Hay algo en el rostro de Clint Dempsey (Nacogdoches, Texas, 1983) que te acojona vivo y otro algo que te sobrecoge el alma. Por eso cuando al realizador de turno de la MLS te ofrece un plano corto de su cara, entre que son las tantas de la madrugada y que tú ya andas un poco extraviado con tanto apellido yankee desconocido, te quedas trabado, como si tuvieras a la Virgen delante. Ese halo de sopa fría que escupen sus ojos se te mete en el cuerpo, y la dentera todavía crece más cuando te das cuenta que su juego tiene mucho que ver con esa pose árida que ampara al futbolista. Sobre el terreno de juego, Dempsey, como uno de esos asesinos con el pulso frígido, es desgarrador y atinado al milímetro, incluso en la celebración de los goles.

Se acostó lloriquenado, con el corazón roto en mil pedazos, después de haberse sabido que Maradona había dado positivo en un control anti-doping del Mundial de USA’94

Tardamos en descubrir del todo a Clint Dempsey lo mismo que tardó Landon Donovan en dejar de ser el único guaperas de la escuela del soccer norteamericano. Pese a ello, su destino había empezado a forjarse mucho antes. Concretamente en su niñez, que transcurrió dentro de una caravana de su familia en un barrio humilde del este de Texas. Allí debió vivir el chico esa revelación que ha fabricado a tantos y tantos jugones por todo el mundo en los últimos 40 años, y que se desencadena simplemente al dar con un vídeo de Diego Armando Maradona. A partir de ese instante, la catarsis se reprodujo según lo común en estos casos: se enamoró locamente del ‘10’ y ya no hubo manera de bajarlo del burro. Aunque la relación con el ídolo, como todas, también tuvo sus baches tormentosos. Por ejemplo esa tarde de 1994 (en pleno Mundial de los Estados Unidos) en la que Clint se acostó lloriqueando, con el corazón roto en mil pedazos, después de haberse sabido que El Diego había dado positivo en un control anti-doping. Uno a veces prefiere caer él mismo antes de que lo haga alguno de sus mitos.

Dempsey superó el berrinche con Maradona de la misma manera que superaría todos los otros reveses que le iría procurandoo la adolescencia, jugando solo en los patios de su Nacogdoches natal. En esos ratos huraños se gestó la introversión que su mirada actual todavía insinúa. La mayoría de los jóvenes del barrio preferían el fútbol americano, así que a él nunca le quedó otro remedio que intentar convencer a su hermano mayor para darle cuatro patadas al esférico o utilizar su imaginación para diseñarse un adversario invisible.

Precisamente su hermano, Ryan, le tiró un día de la manga para que le acompañase a unas pruebas que iban a hacerle en el Dallas Texas, uno de los clubes más importantes de las categorías inferiores del fútbol estadounidense. Al acabar el entrenamiento, Ryan, al que le sudaban hasta los dientes del sobresfuerzo que había realizado sobre el césped, se acercó a uno de los entrenadores para conocer su veredicto, y éste le respondió que lo suyo podía esperar algunos minutos, pero que lo que le tenía que asegurar ya era si estaba disponible ese flacucho que había traído con él y que se había pasado el rato dando toques a la pelota en una de las bandas del campo. Dempsey no sabría de dicha conversación hasta al cabo de un rato. Sin quererlo, acababa de entrar en el ruedo.

Aunque no es que todo fluyera como la seda a partir de entonces. Los pocos recursos de los que disponía su familia tenían que repartirse entre tres hijos, todos ellos con vocación de deportista. A los dos mencionados, también se les unía Jennifer, que iba para tenista de escándalo. Hasta que un aneurisma cerebral a los 16 años se llevó por delante el sueño, la raqueta y la vida de la pobre muchacha. Aquello fue y es con diferencia el golpe más desmedido que arrastra Clint. Un trauma de los que no se evaporan con el tiempo, y que el mismo futbolista aviva en la memoria cada vez que marca un gol y levanta los brazos dirección al cielo.

DEMPSEY, EN DOS DIMENSIONES

clintLo de su explosión en la MLS (fue nombrado mejor jugador de la liga en su segunda temporada como profesional), lo de su osado salto a Europa (el Fulham pagó tres millones de euros por su traspaso, cifra récord para un futbolista de Estados Unidos), lo de su consagración en Craven Cottage, primero, y su llegada a White Hart Lane, después, y lo de su presencia en tres Mundiales con su combinado nacional, entre otros, fueron méritos que Dempsey iba recogiendo de manera natural, como si su talento innato se los hubiera pegado en el currículum mucho antes de que sucedieran. Una carrera brillante a ojos de todos y de relato ligero, cimentada sin pausa pero sin prisa. Una línea recta y despejada. Aunque otra cosa es lo que va por dentro, la construcción de ese personaje turbio que te dejaría helados los dedos de los pies si te le cruzaras de madrugada en un motel semi-abandonado en medio de la Arkansas profunda. Para entender esa otra faceta de Clint, resulta indispensable dar un vuelco y recular hasta los parajes que vistieron su infancia.

Porque Clint Dempsey, aparte de líder, de mediapunta, de pasador y de magnífico llegador de segunda línea, es también un ser singular. Un tipo al que se le cruzan los cables en medio de un partido con su nuevo equipo, los Seattle Sounders, y le roba una cartulina al colegiado para luego trocearla y echarla sobre el césped -accidente que le ha acarreado una sanción que le mantendrá dos años sin poder jugar la Copa estadounidense-. Un artista multiusos que en 2006 se animó a grabar un videoclip con el rapero Big Hawk, que meses más tarde, como quien no quiere la cosa, aparecería asesinado a tiros. Una estrella a la que Jürgen Klinsmann ha preferido retirar el brazalete de capitán del USA Team en la presente Copa Oro, pese a que el propio técnico sabe que entre todos los seleccionados no hay otro que tenga su calidad y su experiencia en la élite.

Pero ya es conocido. Todo genio cobra su peaje.

Como también se lo cobra a menudo Clint Eastwood, otro que sabe qué es esto de convivir con un díscolo dentro, y del que el padre de Dempsey era tan aficionado que le pilló de prestado el nombre para bautizar a su hijo. Futbolista y cineasta, aparte de denominación, comparten alergia psiquiátrica a la sonrisa. Sin embargo, como suele decirse en estos casos, no le pidas que sonría a alguien del que no sabes cuántas razones tiene para no hacerlo. Mejor dejarlo ahí.