Camino de Olot a Girona, jamás dejará de desnudarme e impactarme que lo primero con lo que te topas al pasar por Les Planes d’Hostoles, justo después de una larga curva hacia la izquierda, es su cementerio. Aparece de la nada. Y de repente, como una dura e inesperada descarga de realidad, cual taser, cual puñetazo en la barriga; igual que apareció este sábado la dolorosa noticia de la defunción del exjugador gerundense Francesc Arnau, nacido y criado en el propio municipio de Les Planes d’Hostoles y fallecido el pasado sábado a los 46 años de edad.

Siempre que paso por delante de ese cementerio, pienso en lo enormes que parecen los parkings de los cementerios cuando pasas de largo y lo pequeños que son cuando tienes que parar, y, sobre todo, pienso en qué deberíamos normalizar mucho más la muerte, y tratar de verla y vivirla como un elemento más de la vida, que no debería ser un tema tan tabú y todas esas cosas con las que tratamos de autoconvencernos y que se derrumban como un castillo de naipes y pierden todo sentido cuando llega una noticia así.

Hace unas semanas Jose Martínez, ex del Girona, reivindicaba en estas líneas que, pese a los años, lo bueno es continuar sintiendo los nervios previos al partido, que el día que dejas de notarlos quizá has dejado de ser futbolista, y algo parecido pasa con la muerte, que duele y dolerá siempre mientras seamos personas, humanos; y, también sospecho, porque  en esencia somos seres egoístas que notan que les roban felicidad y tranquilidad con la muerte de quienes conforman su entorno y su universo. Algunos alzan las cejas cuando repetimos que el fútbol es mucho más que un simple deporte, que es algo que va mucho más allá del césped, y alzan la voz diciendo que exageramos, pero en el adiós de Arnau tienen una oportunidad para entenderlo: el fútbol nos conecta, nos une, hasta el punto de hacernos sentir como propia gente ajena y lejana, hasta el punto de convertir a Francesc Arnau, y a tantos otros jugadores, en parte de nuestra vida, de nuestro ecosistema, en un tío lejano con el que tenemos vivencias comunes. El fútbol edifica una patria común, un país.

 

No recuerdo ninguna parada suya, apenas esa bonita camiseta Umbro negra, pero guardo sus cromos como un tesoro. “Antepone la eficacia a la espectacularidad”, decía el de la temporada 2003-04

 

Se ha escrito mucho, y muy bien, sobre el arquero catalán en las últimas horas; empezando por el debut contra el Atlético de Madrid, con el ’28’ en su equipación Kappa, o esa salvaje actuación en el verde del viejo Wembley contra el Arsenal. Yo, la verdad, no recuerdo ni una cosa ni la otra, pero recuerdo descubrir su existencia en los cromos y enamorarme de él. Su Arnau era apellido y el mío, nombre, sí, pero que hubiera un jugador con tu nombre o nacido el mismo día que tú, como Igor Gabilondo, era lo más parecido a estar ahí. Era estar ahí. No eras , pero eras . Superado el gran enfado de ver que apenas te daban tres estrellas de valoración en los cromos, de ver que tipos como Richard Dutruel o Roberto Bonano te habían deportado del Camp Nou, te veías e imaginabas ahí, chutando en el Camp Nou, en el Santiago Bernabéu, en La Rosaleda o en Anoeta, a través de ellos; y sospecho que, de niño, te gusta e importa más el fútbol que te imaginas que el balompié que ves, por mucho que lo viéramos absolutamente todo, arrodillados ante la televisión.

El fútbol es, además de una patria común, una perfecta metáfora la vida. Y de su obstinada e inflexible tozudez en avanzar siempre tan rápido, tan imparable, alejándonos de otra patria común, la infancia. Un día fantaseas con ser Arnau y al cabo de unos años te encuentras cubriendo su entierro, con el boli en la mano y sin el balón en el pie, y cada día entiendes más y mejor el No volveré a ser joven de Jaime Gil de Biedma. Por mucho que hoy les sigamos viendo como hombres mayores, como los héroes que hacen realidad nuestros sueños, los futbolistas hace ya tiempo que comenzaron a ser más jóvenes que nosotros. Y si esto ya duele, resulta difícil de definir y explicar la sensación de ver irse a quienes mirábamos y admirábamos mientras crecíamos. Con Arnau, patrimonio histórico del pequeño pueblo de Les Planes d’Hostoles, del Málaga y sobre todo de la infancia de muchos de que nacimos en los 90, se va una parte del crío que fuimos. No recuerdo ninguna parada suya, apenas esa bonita camiseta Umbro negra, pero guardo sus cromos como un tesoro. “Antepone la eficacia a la espectacularidad”, decía el de la temporada 2003-04. Y así fue, también, fuera de la portería.

 


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Fotografía de Imago.