A falta de una jornada, el Madrid lideraba la Liga 82-83 con 49 puntos, uno más que el Athletic, segundo. En la última fecha, el 1 de mayo, el Madrid apenas necesitaba un punto en Valencia para ser campeón. El Athletic necesitaba ganar en Las Palmas y rezar para que el Madrid perdiera. “Para más dramatismo, los dos rivales de los aspirantes se jugaban el descenso en esa misma última jornada. Los dos partidos fueron simultáneos, en una de esas tardes de calor preveraniego”, escribió Alfredo Relaño, en As. El Valencia era colista con 23 puntos, a uno de Osasuna y la permanencia, y Las Palmas era 14º con 25 puntos, uno más que el Celta de Vigo, ya en zona de descenso. [Miguel] De Andrés marcó en propia puerta para ratificar el espíritu unamuniano del sentimiento trágico de la vida”, narró Eduardo Rodrigálvarez en Un soviético en la Catedral, pero la tarde pronto se enderezó para los bilbaínos: el Athletic, espoleado por 5.000 hinchas, remontó con goles de Miguel Sarabia, Dani Ruiz-Bazán, Sarabia, Estanis Argote y Ismael Urtubi. Y el Madrid cayó en Mestalla (1-0, con gol de Miguel Tendillo para salvar al Valencia a costa de Las Palmas, Celta de Vigo y Racing de Santander) y el trofeo viajó hacia Bilbao. “Como luego ganaron 1-5, Miguel dijo que lo había hecho para picar a sus compañeros”, añadía Rodrigálvarez.

27 años después, el Athletic volvió a ser campeón de Liga. Era su séptimo título, tras los de 1930, 1931, 1934, 1936, 1943 y 1956. “Fue un equipo sólido, sin demasiado encanto en los partidos fuera de casa, pero sin fisuras. En casa hacía un fútbol más alegre y marcaba muchos goles“, subrayó Relaño. El Athletic de Javier Clemente fue el equipo más goleador con 71 dianas, con once más que el Barcelona, segundo en esta estadística. De los 71 tantos 35 llevaron la firma de Dani Ruiz-Bazán (18) y Miguel Sarabia (17), aunque el pichichi fue el bético Poli Rincón (20). El Athletic era un equipo de “futbolistas maravillosos que combinaban a la perfección el arte y la industria. Laborantes y creadores se dieron la mano hasta construir un equipo sorprendente”, en palabras de Rodrigálvarez. De nuevo según Un soviético en la Catedral: “Zubizarreta era el portero que gustaba en Bilbao: alto, fuerte, grande; Urkiaga era una mosca cajonera incansable; Goikoetxea y Liceranzu eran los centrales típicos y recios que no conocían la palabra miedo, De la Fuente era un fino estilista; Gallego tenía más técnica de la que parecía, más físico del que parecía, más fútbol del que parecía; De Andrés era el medio centro con el que todo entrenador sueña; Urtubi era el diez clásico, con una potencia solo equivalente a su humildad, Dani era Dani, el delantero perfecto; Argote era la reinvención de Txetxu Rojo, el que hacía bueno cualquier pase con su habilidad que lo mismo valía para acomodar una manzana que un melón. Y estaba Sarabia, un violín afinado. Alto y desgarbado, con gesto doliente, las piernas flacas pero fuertes, siempre imprevisible, gambeteador con tiralíneas, rematador con las dos piernas, cabeceador si llegaba el caso. Era un nueve falso y un nueve real, un medio punta, un extremo, un interior… todo aquello que pudiera ubicarse cuando se trata de hacer gol, que esa es la base del fútbol. Lo de evitarlo vino después”.

Pensando en cómo celebrar el título, el primero desde la Copa de 1973, diez años atrás, un directivo de la junta de Pedro Aurtenetxe, Fernando Ochoa según Relaño, Cecilio Gerrikagoitia según Rodrigálvarez, recordó de un verso de una vieja canción popular: Por el río Nervión bajaba una gabarra. La gabarra era “un bote dedicado al acarreo del hierro, un elemento indispensable para la riqueza del territorio desde el proceso de industrialización iniciado en Vizcaya a finales del siglo XIX”, según El Correo. “Antiguamente los futbolistas paseaban en Land Rover o en camión para mostrar las copas a la afición. Había que dar una vuelta al asunto y la gabarra se antojaba una idea interesante, aunque no original. En 1924 la gabarra ya bajó por la ría con los futbolistas del Acero, un club bilbaíno que ganó el Campeonato de España B”, contó Rodrigálvarez en su libro. “La gabarra además era otro de los símbolos del pasado minero de Bilbao. Y la ría de Bilbao, entonces sucia, a veces maloliente, siempre con aquel tono gris amarillento según fuera el color de la mierda que le hubiera caído encima, era el símbolo del Bilbao presente”, añadía. Fuera quien fuese su ideólogo, la idea gustó en San Mamés y el martes de 3 mayo los jugadores, con Clemente a la cabeza, subieron a la gabarra para surcar la ría. Arrastrados por el remolcador Amaya, iniciaron el camino a las 4 de la tarde a la altura del Puente Colgante, con destino al puente de San Antón, siete kilómetros más allá, “acompañados por la Sotera, la Bizkaitarra, Isuntza y el resto de traineras vizcaínas además de un sinfín de gasolinos, remolcadores, balandros y botes. Toda Vizcaya parecía estar allí: los monos azules de Altos Hornos teñían la margen izquierda, los trabajadores de los astilleros saludaban desde el Guadalupe Victoria II, los niños, que ese día tuvieron fiesta, hasta los universitarios, que declararon la huelga del alirón. Tres horas de trayecto que quedaron en la memoria de aficionados y jugadores para siempre”, retrató El Correo. Santiago Segurola escribió: “La hinchada se agolpó en los dos márgenes de la ría, abarrotó los puentes y saludó al equipo desde factorías, grúas y balcones”.

