económica, y al que urge encontrarle una solución a corto plazo.

La tercera espada con la que Kondonís espera atacar el problema es quizás la que siembra más incertezas. El objetivo, según se ha comunicado, pasa por eliminar las peñas de los clubes. Más concretamente: erradicar los grupos de animación de los equipos. Pero es imposible que ese deseo no despierte de nuevo el eterno debate entre el aficionado disciplinado y el aficionado sin neuronas. ¿Merecen pagar todos por la desfachatez de unos cuantos? El tema es sensible. En Grecia, desastres a parte, el fútbol se vive con una intensidad incomparable a la de muchos otros países del viejo continente. Una intensidad que, bien canalizada, no tendría por qué llevar implícitas unas connotaciones negativas.

Llegados a este punto, los medios apuntan que la suspensión podría durar dos semanas, incluso tres. Durante ese período, el pueblo heleno espera que se geste cualquier cambio que con el tiempo no le vuelva a conducir hasta la casilla de salida, como ya ha pasado dos veces en este curso. Stevros Kondonís es la novedad, y sobre sus hombros recae ahora la posibilidad de vertebrar el reset definitivo. Habrá que ver si su plan surte efecto y no acaba en papel mojado. Lo que está claro es que tarde o temprano alguien tendrá que poner la primera piedra en este intento de hacer limpieza, porque ya hace demasiado tiempo que sobre la violencia del fútbol griego debería colgar el cartel de game over.