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Jorvan Vieira (Duque de Caxias, 1953) se despertó en una mañana de 1978 como si fuera un día más. Preparó un café, se duchó, cogió su coche e hizo su trayecto habitual: cruzó los 13 kilómetros del puente que separa Niterói de Río de Janeiro. Jorvan conciliaba el trabajo de preparador físico en la Portuguesa da Ilha do Governador, un equipo humilde de Río, con el de profesor de educación física en diferentes colegios de la ciudad.

Cuando llegó al club por la mañana, se encaminó al despacho del gerente, el señor Edurval, para saludarle. Fue cuando recibió una invitación inesperada. “¿Quieres ir a Arabia?”, le preguntó Edurval. Jorvan le dijo que se dejase de bromas. No le creía, pues, al fin y al cabo, no trabajaba en uno de los grandes de Río. ¿Por qué un equipo del mundo árabe, donde los dólares brotan como si fueran flores en primavera, iría a buscar al preparador físico de la Portuguesa da Ilha?, pensó. Pero el gerente no se callaba, le seguía hablando del Medio Oriente. Hasta que Jorvan le soltó: “¡Deja de joderme, tío! Que tengo que trabajar”, y se fue al campo para empezar el entrenamiento.

Unos minutos más tarde, Jorvan escuchó algo.

“¿Seguro que no quieres ir a Arabia?”

Pensó que era su subconsciente burlándose de él. Cuando se giró, sin embargo, ahí estaba el señor Edurval, impasible. El preparador no le hizo caso y le pidió que le dejara dirigir el entrenamiento en paz. Cuando la actividad terminó, miró el reloj. Tenía que estar en el colegio al cabo de poco. Apresurado, fue al vestuario, se duchó y zarpó. Le esperaban 40 kilómetros en coche de Ilha do Governador a Xérem, una ciudad de la región metropolitana de Río. Esa escuela no era la única donde trabajaba. Jorvan vivía como un loco, yendo de un extremo a otro de la capital carioca, entre escuelas y estadios. Pero cuando estaba a punto de salir del portal del club, se le acercó un funcionario de la Portuguesa y le dijo: “El señor Edurval quiere hablar contigo”. Jorvan corrió hasta su despacho y, aún jadeante, abrió la puerta.

“¿Quieres ir a Arabia?”

Jorvan, ya harto, le soltó incontables palabrotas que la tan rica lengua portuguesa ofrece. El gerente insistió en que se sentara para que hablaran, pero Jorvan le explicó que los niños de Xerém le esperaban y que él a estas horas ya debería estar lejos de la Ilha do Governador. “Vamos, Jorvan, ¡siéntate!”, repetía Edurval. Ante su insistencia, Jorvan, ya resignado, tomó asiento. “Mira, hay una propuesta de Catar: necesitan un preparador físico que hable inglés. Y yo sé que tú te llevas bien con el idioma”.

Jorvan había hecho una formación completa en una escuela privada de inglés. En el Brasil de los 70, encontrar a una persona que hablase la lengua de Shakespeare era como encontrar billetes de Cruzeiros por la calle. Con 25 años y formado en educación física e inglés, Jorvan realmente estaba preparado para enfrentar retos internacionales.

Según el senõr Edurval, tenía que dirigirse al Hotel Meridien de Copacabana y preguntar por el Sultán Syed. Jorvan le hizo caso. Cuando llegó al lujoso edificio, descubrió que el Sultán Syed era el presidente de la Federación Catarí de Fútbol. El mandamás no quería charlar; sin rodeos, puso sobre la mesa un suculento contrato que Jorvan firmó sin pensárselo.

“Tuve un problema con el coche”, dijo al llamar a la escuela de Xerém para justificar su ausencia mientras abandonaba el hotel y caminaba por la Avenida Atlântica de Copacabana.

De camino a casa, Jorvan cruzó el puente Río-Niterói todavía estupefacto. Por la mañana había dicho a su mujer que iba a Xerém; volvería diciendo que hiciera las maletas, pues se irían a Doha. El piso donde vivían, en la calle Mém de Sá, era diminuto. “Una habitación y un salón, era muy pequeño. La cocina era tan pequeña que cuando uno entraba el otro tenía que salir”, recuerda.

Jorvan llegó a Doha a finales del 78. Se fue al Al Esteqlal, que ahora es el Qatar Sports Club. El Sultán Syed le había pagado 50.000 dólares en la firma del contrato y le pagaría 7.000 dólares más cada mes, una fortuna en la época. Con el dinero de la prima del contrato, el joven preparador compró tres pisos en Niterói y se marchó a ese país desconocido, de donde solo se sabía que al abrir los grifos el petróleo chorreaba. Pero no fue el único que recorrió el trayecto; muchos brasileños se aventuraron a mudarse a Catar en aquella época. El país tenía una escasa tradición futbolística, pero podía ofrecer salarios astronómicos. El más conocido de esos emigrantes era Evaristo de Macedo, ex futbolista del Barcelona y del Real Madrid, y seleccionador de Catar entre 1979 y 1986.

