El pasado ofrece, a menudo, una sombra para reposar y recuperar el aliento, y la sonrisa, a quien vagabundea por el desierto del presente, sin mapa ni guía para regresar al lugar del que se alejó demasiado persiguiendo quién sabe qué, obviando haber encontrado el santo grial. Son días grises en el Camp Nou, a medio camino entre el teatro que fue ayer y lo que sea que es hoy, bajo inminente aviso de desahucio, y las hojas caídas del calendario dibujan un atajo hacia tardes felices, quizás todavía más felices en el imaginario que en el plano de la realidad.

Como la tarde del miércoles 22 de septiembre de 1971, en la que el Barça se coronó eterno campeón de la Copa de Ferias tras vencer al Leeds United de Don Revie en el partido que se disputó en el Camp Nou para determinar qué club debía quedarse el trofeo Noel Beard en propiedad, una vez decidida la extinción del torneo. Ese año, la UEFA, consciente de la dimensión que había adquiriendo la Copa de Ferias había adoptado el torneo como propio y había asumido su organización, cambiando su nombre por el de Copa de la UEFA, pero para que la transición de una competición a su sucesora fuera digna y respetuosa con la historia se acordó que se celebraría un último encuentro, entre el primer ganador y el último vencedor, para determinar qué vitrinas acogerían el trofeo original de forma permanente.

La finalísima de la Copa de Ferias, como se conoció ese partido, fue el nostálgico epílogo al torneo, y midió al primer Barça de Rinus Michels contra un Leeds que por aquel entonces vivía los días más felices de su historia. Antes de esa tarde ya había alzado una First Division (68-69), una Copa de la Liga (67-68) y una Community Shield (1968) y había sido subcampeón de la liga (64-65, 65-66, 69-70 y 70-71) y de la FA Cup (64-65 y 69-70), y poco después conquistaría otra First Division (73-74), una FA Cup (71-72) y acabaría segundo en la Recopa (72-73) y en la Copa de Europa (74-75), entre otros éxitos. “Esta vez la espera en el aeropuerto fue bastante larga. El equipo inglés del Leeds tardaba más de la cuenta en llegar. La explicación fue que tuvieron que quedarse a repostar en París en lugar de hacer el trayecto directo porque una fuerte tormenta les esperaba por los Pirineos. Por fin, hacia las cuatro y media, con casi dos horas de retraso, un avión de hélice de la BEA se posaba en la pista del Prat y pocos minutos después teníamos en la sala de llegadas internacionales a los componentes del combinado inglés, que jugará esta noche en el Camp Nou por la posesión definitiva de la Copa de Ferias”, contaba Mundo Deportivo en la víspera del duelo, en el que Michels dispuso un once con Salvador Sadurní en la portería, Joaquim Rifé, Gallego (Francisco Fernández), Antonio Torres y Eladio Silvestre en la retaguardia, Enrique Costas, Juan Carlos Pérez López, Marcial Pina y Juan Manuel Asensi (Josep Maria Fusté) en la zona ancha y Carles Rexach y Teófilo Dueñas arriba.

Dueñas fue el gran protagonista del partido, retransmitido por La 2 y disputado ante unas 45.000 almas. El delantero de Puertollano abrió el marcador en el minuto 51, agujereando las mallas británicas al rematar un centro-chut de Marcial. El Leeds restableció la igualada apenas dos minutos después, mediante el escocés Joe Jordan, pero, ya al final del encuentro, Dueñas, de nuevo Dueñas, recogió un gran balón de Marcial para batir a Gary Sprake con un chut cruzado y anotar el definitivo 2-1, dándole el título al Barça.

 

La idea inicial era que los participantes fueran combinados de las ciudades representantes o de clubes de dichas ciudades, pero la práctica impuso una realidad distinta, en más de un caso la representación de la ciudad acabó recayendo en un solo club

 

La Copa de Ferias había sido creada a mediados de la década de los 50. Según explica Alfredo Relaño en 366 historias del fútbol mundial que debería saber, libro de cabecera, imperdible, “nació un poco en paralelo a la Copa de Europa, y otro poco en su contra. La iniciativa, una copa a disputar entre las ciudades en feria de Europa, estaba inspirada por la seguridad de que sería más viable que la Copa de Europa, pues los ayuntamientos ayudarían a fin de hacer resonar los nombres de sus ciudades. La copa de Europa nació en la confianza de que las taquillas y las televisiones, que justo entonces empezaban, serían suficientes para sufragar los gastos. Y acertó”.

