Son días de insomnio, de pelearse con los demonios que lleva cada uno dentro y de tener el fútbol ahí escondido en algún lugar de casa. He perdido la perspectiva de muchas cosas, lo justo recuerdo que a esto se jugaba con un balón. Entre tanto, al igual que muchos, estoy viendo ‘The Last Dance’. Quién le dice que no a un último baile a Michael Jordan. La sensación que transmite, aunque hayan pasado ya unos cuantos años, el histórico jugador de Chicago es la de una superioridad absurda, esa que tan solo poseen los elegidos. Hago lo que quiero, cuando quiero y contra quien quiero. Esa fórmula que le corresponde a los que son realmente buenos. Repasando imágenes y vídeos de Fernando Redondo he caído en la misma sensación que me produce Jordan. Todo lo que sucedía en el centro del campo tenía su firma. Ahí, en esa parcela del césped, se jugaba con las reglas que él mismo había ideado, era algo por lo que debían pasar tanto compañeros como rivales. Si uno deseaba irrumpir en su espacio, debía saber que en la mayoría de casos saldría derrotado. Durante una década venció a todos.

Su padre le inculcó esa pasión por el fútbol. De hecho, ambos jugaban como ‘cinco’ e incluso los amigos de su padre le dicen que era mejor que él, algo a lo que Fernando, hijo, no da mucha credibilidad. En la actualidad, en la mayoría de esquemas, el doble pivote es el claro protagonista, da la sensación de haberse instaurado una inseguridad en que un solo futbolista pueda contener al rival y dar oxígeno al suyo propio. No imagino a Fernando Redondo compartiendo doble pivote, aunque eso le sucedió en algún tramo de su carrera; a jugadores así, que tan solo sale uno cada veinte años, les debes dar toda la libertad del mundo. Como sucede con los futbolistas especiales y realmente buenos, el argentino jugaba adelantado a su tiempo. Su modo de juego podría resultar igual de efectivo casi veinte años después de su retirada, esa es la gran diferencia entre uno bueno y la auténtica élite.

“Disfruté siempre más de meter un buen pase que de patear al arco, y quizá fue un error porque profesionalmente hubiese sido más completo de haber pensado más en el gol, pero disfrutaba más del pase, la verdad es esa”, decía Redondo en una entrevista para La Nación. Si hubiera querido, como él mismo dice, habría sumado diez o quince goles por temporada fácil, pero aunque era buenísimo no lo podía hacer todo. Bastante tenía con sacar el balón entre los centrales, irse del rival con su magnífica zurda y superar líneas con sus pases tensos pero medidos. De tipos así se dice que habrá un ‘nuevo Messi’, un ‘nuevo Maradona’, un ‘nuevo Cruyff’, etc. Y eso es mentira, jamás habrá nadie con ese talento, al igual que puedo afirmar de manera categórica que no habrá jamás un ‘nuevo Fernando Redondo’. Esta clase de tipos podrían haber triunfado en cualquier época del fútbol, en cualquier liga y defendiendo cualquier escudo. Al bueno se le distingue rápido y al mejor, nada más pasan cinco minutos.

«Recuerdo un consejo que me dio Francis Cornejo apenas me iniciaba: ‘Si estás bien ubicado vas a correr menos y la vas a agarrar más’. Esa es la cuestión del ‘5’. Y para eso es fundamental leer e interpretar el juego. En el fútbol lo que tienes que ganar es tiempo: eso lo consigues, en esa zona, ubicándote en el lugar justo, con un buen control, estando bien perfilado antes de recibir, habiendo mirado antes de recibir». Fernando Redondo.

 


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Fotografía de Getty Images.