El verano de 2002 no fue uno cualquiera. El fútbol, moderno, cambiante, en expansión, hizo que mirásemos por primera vez hacia Oriente. Un Mundial en Asia. Horarios cruzados. Fútbol a la hora del almuerzo, fútbol mientras sucedía el aperitivo, fútbol con el plato en la mesa y tus padres reclamando que ocuparas ya tu silla. Con esa Copa del Mundo disputada en Japón y Corea del Sur descubrimos nuevas experiencias, peinados extraños, costumbres opuestas y que nuestro deporte favorito estaba ya inmerso en un camino sin marcha atrás hacia un fútbol que iba a cambiar en el fondo y en la forma. La cresta de Beckham. El triángulo en el pelo de Ronaldo. El descubrimiento de otro Ronaldo, pero este con diminutivo y dientes más torcidos. Cada vez menos botas negras. Otros colores le ganaron el pulso al oscuro. La paleta cromática de la herramienta más preciada delos futbolistas se tornaba infinita, pero si había un tono que nos volvió locos ese era el que lucía Rivaldo en los pies. El ’10’ a la espalda. Piernas arqueadas. Botas blancas haciendo magia con la zurda. Unas Mizuno imposibles de olvidar. Porque aquello fue el inicio de todo, de un nuevo milenio desconocido, del poder del fútbol en Asia, de una manera diferente de salir al césped. Blanco, brillante, impoluto. La paz hecha botín. Cómo no íbamos a enamorarnos de todo eso. Cómo no podíamos quedarnos prendados de unas botas que marcaron un gol en cada uno de los tres partidos de la fase de grupos, a Turquía, China y Costa Rica. Queríamos verlas cada mañana de aquel verano. Repitieron gol ante Bélgica en cuartos. Por supuesto, cuatro días después volvieron a deleitarnos con otro tanto frente a Inglaterra. Fueron claves en semifinales contra Turquía para alcanzar los últimos 90 minutos de juego en el Estadio Internacional de Yokohama. Y pasaron a la historia al batir a Alemania. Unas Mizuno blancas, inmaculadas, con detalles azules, que nos descubrieron que queríamos ser zurdos, porque nadie le pegaba al balón como Rivaldo.

 


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Fotografía de Getty Images.