Hijo de un parto complicado, el ambicioso proyecto de la Copa de Ferias pronto descubrió sus debilidades, sus límites: la idea fundacional e inicial era que los equipos participantes fueran combinados de jugadores de las ciudades representantes o de clubes de dichas ciudades, a modo de selección, pero la práctica impuso una realidad distinta, ya que en más de un caso la representación de la ciudad acabó recayendo en un solo club. Fue el caso, además de Milán y Birmingham, de la selección de Barcelona, que pese de jugar con el escudo de la ciudad y uniforme azul, y bajo del nombre de Barcelona XI, estaba conformada en su totalidad por futbolistas del Barcelona. Además, por la dificultad de encajar más partidos en el calendario la primera edición se acabó jugando en tres temporadas distintas: desde el 5 de junio de 1955, con triunfo de la selección de Londres en Basilea, hasta el 1 de mayo de 1958, con la clara victoria del Barça contra la selección de Londres en el partido de vuelta de la final (6-0), con dobletes de Luis Suárez y Evaristo de Macedo y goles de Eulogio Martínez y Martí Vergés. Para el cuadro catalán, que antes había eliminado a Copenhague en la fase de grupos y a Birmingham en las semifinales, jugaron, bajo el mando de Helenio Herrera, Antoni Ramallets; Ferran Olivella, Joaquim Brugué, Joan Segarra; Vergés, Enric Gensana; Justo Tejada, Evaristo, Eulogio, Suárez y Estanislau Basora.

La primera Copa de Ferias, que, además de las seis citadas, también reunió las ciudades de Zagreb, Lausana, Leipzig y Frankfurt, dio paso a la segunda, en la que las presiones para que adoptara carácter de clubes, como la exitosa y lucrativa Copa de Europa, se tradujeron en que ya solo seis de los 16 conjuntos compitieron como selección, aunque todos debían continuar siendo representativos de ciudades con ferias internacionales. También se suprimió la fase de grupos y se empezó a jugar con eliminatorias a doble partido para agilizar su disputa y reducir su duración. El torneo se completó en dos cursos, entre el 58-59 y el 59-60, y el título acabó de nuevo en las vitrinas del cuadro culé, que, ya como Barça y con su equipación azulgrana, se impuso al Birmingham tras empatar a cero en Inglaterra y ganar por 4-1 en el Camp Nou, con un doblete de Zoltán Czibor y dos goles de Eulogio y Lluís Coll. Entre un partido y el otro, el conjunto culé fue eliminado en semifinales de la Copa de Europa por el Madrid, que caminaba decidido hacia su quinto título. El Barça se vengaría el curso siguiente, pero acabaría cayendo ante el Benfica en la dramática final de Berna y de aquellos palos cuadrados que aún atormentan a toda una generación.

La Copa de Ferias terminó de asentarse e institucionalizarse con el inicio de la temporada 60-61. Se decidió que se jugara en un único curso, de forma paralela a la Copa de Europa y a la recién creada Recopa. A principios de los 60 también se adoptó que los equipos no pudieran participar a la vez en la Copa de Ferias y la Copa de Europa, com había sucedido con el Barça. Con el tiempo, a medida que iba ganando magnitud y prestigio, el torneo también fue flexibilizando sus condiciones de entrada, permitiendo la participación de equipos sin ferias internacionales de comercio y permitiendo más de un conjunto por ciudad. Por ejemplo, en la edición de 61-62 ya participaron el Barcelona y el Espanyol, el Inter y el Milan y el Hibernian y el Heart of Midlothian, y la de 62-63 fue la última con selecciones de ciudades y el campeonato pasó a ser exclusivamente de clubes, a la vez que el número de equipos iba aumentando: de 10 a 16, 28, 32 y 48, hasta los 64 de las tres últimas ediciones, casi el doble de la Copa de Europa, mucho más exclusiva y restringida.

 

La historia de la Copa de Ferias se escribió a medias entre el fútbol español, que ganó seis de los primeros ocho títulos, y el fútbol inglés, que conquistó los cuatro últimos

 

