En muchos otros sitios podréis encontrar más información sobre el asalto fictio que desencadenó la invasión nazi de Polonia. Seguramente os explicarán que media docena de SS, disfrazados de soldados polacos, ocuparon la estación de radio de Gleiwitz, una ciudad alemana cerca de la frontera. Quizá las crónicas se regodeen en el hecho de que los asaltantes apenas se manejaban entre micrófonos y cables, por lo que necesitaron varios minutos hasta que lograron interrumpir la emisión para lanzar su falso mensaje: “Atención, aquí Gleiwitz. Los estudios se encuentran en manos polacas. La hora de la libertad ha llegado. ¡Viva Polonia!”. Algún artículo incluso mencionará el triste papel de Franz Honiok, un simpatizante polaco de la zona que había sido detenido durante la víspera: después de recibir una inyección letal en la prisión del pueblo -y ser posteriormente tiroteado, para redondear la farsa-, su cadáver se convertiría en la evidencia inequívoca del ataque terrorista polaco a una instalación alemana. Y por tanto, la excusa que Adolf Hitler necesitaba para barrer las llanuras que le separaban de Varsovia. Honiok, un granjero polaco, inauguró así una interminable lista de víctimas por llegar.

Pero esta es la web de una revista de cultura futbolística. Y sería recomendable que en algún momento de la narración apareciera un balón. La alemana Oppeln, donde Naujocks esperaba sus órdenes, pasó después de la guerra a territorio de Polonia. La alemana Gleiwitz, donde Naujocks cumplió sus órdenes, corrió la misma suerte después de 1945. Convertidas ya en Opole y Gliwice, se transformaron en dos ciudades polacas de las que iría emigrando, en las décadas posteriores, la minoría alemana. Como los Klose, que en 1987 cambiaron Opole por un campo de refugiados en la RFA. O los Podolski de Gliwice, que ese mismo año se instalaron en Colonia. Hijos de aquellas familias y de aquellas tierras silesias, Miroslav Klose y Lukas Podolski se han proclamado campeones del Mundo este verano con un águila -la alemana, no la polaca- en el pecho. Representantes modélicos de los vaivenes identitarios en la región que les vio nacer, ‘Miro’ y ‘Poldi’ defienden a la Mannschaft pero, entre ellos, bromean en polaco. Y no son los únicos futbolistas nacidos en la comarca que protagonizó el teatral arranque de la Segunda Guerra Mundial.

En 1988, los Pniowski dejaron Gliwice y, al mudarse a la cuenca del Ruhr, optaron por usar un apellido más germano, Boenisch. El pequeño Sebastian tenía entonces un año. Cuando alcanzó la adolescencia, empezó a trepar por las categorías inferiores de la Mannschaft y llegó a proclamarse campeón de Europa sub-21 en 2009 con la generación que luego asaltaría Maracaná: Manu Neuer, Mesut Özil, Sami Khedira, Mats Hummels, Benedikt Höwedes, Jerome Boateng… Pero al soplar las 23 velas Sebastian Boenisch cambió de opinión, deshizo el camino que había emprendido su familia dos décadas atrás y, de alguna manera, volvió a ser un Pniowski para garantizarse su participación en la inminente Eurocopa en suelo polaco. El hoy defensa del Bayer Leverkusen acumula 14 internacionalidades. Siete más atesora Adam Matuschyk, también nacido en Gliwice, también emigrado (¿o exiliado?) a la RFA cuando aún usaba pañales, también -como Podolski- formado en el Colonia. Con la absoluta polaca, en cambio, no ha llegado a debutar Przemysław Trytko, que llegó al mundo en 1987 en Opole justo cuando los Klose salían de casa con las maletas en la mano; hoy, después de un paso no muy brillante por dos equipos de la ex-RDA (Energie Cottbus y Carl-Zeiss Jena), se las ve de todos los colores como tanque del Korona Kielce, colista de la Ekstraklasa. En esa clasificación, por cierto, encontramos en una posición más desahogada al Piast Gliwice, un equipo -como suele ser habitual hasta en los rincones más insospechados- con entrenador (el ex madridista Ángel García) y varios futbolistas españoles.

Historias cruzadas entre fútbol, política e historia; de conflictos pasados y convivencias actuales; de una región, Silesia, en el epicentro del peor desastre que sufrió Europa.

Una peli: Der Fall Gleiwitz, 1961. Uno de los títulos más míticos de la cinematografía de la RDA, con aire documental y tono aleccionador (frente al entonces silenciado debate sobre el nazismo en la RFA). En la actualidad, las televisiones regionales alemanas la programan a veces, entre un call tv y la teletienda, a altas horas de la madrugada. Aquí la tienes completa.