Nos importa tanto un gol que a veces olvidamos que luego hay que celebrarlo. Para eso también hay que concentrarse. De la misma manera que a un futbolista se le pide calidad para acolchar un balón caído de las nubes o para rematar de primeras, ahora se le reclama que, en el caso de que ese cuero acabe en la red, sea capaz de ofrecer un festejo a la altura de las circunstancias. No nos vale con cualquier cosa. Alzamiento de sillas, máscaras de superhéroes, volteretas áreas, bolas de dragón. Pedimos originalidad. Nos ponemos exquisitos. Como esos chefs que, después de varias horas de elaboración, son capaces de tirar unas costillas de cerdo marinadas por la ventana simplemente porque el emplatado no era el adecuado.

El gol es relato y el relato hay que cuidarlo. Para eso está la celebración, para engrasarlo y que fluya con sentido. Para conseguir que sea algo más que un dígito en el marcador. Todos los goles que marcó Messi en el Bernabéu parecían de plástico cuando una tarde metió otro y acto seguido se quitó la camiseta para enseñársela al público rival. De repente, el tanto pesaba el doble. El fútbol como dispensador de postales. Recordé inmediatamente aquella anécdota de Ricardo Piglia, que cuando era niño se sentaba en el banco que había enfrente de la estación de tren de Adrogué y abría un libro para hacer como que leía ante los pasajeros; tanto estiró la farsa que acabó enganchándose de verdad a la literatura. Para ser escritor, primero hay que parecerlo. En eso consiste la escenificación.

Del delantero moderno se espera que sea fino con los pies, que sepa asociarse con sus compañeros, que caiga a banda y ahora también que tenga un gag de los Monty Python preparado para cuando mande la pelota para dentro. Ponerse una peluca, besar la cámara, lanzar confeti, taparse los oídos con los dedos. Se aceptan innovaciones, se aplaude el atrevimiento. Gestos extravagantes para fijar recuerdos únicos. A este ritmo, pronto llegará el día en el que recuperemos el debate de la norma del valor doble de los goles, no ya para beneficiar al visitante, sino para premiar a los que mejor los celebren.

 

Del delantero moderno se espera que sea fino con los pies, que sepa asociarse con sus compañeros, que caiga a banda y ahora también que tenga un gag de los Monty Python preparado para cuando mande la pelota para dentro

 

Tanto se empeñan los goleadores en tener flow que cuando uno se sale del camino, y únicamente levanta el puño, inmediatamente pensamos que cómo se le ocurre. Un vacío insólito. Un salto al pasado. Nos frotamos los ojos, como si estuviéramos viendo en blanco y negro.

Si hay un futbolista que logra desconcertarnos por su anacronismo, ese es Thomas Müller. Todos tenemos un amigo que no baila en la discoteca. No se apellidó Müller de milagro. En una ocasión, Roger Xuriach puso palabras a lo que ocurría después de sus dianas. Le bastó una línea. “Nada de carreras histéricas: un grito al cielo, los dos brazos en alto y ya”. Esa desnudez es Müller. Ese páramo. Ese reloj parado. Algo feo que, a su manera, también es bello.

Se podría escribir un ensayo, y un doctorado entero, sobre la cuestión de las celebraciones. Cuáles preferimos. Cuándo son pertinentes. Por qué algunas las mitificamos. Por qué otras preferiríamos no haberlas visto. ¿Es mejor un baile, una patada al banderín o volver trotando a tu campo con la mirada rota de un asesino a sueldo? No acabaríamos. Después de todo, tampoco se puede decir que nos pertenezcan. Solo quien marca un gol tiene derecho a decidir cómo lo celebra. Es justo: no hay nada más difícil de conseguir en un terreno de juego. Martin Amis, que escribe a mano y luego se pega la paliza de volver a teclear los textos, tiene claro que esa clase de esfuerzos deberían conllevar una recompensa: “Cada vez que termino una novela pienso que, independientemente de si me merezco un premio o no por haber escrito un libro, ciertamente me lo merezco por haberlo pasado a máquina”.

 


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Fotografía de Imago.