La Copa de Ferias pasó a acoger a los mejores clubes de cada liga, a excepción del campeón (Copa de Europa) y del ganador de la Copa (Recopa), y, en clave estatal, además de los citados Barça y el Espanyol, también vio pasar al Valencia, vencedor en 61-62, tras doblegar al propio Barça, y en 62-63, contra el Dinamo de Zagreb, el Zaragoza, campeón en 63-64, tras batir al Valencia, el Atlético de Madrid, el Athletic, el Sevilla, el Betis, Las Palmas y el Sabadell. El Madrid no participó nunca el torneo porque durante su existencia siempre se clasificó para la Copa de Europa, a excepción de la última temporada (69-70), en la que tras caer en octavos de final en el torneo continental y acabar sexto en la liga salvó el honor clasificándose para la Recopa tras ganar la Copa en el Camp Nou. “El prestigio de la Copa de Copa de Ferias quedaba lejísimos de la Copa de Europa, y por debajo de la Recopa. Para Bernabéu, rogar para ser admitido ahí era un desdoro. Escoger entre no jugar nada o rogar, con bastantes posibilidades de éxito, que le inscribieran en la Copa de Ferias era, para el madridista en general y para Bernabéu en particular, elegir entre la peste y la cólera, porque la Copa de Ferias, creada al tiempo que la Copa de Europa con ánimo de competir con ella, fue vista desde el Madrid con explícito desprecio. La copa de los pueblos, la llamó Bernabéu. Así que nació un debate morboso: ¿pedirá Bernabéu el ingreso por la puerta de atrás o renunciará a unas taquillas europeas? Muchos madridistas preferían honra sin barcos a barcos sin honra. Y tan solo había una escapatoria: la Copa, que podría abrir la salida digna de la Recopa”, rememoraba Relaño en El País, en un texto en el que recordaba un chiste que había encontrado entre las páginas del Dicen de aquellos tiempos: “un señor preguntaba a otro: ‘¿Será ya lo bastante aristocrática la Copa de Ferias para el señor Bernabéu?'”.

La historia de la Copa de Ferias se escribió, con todo, a medias entre el fútbol español, que ganó seis de los primeros ocho títulos, con el permiso de la Roma (60-61) y el Ferencvárosi húngaro, y el fútbol inglés, que conquistó los cuatro últimos, de la mano del Leeds (67-68 y 70-71), el Newcastle (68-69) y el Arsenal (69-70). Entre una hegemonía y la otra, el Dinamo de Zagreb se coronó campeón en 1967 tras imponerse al propio Leeds United en la final. En el palmarés, el líder es el Barcelona, que en el árido desierto que fueron los 60 encontró un pequeño, e insuficiente, oasis en la Copa de Ferias y en la Copa del Generalísimo, con los títulos de 1963 y 1968. El tercer y último título de la Copa de Ferias llegó en la temporada 65-66, tras cruzarse con el Zaragoza en la final. El 0-1 de la ida, obra de Canário (Dary Silveira dos Santos) y los precedentes entre ambos conjuntos –el Zaragoza había eliminado al Barça de la Copa del Generalísimo en los cursos 63-64, 64-65 y 65-66, siendo vencedor en 1964 y 1966– otorgaban todo el favoritismo al conjunto maño de cara al encuentro de vuelta, disputado el 21 de septiembre en La Romareda, ya al inicio de la siguiente campaña, pero el Barcelona se rebeló amparándose en la figura del joven Lluís Pujol.

Pujolet avanzó al equipo del argentino roque Olsen en el minuto 3, a pase de Peru Zaballa, en una jugada iniciada por José Antonio Zaldúa, pero Marcelino Martínez Cao volvió a poner las tablas antes de la media hora. El 1-2 llegó en el 70′, obra de Zaballa a pase de Pujolet, y el 1-3, en el 85′, obra del propio Pujolet, tras un pase de Gallego. Con el 3-1, “muchos abandonaban el recinto deportivo. Unos tristes, compungidos. Otros, alegres, entonando el alirón. Pero el fútbol dejaría de ser lo que es si en esos momentos no se hubiera dado lo que ya posiblemente pocos confiaban. El Zaragoza, en un terrible zapatazo de fiera herida, marcaba el gol que dejaba la eliminatoria en empate. Fue este instante al minuto escaso de que el Barcelona consiguiera el gol tercero”, narraba Juan Narabona en su crónica en Mundo Deportivo, cantada por teléfono desde Zaragoza.

El encuentro viajó a la prórroga, ya que por aquel entonces los goles a domicilio, como hoy, no tenían valor doble. “Iban a consumirse los últimos minutos de una final épica en medio de una gran emoción. Y Pujol –¡siempre Pujol!–, el hombre de la noche, en el mismísimo segundo último de la prórroga, colocaba de nuevo el balón en las redes de Yarza, coincidiendo el gol con el pitido final. Y así, con un broche altamente emotivo, casi dramático, terminaba una final de la Copa Ciudades en Feria que hará historia. Fue un muchacho de Castellbel y Vilar, un pueblo escondido tras las faldas de Montserrat, un jugador de la cantera, quien asombró propios y extraños en una noche de suma inspiración. Su sensacional exhibición debe tener el debido reflejo en las páginas de los periódicos y en los comentarios de la afición y ser valorada en el ánimo de los técnicos azulgrana. ¿Os imagináis lo que se diría y lo que se escribiría si esa actuación la hubiera tenido un jugador de importación?”, afirmaba Narbona en su texto, titulado Suspense, emoción y victoria azulgrana, entre antiguos anuncios de Chester Gin, anís y ron Pujol y calzado para caballero Arga que ilustran el tiempo transcurrido.

 


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Fotografía de portada: Archivo FCB.