Recuerdo cómo resoplábamos, cómo cabeceábamos, cuando en el patio del colegio, tras una de aquellas derrotas contra los mayores, nos repetían por enésima vez aquello de que lo más importante es participar para intentar templar los ánimos. Aquel lo más importante es participar, vacío, vacuo, se repetía como una condena; siendo poco más que el consuelo de los perdedores, las migajas para unos eternos segundones a quienes aquella alegría casi divina, inigualablemente pura, bella, que, según creíamos, debía generar la victoria balompédica se nos resistía una mañana tras otra; desde primero de primaria hasta quinto. Tenían razón, en definitiva. Lo comprobamos ahora que constatamos que no volveremos a ser jóvenes, ahora que vemos que la vida va en serio, como lamentaba Jaime Gil de Biedma en unos de sus versos más bellos: lo más importante, efectivamente, era, es, será, participar, disfrutar, gozar, del bello juego que es el balompié. Porque el fútbol es un deporte, no una guerra; como afirmaba Peru Zaballa, el protagonista de esta historia.

“El balompié español ha conocido, sin duda, mejores jugadores que el cántabro Peru Zaballa; más técnicos, más goleadores e incluso más rápidos que él. Pero muy pocos han dado su nombre a un trofeo, años después de retirados de la práctica deportiva. Y el que honra la memoria de Zaballa no es uno cualquiera, sino el que premia la conducta más noble y caballerosa en plena lid, eso que los ingleses denominaron un día fair play, y que tanto escasea en las canchas hoy en día; seguramente a causa de la excesiva mercantilización de lo que empezó siendo solo un juego para transformarse, más tarde, en un deporte, más tarde, en una profesión, y finalmente en el espectáculo mediático por antonomasia que es en nuestros días. En 1969 Peru Zaballa protagonizó una acción que no propició goles, puntos ni títulos para su club, el Centre d’Esports Sabadell, pero que a él le inmortalizó para siempre”, arranca el maravilloso e imprescindible reportaje que Fernando Cuesta Fernández publicó hace ya unos años en los Cuadernos de fútbol del Centro de Investigaciones de Historia y Estadística del Fútbol Español (CIHEFE); recorriendo la vida de un Peru Zaballa (Castro Urdiales, Cantabria; 29.09.1938) que en su adolescencia compaginaba el fútbol, en el que empezó a adentrarse de la mano del Avenida y el Castro FC, con el atletismo; “consiguiendo varios títulos de campeón provincial en salto de altura, longitud, 100 y 400 metros lisos, además de haber sido, con anterioridad, campeón de España de cadetes del Frente de Juventudes y subcampeón juvenil en salto de altura”, recordaba Cuesta en el citado artículo.

Después de vestir las camisetas de la Gimnástica de Torrelavega (56-57) y del Rayo Cantabria (57-58), el prometedor jugador castreño recaló en el Racing de Santander; con el que disputó casi una sesentena de encuentros antes de poner rumbo hacia el Camp Nou (1961) para vivir, para disfrutar, los mejores años de toda su carrera. “Para cubrir las bajas de Justo Tejada y Lluís Coll en el extremo derecho el Barça se trajo el húngaro Tibor Szalay y el burgalés Chus Pereda, del Sevilla, y también a Zaballa, del Racing, aunque este había jugado muy poco en el curso anterior, tan solo cinco partidos, ya que se hallaba haciendo el servicio militar en la lejana Sidi Ifni, una posesión española del África Occidental que le sería entregada a Marruecos en 1969”, apuntaba Cuesta. Zaballa, a quien el mencionado Pereda definía como un extremo derecho rápido, con un gran uno contra uno, que centraba bien y que, además, era muy trabajador, anotó más de una cincuentena de goles en los 200 encuentros que disputó con la camiseta del Barça, con el que alzó una Copa (1962-63) y una Copa de Ferias (1965-66); celebrando, además, en un partido contra el Valencia en el Camp Nou, el tanto número 2.000 del conjunto culé en la competición regular. Las grandes actuaciones que encadenó en la temporada 1963-64, la más brillante de toda su vida futbolística, le permitieron, además, llegar a debutar con la selección absoluta, firmando un decisivo doblete en su primer  y único partido como internacional, frente a la República de Irlanda, en el Dalymount Park de Dublín (0-2), y formando parte del equipo español que hizo historia al alzar al cielo de Madrid el título de la Eurocopa del 1964; aunque Zaballa, a la sombra del madridista Amancio Amaro, no jugó ni ante Hungría ni ante la URSS.

