La impronta de Daniel Levy en el mundo del fútbol no nació una típica matinal de domingo en la que un padre acompaña a su hijo a asistir por primera vez al estadio del equipo de la ciudad. Tampoco en los sombríos descampados de Essex, a las afueras de Londres, donde decenas de adolescentes se juntaban para pasar sus tiempos muertos pateando un balón. Su caso se aleja de la recordada máxima de Vázquez Montalbán que rezaba que la razón de ser del fútbol es “esa evocación a la infancia que tan lejos nos quedó”. El yacimiento de esta relación surge de un doctorado de Economía en Cambridge con Matrícula de Honor. Levy, amante del negocio y capaz de dar a entender la magnitud de su elegante poderío sólo con el perfecto rasurado de una calva, el mismo personaje que pretende demorar al máximo la venta de Gareth Bale al Real Madrid, se labró su nombre en el fútbol a partir de senderos lejanos a los más habituales. La pasión y la pureza del deporte único quedan al margen; la chequera y los intereses comerciales toman el protagonismo. Es el último de una estirpe de figuras disimuladas entre trajes oscuros y etiquetas de relumbrón que ya aparecen con la misma frecuencia en los tabloides deportivos que los propios futbolistas.

El mercado de fichajes estival es el terreno en el que mejor se maneja. Y todo bajo una táctica empresarial tan solvente como peculiar. Rigidez, tozudez y no doblar la mano hasta el último suspiro

Nacido en el seno de una familia de comerciantes judíos, el intachable currículum estudiantil de Levy fue la llave perfecta que le abrió las puertas de las altas esferas del sector empresarial británico. En poco tiempo, su virtud para las ganancias y su cuidadoso tráfico de influencias le convirtieron en el ojito derecho de Joseph Lewis, poseedor de la quinta mayor fortuna de Inglaterra y propietario de la corporación ENIC, dedicada a la inversión internacional en campos como el ocio, la comunicación o el deporte. El chico entró en la empresa y aprendió rápido a regular sus acciones para ir escalando puestos en ella. Todavía más cuando el grupo inversor se lanzó al sector de la compra de equipos de fútbol como aquel tipo que llega a un buffet y se marca como objetivo engullir todo lo que pueda. Vicenza, Slavia Praga, AEK de Atenas, Rangers… El número de escudos sobre los que la institución acumulaba acciones iba subiendo como la espuma. Aunque el momento cumbre estaba por llegar. En 2001, ENIC dio el salto a la Premier y se convirtió en el principal acreedor del Tottenham Hotspur. Y Levy, que ya había culminado su aprendizaje actuando como principal responsable de la empresa en su fondo de inversión en el fútbol escocés, fue el elegido para asentarse en la presidencia del club londinense y llevar a cabo un modelo de negocio para reconvertirlo en una nueva potencia del fútbol británico.

La gestión de Levy en los despachos de White Hart Lane siempre ha seguido una hoja de ruta bastante marcada: los grandes inversores se distinguen de los humildes emprendedores por no ceñirse al efecto a largo plazo. Al menos en el ámbito resultadístico. Algo así como creer que la paciencia es la excusa de los cobardes. Y, como acostumbra a suceder ante este tipo de ideólogos de gran zancada, los entrenadores fueron sus víctimas más atroces. En 2007, Martin Jol fue cesado unas semanas después de logar la mejor clasificación histórica del equipo en la Premier League: un quinto puesto que venía con billete para Europa. Una temporada más tarde, quien tuvo que hacer las maletas sin tiempo siquiera para haberse adaptado al ritmo de vida anglosajón fue Juande Ramos, que ese mismo año había levantado la Carling Cup. Y el siguiente en llegar, Harry Redknapp, que al menos sí pudo disponer de algo más de continuidad para encontrar la pose en el banquillo, tampoco le valió su buena actuación en la Champions League de 2012 para mantenerse en el cargo. Las estadísticas patentan que los ‘spurs’ son uno de los cuadros que mayor mejoría han experimentado en el último lustro, pero todo bajo un dibujo segmentado a trozos que equivalen a los ramalazos de ambición de su inconformista propietario.

