Hay algunos futbolistas que trascienden su profesión y se convierten en algo más, como si siempre hubiesen vivido en la puerta de al lado y saludasen con una sonrisa al entrar y salir del ascensor. Carisma, suele llamarse, y pocos mejor que un rumano de aspecto juvenil para confirmarlo.

Cuando Gica Craioveanu llegó a la Liga en 1995 ya había sido campeón y Pichichi con el Universitatea Craiova, pero en España solo los ‘parabólicos’ habían oído hablar de él. No importó: en cuanto aterrizó en la Real Sociedad demostró su capacidad para marcar goles y al mismo tiempo, conectar con la gente. Fue en aquella primera temporada cuando marcó su único hat-trick en la Liga, pero no se quedó con el balón. Se lo regaló a un joven que ese día había marcado su primer gol en Primera, quizá intuyendo que no iba a marcar muchos más. Así fue: a Unai Emery le fue mucho mejor como entrenador que como jugador.

Gica estuvo un par de años más en Anoeta junto a De Pedro, Karpin, Kovacevic y compañía, y en 1998 decidió alistarse en la aventura de un Villarreal que acababa de llegar a Primera. Marcó el primer gol del ‘Submarino’ en la elite y fue también él quien protagonizó la primera victoria del equipo ante un grande (dos goles en el 1-3 del Camp Nou), aunque el Villarreal pagó la novatada y acabó descendiendo. Gica se quedó hasta 2002, cuando tuvo que elegir entre volver a su país (le quería el Rapid de Bucarest) o aceptar una propuesta del Getafe, en Segunda. Ya irremediablemente enamorado de España (había organizado incluso una tamborrada donostiarra en Castellón), decidió quedarse. Tenía 34 años.

A los 36 disfrutó como un infantil de otro momento histórico, el desembarco del Getafe en Primera. Amenazó con retirarse en un par de ocasiones, pero el cariño de la gente le obligó a seguir hasta que en 2006 colgó las botas. Poco después, las calles aparecieron inundadas con su foto, junto a un lema. ‘Quiero devolver a Getafe todo el cariño que me ha dado’, rezaba el cartel electoral del candidato Craioveanu, que apuntaba a concejal de Deportes por el PP. No lo logró, así que se centró en otra de sus vertientes, la de comentarista.

Ahí sigue, en Onda Cero. “No lo dejaré nunca porque esta gente es mi familia”, confiesa. Irónico y atrevido, en su catálogo como analista caben todos los colores e incluso los sabores (en una misma tarde puede ser ácido, amargo, dulce y, por supuesto, ‘salao’), como en Donde Siempre, el restaurante que abrió hace un año junto a su excompañero Riki y que va viento en popa. “Pues sí, viene gente”, dice. Qué sería de Gica sin la gente…


Este artículo está extraído del interior del #Panenka81, un número que todavía puedes conseguir aquí.