El 15 de julio de 1989 amaneció en Madrid prometiendo otra jornada más de calor asfixiante. A las siete menos cuarto de la mañana, sin embargo, la ciudad aún estaba vacía, fresca y callada cuando un Seat Ibiza dorado derrapó a la altura del kilómetro 6.5 de la carretera de La Coruña. Tras chocar contra una farola y volcar, su conductor salió despedido: era un futbolista sin equipo ni demasiada suerte, Laurie Cunningham. El primer inglés en la historia del Real Madrid, uno de los primeros internacionales negros de la selección británica, fallecía en aquel rincón de la periferia madrileña. Tenía 33 años, una carrera en declive y un misterioso amigo en el asiento del copiloto. Hoy hace un cuarto de siglo.

EL ESTADIO

Cunningham arranca la jornada del 14 de julio, viernes, con una visita al estadio del Rayo. Allí se reúne con Pedro García Jiménez, máximo responsable vallecano, para discutir su presencia en el cuadro franjirrojo de la campaña 89-90. No será fácil: su contrato ha acabado el 30 de junio y las lesiones le han robado muchas titularidades durante una temporada en la que el Rayito ha certificado su ascenso a Primera precisamente con un gol de Laurie. Una gloria fugaz y acaso mínima en comparación con lo que el fútbol le había preparado cuando nació en una humilde barriada del norte de Londres en 1956; debutar en First Division con el West Bromwich Albion en 1977; componer junto a Cyrille Regis y Brendon Batson un trío de futbolistas negros que revolucionaría las anticuadas y racistas gradas inglesas; debutar con la selección absoluta cuando la multiculturalidad en el fútbol era una utopía; aterrizar en el Madrid de los García, con el que ganará una Liga y dos copas, saldrá aplaudido del Camp Nou tras una exhibición individual y rozará la Copa de Europa en París; enfundarse las camisetas del Sporting, el Manchester United, o el Olympique de Marsella; ganar y perder dinero; conocer la fama y después el olvido.
European Cup Final - Liverpool V Real MadridSin embargo, en algún momento las trampas del fútbol -especialmente en forma de lesiones- comienzan a ganarle el partido a sus destrezas. Habilidoso y rápido extremo, nunca se recuperará del todo de una fractura en un dedo del pie que le exige pasar por quirófano en 1980. Su carrera entra en una espiral de cesiones y ventas a clubes cada vez más pequeños en los que raramente consigue esquivar la enfermería. En 1986 recala en el Rayo, y en Segunda, por primera vez. Completa una buena campaña, y al año siguiente prueba fortuna en Charleroi, donde nuevamente se lesiona sólo para llegar a tiempo de firmar un breve contrato de final de temporada con el Wimbledon. Y, sí, es aquel Wimbledon: Dennis Wise, Lawrie Sanchez, John Fashanu o Vinnie Jones, cada uno de los cuales merecedores de una biografía aparte, se proclaman campeones de la FA Cup en el majestuoso Wembley y ante el Liverpool, fuerza viva del establishment futbolero de la época. En la foto de aquella selección de descartes y futbolistas carcelarios aparece también Laurie, que días después rubrica su regreso a España de cara a la temporada 1988-89. Junto a Hugo Maradona, Cunningham es la gran apuesta de un Rayo que busca el ascenso.

EL HIPÓDROMO

Y lo consigue. Pero ese logro no parece convencer al presidente franjirrojo para renovar al ya veterano futbolista inglés. Así que en la mañana del 14 de julio de 1989, Cunningham abandona el estadio de la avenida de la Albufera sin llegar a un acuerdo, y comienza una horas de incierta actividad. Según el periodista Paul Rees, Laurie pasa la tarde en el hipódromo de la Zarzuela, donde se ha citado con un personaje enigmático: un ciudadano estadounidense, de 30 años (y, a pesar de ello, supuesto estudiante en la Complutense) llamado Mark Cafwell Latty. Nadie en el círculo de amistades de Cunningham, ni siquiera su compañera Sylvia -con la que acaba de tener un hijo-, ha oído hablar nunca del tal Latty. Durante la semana anterior, Cunningham había viajado a Londres para visitar a sus padres, originarios de Jamaica. Allí, a pesar de su reciente paternidad, se había mostrado desanimado, sombrío, triste. Su madre, Mavis, achacaba el progresivo hundimiento psicológico de Laurie a la ruptura con su novia de toda la vida, Nicky Brown, en 1983. Otros, en cambio, creen que su depresión no tiene más causa que ese fútbol que se le agota a Cunningham: ya no es aquel joven y explosivo extremo que el Bernabéu apodó como la ‘Perla Negra’, sino un centrocampista organizador al que un Rayo recién ascendido no quiere renovar. En todo caso, cuando su hijo se subió al avión de regreso a España, Mavis llegó a compartir sus temores sobre una posible bancarrota del futbolista y sus sospechas de que en Madrid se estuviera rodeando de las personas equivocadas.

 

Su desánimo no tiene más causa que ese fútbol que se le agota a Cunningham: ya no es aquel joven y explosivo extremo que en el Bernabéu apodaban la ‘Perla Negra’, sino un centrocampista organizador al que un Rayo recién ascendido no quiere renovar

Y quizá el olfato materno no andaba desencaminado: unos días más tarde, Cunningham pasa la tarde del 14 de julio con un tipo que nadie ha visto. Alguien les escucha especular juntos sobre la apertura de un restaurante, una intención de la que el círculo íntimo de Laurie tampoco tiene ningún conocimiento. Y, aunque su casa apenas se encuentra a diez minutos del hipódromo, Cunningham opta por no regresar tan pronto. Él y Latty se entregan a la noche madrileña.

LA CARRETERA

Juntos abandonan una discoteca en las primeras horas del 15 de julio. Paran a reponer fuerzas en una pizzería, y se suben al Seat Ibiza dorado de Laurie. Amigo de ponerse el cinturón de seguridad hasta para sacar el coche del garaje, por alguna razón no lo hace ahora. Quizá con las ventanillas bajadas, la radio encendida, la ciudad todavía amodorrada, se cuela en el vehículo la euforia de una larga jornada de planes y diversión compartida. Son las 06:45 de la mañana: Laurie acelera a la altura de Pozuelo de Alarcón, el Ibiza vuela, y la vida se le va en una curva. Tras impactar contra una farola y volcar, Laurie Paul Cunningham, un futbolista sin equipo ni demasiada suerte, sale despedido varios metros e impacta con la cabeza en el asfalto. Una patrulla de policía se topa con el accidente, pero ya es tarde. Latty, apenas sufre heridas leves; ese mismo 15 de julio será dado de alta en el Hospital Clínico para desaparecer inmediatamente sin dejar huella.

El primer inglés en la historia del Real Madrid, uno de los primeros internacionales negros de la selección británica, falleció en aquel rincón de la periferia madrileña. Tenía 33 años, una carrera en declive y un misterioso amigo en el asiento del copiloto.

*La historia continúa en la segunda parte del artículo