Pero si en algo se distingue este graduado en Cambridge es en el manejo de los tiempos de negociación. Volvamos a los inicios de este artículo. Levy no contactó con el fútbol de la forma más rutinaria. Y su fama tampoco se entiende bajo los parámetros temporales a los que están acostumbrados los aficionados tradicionales. Para muchos, el balón se diluye en verano. Para otros cómo él, las jornadas calurosas son el momento de entrar en acción. El mercado de fichajes estival es el terreno en el que mejor se maneja. Y todo bajo una táctica empresarial tan solvente como peculiar. Rigidez, tozudez y no doblar la mano hasta el último suspiro. De éste modo, eternizó la marcha de algunos de sus jugadores como Sol Campbell, Kevin Prince Boateng, Robbie Keane o Dimitar Berbatov e, impacientando a los compradores, consiguió inflar el precio final de la operación. No parece que exista directivo mejor que él para maniatar y sacar tajada de los baños de nervios que sufren los presidentes de clubs ajenos para firmar la contratación de nombres que reactiven las cuentas corrientes de sus abonados.

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MÁS QUE UNA SIMPLE NEGOCIACIÓN

Uno de los grandes traumas del hombre de éxito capitalista es tener que aceptar que existen otros más capaces que él. Algo similar le ha pasado a Levy con Florentino Pérez, con el que se ha especializado en las últimas temporadas a batirse en algo más que simples negociaciones entre clubes. El presidente blanco tiene la capacidad de irritar con guante blanco. Al final, más allá de gestiones inquebrantables o cálculos efectivos, quién se lleva el gato al agua siempre es el que tiene el bolsillo más lleno. Y ahí el presidente del Real Madrid parece seguir estando un paso por delante de sus competidores. Otra explicación plausible a la especial obsesión que tiene el economista ‘spur’ con el equipo blanco surgió hace algunos años, con un tulipán (y entonces suplente de lujo) como protagonista. El Madrid se resistió a vender a Van der Vaart al Tottenham hasta que los ingleses no superaron los diez miliones en su oferta. Y eso acabó sucediendo pocas horas antes de que se cerrase el mercado. Levy posó con su nueva incorporación con los dos dedos de la mano levantados. Pero ese signo ese día no evocaba la ‘V’ de victoria; era un claro mensaje hacia la capital española. La vendetta tarde o temprano se cobraría. No iba a perdonar jamás que alguien le hubiese hecho pagar con su misma moneda.

La ocasión para desquitarse no tardaría demasiado en llegar, y todavía hoy Levy juega con las secuelas de ese envite. Hace dos veranos, el Madrid decidió lanzarse a por Luka Modric, mediocentro croata tan genial como irregular y jugador franquicia del conjunto ‘spur’. Levy ya había conseguido unos cursos antes mantener el pulso hasta el final con el Chelsea, que tuvo que conformarse con acabar renunciando al jugador. Ante el ‘todopoderoso’ Florentino Pérez, la machada de volver a resistir se antojaba imposible, aunque la entidad londinense pudo al menos darse el gusto de marear durante todo el verano a la parroquia madridista y acabar vendiendo al futbolista balcánico a precio de estrella. Con Gareth Bale, muchos ya prevén un desenlace similar, con la única diferencia de que el galés está tasado con unos cuantos ceros de más a la derecha. Se especula con un permiso de marcha cercano a los 120 millones. Cuesta creer que éste vaya a ser su precio definitivo, aunque una vez más pasan los días, el madridismo se desespera y Levy y su ecuación parece que vuelven a salirse con la suya.

Los casos de Modric y Bale mantiene otro punto en común; en ambos casos, los jugadores se revelaron para forzar su marcha ante la rígida postura de su presidente. Pero a Levy esto no parece importarle demasiado. Su concepción del fútbol, recuerden, no entiende ni de romanticismo ni de gestos paternales. Él ya se conforma si mantiene a su institución con plusvalía en sus arcas y un nivel competitivo que, por el momento, no ha disminuido.