Nueve días después de proclamarse campeón de liga en 2014, 18 años después de la última lograda, el Atlético de Madrid firmó al mejor proyecto joven del campeonato argentino. En Buenos Aires, Ángel Correa estaba revolucionando el presente de San Lorenzo de Almagro, entrando en el radar de no pocas secretarías técnicas del fútbol europeo. Así, como ocurriera ocho años antes con el Kun Agüero, el conjunto ‘colchonero’ fijaba de nuevo su mirada en dominios ‘albicelestes’, fiel al histórico feeling contraído con el talento sudamericano, todavía más intenso gracias al sentimiento creado por un Simeone que había disparado el techo del equipo en solo dos años, creando un contexto que iba a marcar el aterrizaje de un talento incompleto pero especial que tardaría en encontrar sentido pleno a su fútbol en tierras españolas.

Como casi nada se pone en valor si no es con el paso del tiempo, para que este texto tenga sentido y la figura de Correa absoluta vigencia, habrá que recordar que aquel chaval era el más callejero que uno pudiera imaginar. La viva imagen del potrero. No era el más virtuoso con la pelota pero sí con el engaño gracias a su cuerpo, un chasquido de huesos que se movía, giraba y prendía todo lo que tocaba. Como si fuera un mutante condenado a superpoderes incomprendidos, Correa llegaba a Europa a controlar un don que comenzó, caprichos del destino, maldito, con un problema de corazón que aparcó su debut en la élite del fútbol español. Reiniciando una temporada más tarde de lo deseado, arrancaba una etapa de continuo aprendizaje para lograr, sin perder una virtud casi exclusiva, dar de sí alguna otra de igual o mayor valor para no caer en el olvido.

Comenzaba, por tanto, un proceso cuyo objetivo principal constaba en reducir las distancias entre jugador y equipo. Había que encontrar un punto complementario entre los dos. El Atlético empezaba tímidamente a dejar atrás algunas de sus formas más rígidas buscando talentos individuales que lo hicieran despegar hacia otras zonas inexploradas hasta el momento: llegó un pasajero 4-3-3 para los Griezmann, Carrasco, Vietto, Gaitán, Óliver Torres y Correa. Sin embargo, aquel primer año se sumaron dos cosas trascendentales y contraproducentes para el encaje de Ángel. Una ya se sabía: el Atlético era un club de una exigencia incontestable, es decir, reclamaba a sus atacantes un nivel y una regularidad muy altas para un debutante venido desde el otro lado del océano; la otra es que Jackson Martínez no llegó al mínimo y el Atlético se quedó sin gol, así que tras la grave lesión de Tiago, Simeone reclutó a Augusto Fernández, Fernando Torres se hizo titular, y Koke y Saúl volvieron a unas bandas y un rombo que se pensaron para otros jugadores. En resumen, el Atlético volvió a la consistencia. A fiarse de los hombres fuertes y maduros.

 

A punto incluso de salir rumbo a Italia un tiempo antes, la historia de Correa se ha reservado su mejor capítulo para lo más avanzado, como en casi todos los relatos

 

Teniendo esto en cuenta, Correa representaba dentro de la plantilla un papel clarísimo que, ahí sí, encajaba mucho mejor que sumando minutos de titular en un plan principal donde le faltaban muchas cosas aún para rendir: un revulsivo perfecto para hacer jugadas sueltas, inesperadas, que desenredaran lo que estaba pasando, ubicándole en los picos del área para que se pudiera equivocar dedicándose a girar, escurrirse, fintar y engañar. Esta misión fue así año tras año, sumando cada vez más minutos, pero etiquetado de tal forma en la configuración de plantillas donde Griezmann no sólo era el segundo punta del equipo sino su verdadero constructor. Antoine era el cerebro, la globalidad del juego, así que bajarlo de ahí era imposible. Correa debía esperar porque no tenía su control de balón, su lectura del juego ni su impecable definición ante el portero; el equipo se pensaba y carburaba desde el ‘7’, y el argentino seguía siendo el gas y la burbuja para momentos y espacios concretos.

A pesar de que en la 2016-17 sumó muchos minutos como titular, lo hizo desde la banda derecha, el único sitio que podía rellenar. Usando un nuevo ‘sin embargo’ natural en su desarrollo, esa posición tampoco era la idónea porque si el equipo atacaba desde atrás, no tenía motor ni envergadura para estirar, y si lo hacía arriba necesitaba un lateral que lo moviera al pasillo y la esquina del área en lugar de la cal y la amplitud, donde encarar y buscar el uno contra uno, algo esto último que Ángel tampoco era. Él era tan diferente que su gambeta y giro lucían bien con el rival pegándose a su espalda e intentándole robar la pelota en lugar de verlo de cara o bien rompiéndole la cintura en un centímetro. Ahí giraba como ninguno, pero seguía faltando algo, además de tiempo y la marcha de Griezmann, para no generar ningún recelo entre sus pérdidas de balón y sus brutales chispazos eléctricos: la determinación.

Ser segundo punta de un conjunto candidato a títulos sin producir suficientes goles y asistencias es del todo incompatible si además el delantero centro de tu equipo tampoco es una garantía de ello -Costa, Morata, Kalinic-. Sin embargo, otra vez y ahora a su favor, Correa estaba logrando reducir las malditas y mencionadas distancias mientras cumplía años. La temporada previa a su explosión como acompañante del ‘9’, desde la banda derecha y más como un especialista del desmarque interior y posterior quiebro al central que salía a cubrir su ruptura, significó la merecida antesala hacia el éxito. Ángel había tenido siempre un problema grave con el remate, primero por su dificultad en el golpeo y su ansiedad ante el desenlace, pero sobre todo por su confianza ante la definición. Y aquella 2018-19 lo situaba en su mejor momento. El de la verdad.

“Simeone siempre me dice que no lo piense, que le pegue con la punta; en entrenamientos en reducido trato de definir así, por suerte se me da bien, hoy lo pude lograr, empatamos el partido y lo trabajamos bien y pudimos darle la vuelta”. Son las declaraciones que culminan el proceso, con la Liga en Valladolid. A punto incluso de salir rumbo a Italia un tiempo antes, la historia de Correa se ha reservado su mejor capítulo para lo más avanzado, como en casi todos los relatos. De la mano del tiempo, calmante del pulso y compañero de lo emocional, Correa se desquitó de lo que un día estuvo bien pero no si lo es para siempre: ser revulsivo y luego especialista. Ángel ya es el segundo punta de un campeón de liga sin haber perdido su increíble virtud, habiendo añadido asistencias y definiciones a los palos que harían reir al tímido rosarino de 2016. Un jugador, al fin, indiscutible; dueño y merecedor de su lugar.

 


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Fotografía de Imago.