Hace unas pocas semanas hablaba con Marcel Beltran sobre la figura de Arshavin, ese pequeño genio ruso que se tomó el fútbol lo suficientemente en serio como para divertir al público y no pensar en mucho más. Al rato, tras terminar la conversación, me acordé de un futbolista de características similares y que quizá pudo aspirar a mayores metas: Alessandro Diamanti. Recuerdo una época, no muy lejana, en la que el jugador nacido en la Toscana me fascinaba. Solo sabía hacer golazos, era una cosa de locos. Además, lo maravilloso es que no jugaba en ninguno de los grandes clubes de Italia, eso alimentaba aún más sus gestas. Su eclosión coincidió también con la Cerci, otro de su escuela, el cual merecerá otras líneas más adelante.

Como todo lo bueno, la brillantez de Diamanti fue efímera. Durante sus años en el Bologna nos mostró un potencial y unos recursos que jamás volverían. Y no, no volvieron hasta la pasada campaña en el Livorno. En su Livorno. Fue tal su nivel que se convirtió un fijo para la selección italiana, como por ejemplo en la Eurocopa de 2012, donde perdieron la final ante España. Durante aquel torneo, Diamanti fue incrementando sus minutos; su gol en la tanda de penaltis ante Inglaterra dio el pase a su selección a las semifinales. Se convirtió en el jugador número 12 para Cesare Prandelli. Imagino a Diamanti diciendo a sus delanteros: “Hermano, tú corre tranquilo que el balón te va a llegar”. Dicho y hecho, el zurdo era puntual cual reloj suizo.

 

Habrá quien reproche a Diamanti que sus destellos de calidad fueran tan efímeros o que no los hubiera hecho en escudos de mayor relevancia, pero el zurdo transcenderá como un genio sin haber necesitado ni una cosa ni la otra

 

A sus 36 años, a Diamanti le pega estar tirado en la playa, mojito en mano, y haciendo diabluras, con esa zurda que Dios le dio, con un balón medio deshinchado. Pero no, al bueno de Alessandro parece que todavía le quedan algunas pilas por gastar. Acaba de firmar por el Western United de la A-League australiana, donde se encontrará con su excompañero, y también autor de grandes goles, Panagiotis Kone. “Ningún jugador de la Serie A golpea al balón mejor que yo”, afirmó hace poco en una entrevista a La Gazzetta dello Sport. Puede parecer una frase lapidaria y soberbia, pero a decir verdad, ¿quién golpea mejor el balón que Diamanti en el actual fútbol italiano? Al zurdo tan solo le divierte Dybala y señala que el resto de jugadores del Calcio son previsibles. 

Es aquí cuando nos hacemos la eterna pregunta que tantas veces nos hemos hecho con otros futbolistas similares: ¿estaba Diamanti para algo más? Posiblemente no. Todo es especular, ya que no ha estado en un gran club, pero es posible que su mejor versión jamás habría salido a la luz en un destino más ambicioso. Diamanti es de esos que brilla cuando quiere y donde quiere, y eso tiene su parte buena y mala. Su zurda y trayectoria representan el romanticismo futbolístico que muchos añoran, a sus 36 años pintando goles con el Livorno en la segunda división del fútbol italiano. ¿En cuántos equipos de la Serie A sería un futbolista útil? A simple vista me salen más de diez, pero el zurdo ya no está para esos trotes, ahora solo juega para él y para su hijo Taddeo, el cual juega en el Bologna y ha salido diestro “por culpa de su madre”.

“Muy pocos futbolistas juegan con el corazón, hay demasiados esquemas y poca pasión. El fútbol es de todos, pero los hinchas disfrutan más con la derrota del rival que por su propia victoria, algo tan típico en Italia”, señala. Habrá quien reproche a Diamanti que sus destellos de calidad fueran tan efímeros o que no los hubiera hecho en escudos de mayor relevancia, pero el zurdo transcenderá como un genio sin haber necesitado ni una cosa ni la otra. Para qué buscar los títulos si uno juega con el corazón sin importarle el cuándo ni el dónde.