Hay momentos que parecen no terminar nunca y que se quedan adheridos al nombre de un jugador con un pegamento imborrable. Piensen en Cardeñosa y su ‘no gol’ ante Brasil, o en Arkonada y su error en la final de la Eurocopa de 1984.

Algo así le ocurre a Andoni Goikoetxea Olaskoaga, contundente defensa central del último Athletic campeón de Liga, implacable en el campo pero suave sin botas de tacos. Han pasado ya 35 años, pero no falta quien le recuerda que el 24 de septiembre de 1983, día de la Mercè en Barcelona, lesionó de gravedad a Maradona. Fue una entrada forajida, de esas que piden a gritos una tarjeta roja (el árbitro, un tal Jiménez Madrid, solo le enseñó la amarilla) y que destrozó el tobillo izquierdo del argentino. Goiko se convirtió en el futbolista más odiado del país. En tipografía XXL, la prensa habló de “crimen” y de la “muerte del artista”. Tuvo que cambiar el teléfono de su casa y revisar el correo ante las amenazas de muerte que recibía desde Argentina. La prensa lo llamó de todo: lo más suave, ‘Atila’; lo más contundente, ‘carnicero de Bilbao’. El alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, se apresuró a visitar a Maradona en el hospital y, desde Italia, Zico admitía que tenía “miedo” de encontrarse a “jugadores que no deberían pisar un campo de fútbol”.

 

Tuvo que cambiar el teléfono de su casa y revisar el correo ante las amenazas de muerte que recibía desde Argentina

 

Cuatro días después, Goiko fue castigado con 18 partidos de sanción (posteriormente rebajados a siete) pero esa misma noche, la del 28 de septiembre, fue el héroe del partido de la Copa de Europa que el Athletic ganó en San Mamés ante el Lech Poznan (4- 0): marcó el primer gol con las mismas botas con las que había lesionado a Maradona y salió a hombros, respaldado por su gente, que le defendió con la misma intensidad con la que le habían atacado. No volvió a usar esas botas, que conserva perfectamente blindadas en una urna en su casa de Getxo. “Viví lo peor y lo mejor del fútbol con solo cuatro días de diferencia, por eso las guardo”, confiesa. Barro y gloria en una caja de cristal.

Goiko, que cerró aquel 1983 participando en el 12-1 a Malta (la sanción no se aplicaba en partidos europeos), cambiaría en 1987 el Athletic Club por el Atlético de Madrid, pero se rompió el tendón de Aquiles y apenas pudo volver a jugar. Enamorado del fútbol, no tardó en convertirse en entrenador: fue seleccionador sub-21, ascendió al Salamanca a Primera y destacó en el Numancia. En 2013 recibió la llamada de la selección de Guinea Ecuatorial, donde comprobó que en África todo es un poco más difícil (al menos a su mujer, médico de profesión, le dio tiempo a colaborar activamente con un orfanato de Malabo), y no hace mucho que rechazó la oferta para dirigir al Dorados de Sinaloa, que precisamente acabó contratando ¡a Maradona!

 


Este artículo está extraído del interior del #Panenka80, un número que todavía puedes conseguir aquí