Cada uno debería tener derecho a elegir su final. En 1960, el pelotón de fusilamiento estaba a punto de hacer efectiva la condena a muerte de James W. Rodger, autor del asesinato de un minero en el estado de Utah. Cuando se le confirió al criminal la posibilidad de expresar un último deseo, este contestó: “un chaleco antibalas”.

Hay que mantener el estilo hasta la hora del desenlace. “Después de todo, la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida”, advertía Benedetti. Y por eso, cuando esta llega, es necesario estar a la altura de lo que uno fue. Edgar Davids también fue selectivo al escoger de qué forma quería que se acabase su carrera en los terrenos de juego. Se retiró en Inglaterra. Y, gran canalla, por supuesto, lo hizo a su manera.

“It was a crazy time”, resumen entre risas los aficionados del Barnet al recordar aquella época. Davids llegó al modesto club londinense en 2012 en calidad de jugador-entrenador para ayudar a corregir el rumbo de un conjunto que veía peligrar su permanencia en la League Two. Ya muy veterano (gastaba 39 primaveras) y plenamente consolidada la fama bipolar que arrastraba su figura, durante muchos años atrapada entre el bien y el mal, elogiada por su entrega y tenacidad, pero censurada por su mal genio, ingobernable en demasiadas ocasiones, el centrocampista se introdujo en el equipo ofreciendo su versión más amable. Prueba de ello es que aunque el Barnet acabó descendiendo en la última jornada, todo el mundo se felicitó por la humildad de un Davids que había currado como el que más para salvar a la entidad.

Pero pronto cambiarían las cosas. Con el inicio del nuevo curso en la National League, la quinta división del fútbol inglés, el holandés se autoproclamó capitán del conjunto y anunció que portaría el número uno en la camiseta. ¡El número uno! La jugada cogió a todos por sorpresa. Nadie sabía cómo interpretarla. Aunque el protagonista justificara que era una forma de atraer la presión y liberar al resto de la plantilla, algunos empezaron a sospechar que a ese Davids cálido y modélico de la primera temporada se le estaba cayendo el disfraz al suelo. La prueba que les dio la razón a los segundos no se hizo esperar. De los ocho encuentros que disputó esa campaña, de septiembre a diciembre, acabó expulsado en tres.

Para siempre constará que el último encuentro que Edgar Davids -campeón de Holanda, de Italia y de Europa- disputó como futbolista profesional tuvo lugar en Salisbury. ¿Cuánta gente lo presenció? 1.343 espectadores. ¿Y qué pasó ese día? Doble amarilla y a la calle.

No hay más preguntas, señoría.