Las hay azules, amarillas, rojas. También verdes, naranjas, moradas, rosas. Se cuelan algunas a doble color, con dibujos, eléctricas, estridentes. La paleta cromática que calza el fútbol puede parecer infinita hoy. Pero no. Hay un punto en el que se detiene. Al que no llega. Un color lejano, histórico. Se le mira con nostalgia, si es que se le mira. Hace tiempo, mucho, que se le perdió el rastro. El cambio de tendencia empezó entre finales del siglo pasado y principios de este. ¿Pero quién fue el primero? ¿A quién se le ocurrió dejar atrás la historia? ¿Cuáles son la cara y el nombre del culpable? Para conocerlo, hay que remontarse más allá de lo esperado en el calendario. Hubo un tipo, y una marca detrás de él, en los años 70 que rompió con lo establecido. Por primera vez en la historia un futbolista saltaba al césped con unas botas que no eran ni marrones, las prehistóricas, ni negras, las que van camino de serlo.

Todo empezó con el desembarco de Hummel en tierras británicas. La marca alemana llevaba desde principios de los 60 instalada en el Reino Unido sin acabar de arrancar. No vendían mucho, no conseguían hacerse con un hueco en el mercado. Había que hacer algo. Algo gordo. De lo que se hablara. Que no pasara desapercibido. Para remediarlo contrataron a Brian Hewitt, un empresario que venía de ‘petarlo’ con productos de la marca también deportiva Slazenger. Llevaban apenas 5.000 botas Hummel vendidas en las Islas. Pocas. “No había manera de aumentar las ventas, necesitábamos un golpe de efecto”, recodaba años después el propio Hewitt. La solución: una revolución. La del blanco en la dictadura del negro. “Hablé con mis compañeros y les dije de hacer lo que nadie había hecho todavía, pintar las botas de color blanco”.

La idea la tenían. Si era de loco o de genio ya lo comprobarían. Antes necesitaban a un futbolista que quisiera ponérselas. Y dieron con Alan Ball; campeón del Mundo más joven de los ingleses en el 66, futbolista vital en el Everton sesentero, campeón de la liga anterior con los ‘Toffees’ y recién llegado de la Copa del Mundo de México’70 donde Inglaterra no pudo revalidar título. Así, como carta de presentación, pocos ‘peros’ se le podían poner. Nada mal que la imagen de tu próxima campaña tenga todo este curriculum detrás. Aceptó rápido la propuesta. Aunque la confección de las botas blancas que Hummel había preparado para él no le resultaba cómoda. Había que solucionar el problema y tenían poco tiempo para hacerlo antes de la puesta de largo de su nuevo calzado: la Charity Shield que enfrentaba al Everton, campeón liguero, contra el Chelsea, ganador de la FA Cup.

 

El lunes siguiente a la Charity Shield de 1970, dos días después de que Alan Ball calzara aquellas botas blancas, se vendieron 12.000 pares de Hummel en el Reino Unido

 

Llegó la fecha del partido, el 8 de agosto de 1970. Y como no pudieron fabricar un calzado idóneo para Ball, Hummel se la jugó de otra manera. Cogieron las Adidas de toda la vida, negras, clásicas, con sus tres rayas identitarias, y las pintaron de blanco. Le arrancaron la triple franja e intentaron recrear el logo de Hummel sobre el nuevo color de las botas. Un apaño, vamos. Y todo apuradísimo de tiempo. Porque, según contaba el propio Brian Hewitt, las botas se presentaron ante los pies de Ball a contrarreloj: “El mismo día del partido las pusimos en un tren en West Yorkshire y llegaron a Alan minutos antes de comenzar el encuentro”.

Antes, durante y después del duelo disputado en Stamford Bridge, por cierto, con victoria del Everton por 2-1, las botas blancas de Alan Ball acapararon la mirada de la retransmisión. Las enfocaron varias veces con la cámara y el comentarista Kenneth Wolstenholme no paró de hablar sobre ellas, como si un extraterrestre se hubiera postrado sobre el césped, algo nunca visto, impensable para el mundo balompédico. Hummel lo había conseguido. El lunes siguiente, dos días después del partido, se vendieron 12.000 pares de botas blancas de la marca germana en el Reino Unido. Eso sí, la idea, por más que supusiera un pico de ventas desproporcionado, no acabó de cuajar. O directamente no cuajó.

Pasaron 25 años hasta que el milanista Marco Simone las volviera a sacar a pasear. El escenario tampoco estaba nada mal: una final de la Champions contra el Ajax. Ahí la historia ya empezaba a cambiar. Poco después llegó Alfonso Pérez con sus Joma blancas y el público español se acostumbró. Morientes y el rojo. Ronaldinho y el dorado. El negro en el olvido.

 


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