Aquel viaje cambiaría la vida de Jorvan por completo. El mundo árabe pasaría a ser su mundo. En 1982 se establecería como entrenador, al aceptar la oferta de la selección olímpica omaní. Se haría musulmán, aprendería el idioma, se casaría con una marroquina y en los siguientes años trabajaría -excepto por cortos períodos en Brasil, Portugal, Irán y Malasia- en Omán, Marruecos, Kuwait, Egipto, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Túnez. Pero sería en Iraq donde Jorvan escribiría el capítulo más bonito de su trayectoria.

 

“La verdad es que no hice la reflexión necesaria para ver dónde me estaba metiendo. Cuando llegué y me encontré con la realidad, dije: ‘¿Qué estoy haciendo aquí?’. Pero ya caminaba con una pistola en la cintura”

 

Cuando llegó a Iraq en 2007, ya era un entrenador experimentado, tenía 58 años. Venía de firmar una buena temporada al frente del pequeño Al Tai Club saudí, terminando séptimo en la liga. “[Ha’il] era una ciudad lejos de todo, donde yo vivía había solo una calle”, rememora. “En verano hacía 55 grados, iba a trabajar casi desnudo; en invierno -12, iba a los entrenamientos como un ninja”. “Hiciste una campaña bonita en Arabia Saudita”, le comentó su agente aquel año. “Tienes dos opciones: quedarte aquí, donde hay equipos más potentes interesados en ti, o irte a Iraq para ser seleccionador. ¿Qué prefieres?”

Jorvan no dudó:

—¡Iraq!
—Pero en Arabia Saudita se paga bastante mejor
—Voy a ser campeón con Iraq. Conozco a sus jugadores.

“Firmé por ellos sabiendo que haría algo especial”, admite ahora. De lo que no tenía conocimiento Jorvan era de la situación calamitosa que vivía Iraq, un país desintegrado desde que se independizó del Imperio Otomano, en 1919. Diferencias religiosas entre chiitas, sunitas y cristianos, y étnicas entre árabes y kurdos, hacían que el pueblo iraquí se pelease entre sí, bajo el paraguas de un estado creado por los europeos. Como observa Margaret MacMillan en París, 1919: seis meses que cambiaron el mundo: “En 1919 no había pueblo iraquí; la historia, la religión y la geografía no unían a las personas, las separaban. Basra miraba hacia el sur, hacia la India y el Golfo; Bagdad tenía fuertes vínculos con Persia; y Mosul tenía vínculos más estrechos con Turquía y Siria. Juntar las tres provincias otomanas y esperar que se creara una nación era, en términos europeos, como esperar que los musulmanes bosnios, croatas y serbios formasen un solo país”. Y para colmo Iraq llevaba cuatro años en guerra con Estados Unidos, tras la invasión norteamericana de 2003.

En este contexto llegaba Jorvan Vieira a Iraq.

Cuando recibió la oferta, Jorvan pensó en el fútbol. “Tienen muchos jugadores buenos”, imaginó. “La verdad es que realmente no hice la reflexión necesaria para ver dónde me estaba metiendo. Cuando llegué y me encontré con la realidad, dije: ‘¿Qué estoy haciendo aquí?’. Pero ya era demasiado tarde”, reflexiona. “Ya caminaba con una pistola en la cintura”.

La hostilidad en Iraq obligaba a la selección a jugar sus partidos en Emiratos Árabes Unidos o en Jordania. Fue allí donde Jorvan firmó el contrato. Pero notó algo raro. No había primas en caso de clasificación a octavos, cuartos o semifinales.

—Presidente, usted no puso ninguna prima en el contrato— observó, intrigado.
—Olvídate de eso. Nunca pasamos de cuartos, ¿y todavía quieres prima?— le contestó Hussein Saeed (Presidente de la Federación).
—Presidente, trate de ponerla. Seremos campeones.

En un tono medio incrédulo medio jocoso, Saeed asintió.

—Ponemos lo que tú quieras, entonces.

“Yo ya sabía de la calidad de los jugadores iraquíes. Es un fútbol muy bueno”, rememora hoy Jorvan, perspicaz.