Finalizada su relación contractual con el Barcelona (1967), el atacante castreño cambió el azulgrana ‘culé’ por el blanquiazul ‘arlequinat’ de un Centre d’Esports Sabadell que por aquel entonces disfrutaba, feliz, de su condición de equipo humilde de la máxima categoría del balompié español. Después de ser una pieza clave en los esquemas de Bernardino Pérez, ‘Pasieguito’, en la primera y en la segunda temporada, en la que el conjunto de la Nova Creu Alta celebró un cuarto puesto que sigue siendo su mejor resultado de su historia en Primera División y que, además, le dio un billete para emprender su única aventura en la Copa de Ferias, erigiéndose Zaballa en el autor del primer gol del club ‘arlequinat’ en un torneo internacional; su participación fue menguando en el que sería su tercer y último año en Sabadell; aunque Pasieguito sí que confió en su experiencia para el duelo contra el Madrid, en el Santiago Bernabéu, del día 2 de noviembre del 1969; del día en el que Peru Zaballa pasaría a la historia del fútbol. “Se jugaba la jornada número 8, y un Sabadell al que tras un buen arranque ya empezaban a faltarle puntos visitaba el Real Madrid. El marcador señalaba aún el 0-0 inicial cuando, en el minuto 13 del segundo acto, los ‘arlequinados’ van a botar una falta sobre el marco madridista”, rememoraba Cuesta en Cuadernos de Fútbol.

“Lo mejor del partido, lo que más se aplaudió, fue el bello gesto deportivo de Zaballa; que, a los 13 minutos de la segunda mitad, con Andrés Junquera, el portero local, lesionado y la meta del Madrid vacía de defensores, echó fuera el balón para que el arquero fuera atendido; cuando el podría haber bombeado la pelota con peligro cierto de gol. Fue un gesto como hace tiempo no se ve en el fútbol porque no es simplemente que Zaballa enviase la pelota fuera para atender a un adversario; es que podía haber hecho gol o por lo menos enviar el balón hacia la puerta con enorme peligro. Y, además, Zaballa no dudó ni un momento en su acción: quedó libre y suelto, en posesión de la pelota: a unos metros se abría el portal madridista y delante de él, en el suelo, estaba el meta del Madrid, Junquera, aturdido, y sin valerse. Zaballa, sin tan siquiera parar la pelota, la envió fuera en una acción rápida y sin ni un momento de duda. Fue lo mejor del encuentro. El público en pleno, puesto en pie, ovacionó largamente a Zaballa, y volvió a ovacionarle cuando poco después jugó la pelota. Al final, el público repitió sus muestras de afecto hacia el vallesano por su hermosa decisión”, se podía leer en la página 6 de la edición del Mundo Deportivo del lunes 3 de noviembre; en la crónica de un duelo que no se decantó hasta que, en el minuto 89, el ceutí Pirri le dio el triunfo al cuadro de Miguel Muñoz firmando el 1-0 definitivo.

Pero el gran ganador de aquel encuentro fue un Peru Zaballa que, rechazando aprovechar el fuerte choque entre Junquera, el zaguero local Francisco Espíldora, que tuvieron que ser retirados del terreno de juego en camilla y sustituidos por el canario Antonio Betancort y el gallego Fernando Zunzunegui, respectivamente, y el punta visitante Josep Palau, para marcar se erigió en el principal protagonista del fin de semana, dejando, para el recuerdo, un acto tan inusual, tan insólito, como admirable, bello. “Era gol o gol. Pero Zaballa, con la portería vacía ante él y los caídos fuera de su línea de tiro, prefirió echarlo fuera, por la banda. Era un tipo modesto. Su hijo Peru me comentaba ayer la sencillez con la que su padre se refería siempre a aquello: ‘Decía que le salió así, sin pensar. Era reacio a cualquier halago’”, remarcaba en El País un Alfredo Relaño que también recogió la historia en el imperdible 366 historias del fútbol mundial que deberías saber. “Rosón, el presidente del Sabadell, dijo tras el partido que no sabía si debía multar o felicitar a su jugador por lo que hizo. En realidad le felicitó. El gesto trascendió fuera de España. Y le valió, a propuesta de la FIFA, el premio Fair Play de la UNESCO. Su temperamento humilde le hizo sentirse algo incómodo en la ceremonia, en París. Nunca le gustó presumir de ese gesto”, destacaba Relaño.

 

“Lo mejor del encuentro, lo que más se aplaudió, fue el bello gesto deportivo de Zaballa. Fue un gesto como hace tiempo que no se ve en el fútbol”, destacaba la crónica de Mundo Deportivo

 

Después de una última discreta temporada vistiendo la camiseta del Oviedo (1970-71), con el que jugó siete partidos en la categoría de plata de nuestro fútbol, Zaballa colgó las botas poco antes de cumplir 33 años; dedicándose, a partir de entonces, a regentar diversos negocios de confección hasta que una enfermedad se lo llevó el 4 de junio del 1997, dejando esposa y cuatro hijos; apunta Cuesta en los Cuadernos de fútbol de CIHEFE. Dos décadas después, nos queda, con todo, su recuerdo. Su ejemplo; el de un jugador, de un hombre, noble y honesto al que no deberíamos olvidar, al que un pequeño gran gesto convirtió en inmortal. Y nos quedan, sobre todo, el tesoro que en el contexto de este fútbol tan bélico, con tantas finales a vida o muerte, tan egoísta e individualista, son las dos frases que pronunció aquel 2 de noviembre del 1969, justo después de aquel partido contra el Real Madrid: “Pensé en que dos compañeros de profesión requerían asistencia sanitaria; y en que eso estaba antes que marcar. El fútbol es un deporte. No una guerra”.