El 26 de diciembre, mientras en el resto de Europa todos los obsesos tratamos de darles un gustazo a nuestras familias, hacemos como que nos olvidamos del fútbol y por un día estamos por lo que tenemos que estar – tan capaces de articular frases como “estas navidades están siendo un poquito más frías, sí” o “que rico que está el caldo, suegra”-, los ingleses nos siguen dando la vara. Erre que erre ellos con eso de demostrarnos que son diferentes al resto. Ponen tanto empeño en el intento, y son tan audaces, que acaban consiguiendo que entres una vez más en una comparativa de la que ya sabes de antemano que saldrás perdiendo. Ya puede oler tu entorno a comida familiar, a turrones, a ginebra o a lo que sea, que seguro que tu sobrino de turno se levantara antes que nadie de la mesa y se pondrá a ver en la tele que hay en el fondo del salón el Chelsea-West Ham. Menudo problemón. Primero harás como si nada, convencido de tus buenos modales. Después, a los dos minutos, quizás se te escape una miradita de reojo al partido, que con suerte solventarás buscando la mínima distracción, como por ejemplo pedirle a tu cuñado que te sirva más vino. Pero al cabo de un rato, cuando la copa esté otra vez vacía y ya te empiece a quemar el asiento, seguro que acabarás buscando cualquier excusa para silbarle al chico y preguntarle por el resultado. Tu pareja te pellizcará entonces, pidiéndote con los ojos que no incumplas tu parte del trato. Pero ya será demasiado tarde. Tu mente estará en otra parte, tratando de entender porque eres tú el que sigue ahí, agarrado a un tenedor y manteniendo conversaciones intrascendentes, mientras todos esos british de los huevos aprovechan el ‘Boxing Day’ para acudir en masa a los estadios.

 

En Inglaterra el ‘Boxing Day’ no se toca, como el té de las cinco de la tarde. Por mucha pena que den los deportistas, que son los que ven más perturbado su calendario con tantos partidos

 

El futbol inglés es otra cosa. Para lo bueno y para lo malo. Para lo malo, por ejemplo, por su papel en los Mundiales o en las Eurocopas, en los que el conjunto ‘pross’, inexplicablemente, sigue sin dar la talla pese a tener la que es quizás la liga más potente del mundo y una de las aficiones que vive con mayor intensidad el fútbol. Y para lo bueno, por patentar inventos tan cojonudos como el ‘Boxing Day’, sin ir más lejos.

Mientras todas las otras ligas del viejo continente se toman un respiro por Navidades, dejando a los bares mudos y a las tertulias de sobre mesa sin materia prima, en el Reino Unido los espíritus futboleros disfrutan de ración doble, con partidos a todas horas y de un nivel más que interesante. Una tradición que el campeonato británico (en las cuatro categorías, desde la Premier League hasta la League Two) ha mantenido durante los últimos 155 años, pero cuyos orígenes se remontan a la Edad Media. Es sabido que después de Navidad, por aquel entonces, las clases nobles y el poder eclesiástico del país entregaban cajas con comida y fruta a aquellos que andaban más desfavorecidos. De ahí a que la traducción literal del término sea ‘día de las cajas’.

La tradición se mantuvo con el tiempo, sí, pero cambiaron algunos matices. Los mandamases aprendieron a pensarse las cosas un par de veces, al menos en todos esos asuntos que pasaban por aflojar la cartera, y dejaron de obsequiar a sus trabajadores más mediocres. Así hasta llegar al día de hoy, que les voy a contar, en el que incluso tambalea la paga doble de diciembre. Y la Iglesia, que suficiente tiene con lo suyo, tampoco está para mejores gestos. Pero encontrar la ecuación para calmar los ánimos ha sido relativamente fácil. Ante tal escasez, fútbol. Los nuevos aristócratas solidarizados con el pueblo son los Rooney, Gerrard, Touré, Hazard, Lukaku o Cazorla, portadores de bellos gestos y espectáculo, a los que no solo se les pide que rindan notablemente a lo largo de la temporada, sino que además raspen la excelencia en días señalados como éste. Que en Inglaterra su particular ‘segunda Navidad’ se viva con vehemencia depende exclusivamente de sus botas.

UN POCO DE HISTORIA

Aunque, todo hay que decirlo, otra de las peculiaridades del ‘Boxing Day’ es precisamente el ambiente distendido que le acompaña. Solo así se explica que en ocasiones como la de 1963, se les permitiera a las defensas de todos los conjuntos que escondiesen los dientes parcialmente, colaborando a que fuera tomando forma una gesta de las que marean: 66 goles en una misma jornada. O solo así se entiende también que en la estrafalaria clasificación que ordena a los equipos por la cantidad de puntos logrados en 26 de diciembre, el Coventry City y el Blackburn Rovers, actualmente apartados del primer escalafón competitivo, ocupen puestos Champions, solo superados por Manchester United y Arsenal. Será que Santa Claus reparte la magia sin entender demasiado de presupuestos.

Pero no es oro todo lo que reluce. En su día, tótems de la cultura futbolística como Sir Alex Fergusson, Arsène Wenger o Fabio Capello, cansados de tener que hacer las alineaciones mientras se comían el pavo, pidieron que se cerrara el tinglado y se estableciera un parón. Pero ni caso. En Inglaterra el ‘Boxing Day’ no se toca, como el té de las cinco de la tarde. Por mucha pena que den los propios integrantes de las instituciones deportivas, que son los que ven más perturbado su calendario ante tal aluvión de enfrentamientos. Aunque, eso sí, a veces ellos mismos también pillan cacho. En la edición navideña de 1979, los archienemigos Sheffield Wednesday y Sheffield United, tratando de sobrevivir en las catacumbas del fútbol de las Islas, se vieron las caras en el viejo Hillsborough. Aquel día se congregaron 49.309 almas en las gradas (estableciendo un récord de asistencia en un partido de Tercera División). El partido lo ganaron los ‘owls’ por un fulminante 4-0, y el segundo gol de la tarde lo metió Terry Curran que, presó de la emoción, celebró el tanto arrodillándose chulesco ante la hinchada rival. Los aficionados del United reaccionaron a la provocación del jugador lanzándole monedas de todo tipo. El propio Curran, en una entrevista que le hizo Daily Mail muchos años después, admitió que si al acabar el partido se hubiera entretenido a recoger todo el cobre caído, hubiera visto multiplicado por más de cinco su sueldo semanal de 300 libras.

155 años, como ven, dan para muchas historietas. Cuenta la leyenda que Papá Noel reside actualmente en el Polo Norte, con su mujer y la pandilla de duendes que apadrina a cambio de que le fabriquen los regalos que luego debe repartir por todo el globo. Santa Claus solo trabaja un día al año, y desconocemos si lo cotiza. Pero lo que damos por seguro, dado el amplio territorio que cubre la distribuidora que regenta, es que durante el día de Navidad no tiene tiempo ni para pararse a fumar un cigarrillo. Por eso cuando acaba la jornada, llega el 26 e inicia su camino de regreso a casa, nunca se le olvida hacer una última parada en el Reino Unido, que le pilla de camino. “Cariño, ve yendo tú a dormir… Llegaré enseguida. Ya te explicaré mañana cómo ha salido todo”, le comenta por telepatía a la señora Noel, para evitarle preocupaciones. La cama puede esperar un poco más. Nada como ver un buen partido de fútbol, cerveza en mano, para relajar tensiones después de tanto frenesí laboral acumulado.