La liga saudí había terminado el 1 de junio. El 16, el brasileño ya estaba en Jordania, disputando la Copa del Oeste Asiático, un torneo en el que participaron seis países. Iraq llegó a la final, el 24 de junio, pero perdió 2-1 contra Irán. El desempeño corroboró su creencia de que realmente podía hacer algo especial con esos jugadores. El torneo más importante del continente asiático, sin embargo, empezaría el 7 de julio.

Los pocos días de preparación para la Copa de Asia no fueron fáciles. Jorvan se dio cuenta de que las divisiones que asolaban el país desde hacía décadas también se reflejaban en la selección. “Tuve que afrontar la situación. No pude organizarme de antemano y saber quien era sunita, quien era chiita, quien era kurdo o quien era católico. Fue todo ahí, en el campo de trabajo. Pero la división está muy presente. Al principio se reflejó negativamente. Mucho, mucho, mucho…”.

“Tuve que tener tacto para poder lidiar con el vestuario, para convencerles de que teníamos que formar un grupo unido, una familia, que realmente no existía en ese momento. Fue entonces cuando apelé a sus sentimientos para que reaccionaran, independientemente de que fueran kurdos, chiítas o sunitas. Les dije que teníamos que tratar de hacer un sacrificio por la alegría de la gente, para que la gente sonriera. Mi lema era: ‘Estamos aquí para llevar una sonrisa a los labios de los iraquíes’.” Pero mientras Jorvan intentaba instaurar una armonía entre los suyos, la guerra seguía, despiadada.

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“En nuestro último período de preparación, dejamos Jordania para irnos a la isla de Jeju, en Corea del Sur. Teníamos que hacer una escala de nueve horas en Tailandia y quedarnos esperando en un hotel dentro del aeropuerto de Bangkok”. Entonces, al pasar por el control de inmigración, Jorvan ve a su portero, Noor Sabri, apoyado contra la pared, deslizándose lentamente hacia el suelo. “Acababa de recibir la noticia de que su cuñado había sido asesinado”.

Cuando estaban concentrados en Jordania antes de la competición, el fisioterapeuta de la selección, Anwar Jassim, solicitó la autorización de Jorvan para ver el nacimiento de su hijo, en Iraq. Liberado, Jassim volvió a su país. Poco tiempo después, fue a una agencia de viajes y sacó el billete para regresar a Jordania. Pero al salir de la tienda un coche bomba explotó. Jassim nunca volvería con el equipo. “Se trata de situaciones totalmente adversas y contrarias a la rutina normal de un equipo de fútbol que se prepara para una competición”, reconoce Jorvan. Pero aquellas tragedias hicieron que el grupo se uniera. Los futbolistas sabían que, a través de aquellos partidos tan sentidos, podrían darle a su pueblo algo que no tenían desde hacía mucho tiempo: una razón para celebrar.

Los encuentros del grupo de Iraq se jugarían en Bangkok. En él estaban Omán, Tailandia -una de las anfitrionas junto a Vietnam, Malasia e Indonesia- y la temible Australia de Tim Cahill, Harry Kewell y Mark Viduka. Los australianos habían dejado la confederación de Oceanía y disputaban su primera Copa de Asia, tras llegar a octavos en el Mundial de Alemania disputado en 2006.

Los de Jorvan Vieira empataron en el partido inaugural contra Tailandia, 1-1. Empezaron atrás en el marcador, pero Younis Mahmoud, amado delantero de 1’85 metros de estatura que llevaba el ‘10’ en la espalda, marcó el gol del empate. En el segundo partido, contra Australia, los iraquíes arrollaron a un equipo repleto de futbolistas que jugaban en el fútbol europeo: 3-1. Y, en el último, empataron 0-0 con Omán y terminaron primeros en el grupo, por delante de Australia.

En cuartos, el adversario fue Vietnam. Mahmoud, con un doblete, mandó a los rivales de vuelta a Hanoi (2-0). Iraq estaba en semifinales por primera vez en su historia. “Sentimos el cariño de los iraquíes partido a partido, desde el inicio del torneo. Poco a poco, empiezas a darte cuenta del volumen de la cosa, que es algo muy fuerte. Esa gente sonriendo, celebrando, feliz…”, rememora Jorvan. La semifinal contra Corea del Sur fue dramática. Empate en el tiempo reglamentario y en la prórroga. 120 minutos sin goles. En la tanda de penaltis, el héroe fue ese portero que lloraba como un niño en el aeropuerto de Bangkok. Noor Sabri paró un penalti y garantizó el acceso de Iraq a la final. La alegría que estuvo contenida por tanto tiempo en el pueblo iraquí explotó como una olla a presión tras la clasificación. Pese a la guerra, la gente inundó las calles del país en júbilo. Pero las celebraciones se convirtieron en tragedia cuando dos terroristas mataron a más de 50 personas en Bagdad, entre ellas un niño de 12 años.