 

La gabarra sigue esperando un nuevo título, amarrada. Hace ya casi cuatro décadas que no surca la ría. A la espera de una nueva alegría, queda el recuerdo de aquellas dos tardes, del 3 de mayo de 1983 y el 7 de mayo de 1984

 

Las crónicas dicen que en los márgenes de la ría se reunió más de un millón de personas. Bilbao inundó Bilbao. Y se entregó a la alegría. Esos días escaseaban: “Los ochenta eran años difíciles. La reconversión industrial estaba dejando en cueros a Bizkaia, se sucedían las huelgas, los enfrentamientos de los trabajadores con la policía, el paro alcanzaba el 29% y no solo se cerraban fábricas, se apagaban chimeneas, sino que en Bizkaia imperaba la anomia social. Además ETA recrudecía su escalada de asesinatos con un ritmo frenético. En las dos temporadas que el Athletic sacó la gabarra, ETA había asesinado a 117 personas”, subrayó Rodrigálvarez en Un soviético en la Catedral. De la primera salida de la gabarra, la televisión dijo: “Es la mayor concentración humana que jamás haya conocido Bizkaia”. “Fueron más de tres horas de cánticos y saludos sin fin desde la gabarra, escoltada por las traineras vizcaínas y por una comitiva formada por decenas de barcos y cualquier otra cosa que pudiera flotar. Era un espectáculo inenarrable. En la orilla, en los balcones, en las grúas o en las embarcaciones, cualquier sitio era bueno para ondear una bandera rojiblanca”, apuntaba la crónica televisiva. La tela rojiblanca se había agotado en toda la ciudad el día antes. Y ese día cerraron los comercios y los colegios. Las calles estaban tan llenas que, tras visitar Begoña, el equipo tuvo que salir de la basílica por la sacristía, para poder proseguir su ruta hacia la plaza del Ayuntamiento.

Un año después, Bilbao volvió a la ría para saludar de nuevo la gabarra y para celebrar una victoria mayúscula. Y triple: el Athletic ganó la Liga, redondeando una legislatura vasca (dos títulos para la Real Sociedad, 80-81 y 81-82, y dos para el Athletic, 82-83 y 83-84) y también se proclamó campeón de la Copa del Rey, contra el último Barça de Maradona, y de la Supercopa, en este caso de forma automática por haber ganado la Liga y la Copa. Las imágenes del 3 de mayo de 1983 se repitieron el día 7 de mayo de 1984. “Nuevamente, toda Vizcaya, la oficina, la fábrica, la tienda, el hierro y el arado según dicen las crónicas, salió a agasajar a sus ídolos. La gabarra se unía así a la tradición de contar solo con jugadores de la casa, la ofrenda floral a Pichichi o el propio estadio de San Mamés. Una tradición que sólo cuenta con 25 años de vida, que solo se ha celebrado en dos ocasiones, pero que ha calado profundamente. En el Athletic, ganar un título se dice sacar la gabarra”, reivindicó El Correo hace unos años. “Sabía que era algo grandioso, pero no me imaginaba tanto”, admitiría Endika Guarrotxena años después. Él, el goleador de la final de Copa del 1984, no había subido a la gabarra en 1983 porque estaba haciendo el servicio militar: la mili le arrebató once meses de vida, un campeonato de liga y una tarde en gabarra.

La gabarra, símbolo de muchas cosas, singular motivo de orgullo de un singular club, no ha vuelto a navegar desde 1984, ya tan lejano. Porque el Athletic no ha vuelto a ganar ni la Liga, ni la Copa pese a disputar seis finales, ni ningún título de primer orden. Alzó la Supercopa de España en 2015 y 2021, pero la gabarra no salió porque se considera un título de menor importancia. Y hoy la gabarra sigue esperando un nuevo título, amarrada. Hace ya 38 años, justos, que no surca la ría. A la espera de una nueva alegría, queda el recuerdo de aquellas dos tardes, del 3 de mayo de 1983 y el 7 de mayo de 1984. Como aseguró el propio Guarrotxena en estas mismas líneas: “Era una época de crisis. Los altos hornos y las navieras estaban cerrando, y ver tantos trabajadores subidos a las grúas y tantísima gente con sus banderas del Athletic y sus ikurriñas al paso de la gabarra es inolvidable, irrepetible. Haber dado una alegría y un motivo para celebrar y para sonreír a tanta gente, sobre todo en aquel momento de reconversión industrial que fue tan duro y tan triste para mucha gente en Bilbao y en Bizkaia, es una satisfacción que te queda para siempre”.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de portada: athletic-club.eus