Saber bailar. Qué tema. Por un tiempo confiaste en la meritocracia. Te apuntaste a bachata. Saliste un sábado y, amarrado a un vaso vacío, probaste. Sabías la teoría: paso lateral con el pie izquierdo, paso lateral con el pie derecho, paso lateral con el pie izquierdo, paso lateral con el pie derecho, golpe de cadera y hacia el otro lado. Sonó Romeo Santos, si te invito a una copa y me acerco a tu boca, era tu oportunidad, si te robo un besito a ver te enojas conmigo, te soltaste, qué dirías si esta noche te seduzco en mi coche, empezaste a creértelo, que se empañen los vidrios y la regla es que goces, lo intentaste de verdad. Pero nada. Menos elasticidad que Crouch, menos movilidad que Diarra, menos carisma que Koikili. Talento, duende, gracia. Yo qué sé. Pero algunos lo tienen y tú no. No te queda bien la gorra de lado. Ni el bigote. Ni los tatuajes. Y es lo que hay.

El dato táctico más importante sobre Camavinga: sabe bailar. Lo demostró en las celebraciones en el vestuario. El flow, después del pase y el disparo, es la mejor aptitud que puede tener un jugador. Porque después del flow viene lo más importante: ser consciente de que tienes flow. El francés es un jugador dicharachero, isotónico. En las botas parece tener DRS. Ancelotti lo ve en el banquillo y siente lo mismo que tú cuando te encuentras 50 euros en la chaqueta. Meterlo en el campo es meter Mentos en una Coca-cola. Si se agita, se lía. Es pura efervescencia, una Couldina. Cuando recupera y corre hacia la portería contraria, se transforma en una lavadora que centrifuga. Si todos están reventados, Camavinga da oxígeno al campo, como el colega que reparte agua a sus amigos borrachos.

El ex del Rennes ha conseguido ser importante pese a tener por delante a Casemiro, Kroos y Modric. De suplente casi olvidado a revolucionario. Su progresión es un insulto cuando le miras el DNI y ves los 19 años, una edad en la que tu mayor evolución fue pasar del Malibú al ron. El Madrid disputará este sábado la final de la Champions y es gracias a Benzema, Courtois y Modric, claro, pero también gracias a Camavinga, que fue clave en las remontadas ante PSG, Chelsea y Manchester City. Entró al campo con dos bidones de gasolina: uno se lo bebió y el otro lo usó para encender antorchas.

 

Hay pocas dudas de que será suplente contra el Liverpool, pero por su trayectoria se ha ganado que haya pocas dudas para pensar que será decisivo

 

Camavinga flota sobre el campo, como si le hubieran hechizado con el Wingardium Leviosa. Sonríe y despeja el cielo. Pasa un poco de todo, que es la mejor forma de darle importancia. Da la sensación de que no se toma la vida muy en serio, como aquella frase memorable que escribió Pedro Mairal: “Si no puedes con la vida, probá con la vidita”. El centrocampista es el rey de la vidita, capaz de improvisar, de no agobiarse. La vida fluye y Camavinga fluye con ella.

Hay pocas dudas de que será suplente contra el Liverpool, pero por su trayectoria se ha ganado que haya pocas dudas para pensar que será decisivo. Si en algún momento se enciende la luz de la discoteca, si los madridistas están tímidos y acodados en la barra, si suena Manolo García, una señal de que la fiesta se está acabando, Ancelotti le dirá a Camavinga eso de sal a bailar, que tú lo haces fenomenal.

 


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Fotografía de Imago.