La delegación pensó en desistir. No podía jugar un partido de fútbol después de la muerte de tantos compatriotas. “Mataron a un niño de 12 años. No íbamos a seguir en la competición después de esa situación, habíamos decidido dejar el torneo por eso, porque no se podía aceptar”, admite Jorvan. Pero en ese instante pasó algo que les impactaría profundamente. “Sale la mamá del niño en la televisión, pidiéndonos que sigamos, para que podamos ganarle el título a su hijo”, recuerda el entrenador. “Eso nos dio fuerzas”.

Para ser campeones, sin embargo, Iraq tenía que ganar a Arabia Saudita, el país que llegaba a su sexta final en las últimas siete ediciones del certamen y que quería ser la primera selección en conquistar cuatro títulos del torneo.

 

“Ver esa alegría y pensar en aquellos que ya no estaban y no podrían vivirla. Es algo muy difícil de describir. Es importante saber que ayudaste a un país”

 

La final fue en el Estadio Gelora Bung Karno, en Jakarta, delante de 60.000 personas, la mayoría apoyando a Iraq. “Mucha gente iba con nosotros por pena. Ese país que sufre y por el que sus chicos siguen peleando, llegan a semifinales, a la final…”, considera Jorvan. “Fue un aliento de compasión, por así decirlo”. El partido parecía destinado a la prórroga, como contra los surcoreanos. A falta de menos de 20 minutos para el silbido final, el 0-0 seguía en el marcador. Hasta que, en el minuto 72, Iraq arañó un saque de esquina.

Cuando Hawar Mulla Mohammed mandó el balón rumbo al área de Arabia Saudita, todo un país se quedó paralizado frente al televisor, con la esperanza de que al menos por un día hubiera algo que celebrar. El esférico viajaba hacia el segundo palo. Yasser Al Mosailem, el portero saudí, saltó y estiró su brazo izquierdo, pero no lo alcanzó. El lateral derecho Ahmed Al-Bahri se había posicionado sobre la línea del gol, por si acaso. El central Kamel Al-Mousa se apresuró en dirección a la portería. Younis Mahmoud despegó del suelo con todas sus fuerzas, volviéndose, por un segundo, un gigante en el aire. Las 60.000 personas en las gradas miraban atónitas. El balón aterrizó en la cabeza del ‘10’ iraquí, que lo golpeó. Nadie lo detuvo. Se escapó al fondo de la red. Él, que había marcado el primer tanto de Iraq en el torneo, marcaba también el que sería el último y el más importante de la historia del país.

20 minutos más tarde, Jorvan Vieira y los suyos corrían, sonreían, lloraban y se abrazaban en el césped del Gelora Bung Karno. Contra todo pronóstico, habían logrado la que es considerada una de las mayores hazañas de la historia del fútbol. “Fue una gran alegría. Y más al saber que en ese momento nadie estaba matando a nadie, que todos estaban celebrando”, confiesa Jorvan. A miles de kilómetros de distancia, el sol caía en Mosul, Bagdad y Basra. A pesar de las restricciones de circulación del gobierno después de los atentados tras el partido de semifinales, los iraquíes salieron de nuevo a las calles. Se olvidaron de la guerra. “Hemos salido a la calle pese a todos los peligros que podemos afrontar. Queremos dibujar una imagen de la alegría en esas calles que han sido siempre escenario de la muerte y la destrucción”, afirmó a EFE Yaser Al Bayati, de Mosul.

“No solo hice el trabajo de un entrenador, hice un trabajo de libertador, por decirlo así. Un liberador de la alegría, de la euforia de un pueblo que sufría, que moría por nada, que ni siquiera sabía por qué moría. Así que hubo una compensación para aquellos que todavía estaban vivos. Ver esa alegría y pensar en aquellos que ya no estaban y no podrían vivirla. Es algo muy difícil de describir. Es importante saber que ayudaste a un país”, reconoce Jorvan. “Eso el dinero no te da. Es solo a través del deporte, en este caso específicamente del fútbol, ​​que se adquiere una victoria de este tipo, de esa envergadura. No son laureles con cifras, es diferente, son laureles que te hacen grande por dentro y te alivian el corazón al saber que fuiste útil para un pueblo”.

Y por una noche, ese país que llevaba años afligido por la guerra y el terror, y que en el futuro sería despedazado por el Estado Islámico, pudo celebrar, como si fuera un país cualquiera. Al menos por unas horas.

Qué efímera es la felicidad.

 


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Fotografía de jorvanvieira.com.