El fútbol italiano siempre me ha parecido realmente extraño. Para empezar, me llama la atención que en un país tan dado a perfeccionar hasta lo imposible lo estético y lo pintoresco, se creara (y perdurara) uno de los estilos más poco bellos, refinados y sutiles como es el catenaccio. Plantan una muralla ahí atrás y a ver si alguien se atreve a pasar. ¿Cómo puede ser que los mismos que  llevan siglos adorando algunas de las más bellas obras de arte jamás vistas, ahora disfruten de un calcio tan rudo? No lo puedo comprender. Aparte no sufren, se saben superiores en una batalla de desgaste. Esperan, esperan y esperan sin temor, no les importa ni lo más mínimo todo lo que tienen delante. Y, cuando ven que los ataques enemigos ya no les causan dolor alguno, saben que ese es su momento.

Quizá sea ese carácter tan sentimental y pasional lo que les llevó a amar jugar de este modo. Algo que me explicaría, en parte, el estilo de presidentes que encontramos en el fútbol italiano. Porque en el fondo reúnen esas dos Italias: la que venera lo hermoso y la futbolística. Los dirigentes de los clubes del calcio se asemejan un poco entre todos ellos. Los hay alocados como Massimo Ferrero que celebra, salta y baila cualquier éxito de la Sampdoria como si fuera un tifosi más; existe un perfil tipo Aurelio De Laurentiis, hablador y autoritario como pocos; y luego hay otros que rajan y rajan de lo que les da la gana, del árbitro, del entrenador, de los jugadores o de cualquiera que pase por ahí cuando a ellos les parece que no toca. De todos estos estrambóticos presidentes italianos, hay uno que tiene un poco de cada cosa. Dejó el Palermo el pasado mes de febrero después de tres lustros al frente de la entidad siciliana. Pero la casa se le caía a trozos y era el momento de cortar por lo sano.

El Palermo históricamente se había movido siempre entre la Serie A y la Serie B. Es de los típicos equipos ascensor, que no sabes muy bien si es que la máxima categoría se le queda grande o es la segunda división la que se le hace un poco pequeña a la entidad, o quizá sea una mezcla de ambas. Aunque sus peores años llegaron entre la década de los 80 y los 90. Desde su última participación en la Serie A en la 1972/73, el conjunto rosanero se acostumbró a vivir en las catacumbas del calcio, pero todo se truncó cuando en 1987 el club fue excluido de las competiciones profesionales por culpa de los problemas financieros que arrastraba. Se refundó la sociedad y empezó una nueva historia desde la Serie C2, la cuarta división italiana. A partir de entonces, y después de un rápido ascenso a la Serie C1, el Palermo vivió a caballo entre la segunda y tercera categoría italianas hasta que llegó ese presidente alocado e impulsivo con un objetivo claro: devolver al Palermo a la primera plana del calcio y convertirlo de nuevo en el equipo de referencia en la isla de Sicilia.

En el verano de 2002 un empresario inmobiliario de nombre Maurizio Zamparini ofreció 15 millones de euros para convertirse en el accionista mayoritario del Palermo, después de 15 prolíficos años al frente del Venezia, salvándolo de la ruina y escalando desde la Serie C2 hasta la máxima categoría. A su llegada prometió la vuelta a la élite y jugar por primera vez en su historia en competiciones europeas. El primer paso se dio en 2004, cuando el conjunto rosanero retornó a la Serie A tras tres décadas alejado del fútbol de primer nivel. El siguiente escalón era Europa, y también lo consiguió. Las seis participaciones en la Copa de la UEFA son prueba de ello e incluso estuvo cerca de alcanzar una plaza para la Champions League en 2010, pero se quedó a las puertas de la gloria. Se podría decir que sus 15 años en el Palermo fueron exitosos en el ámbito deportivo, pese al breve paso por la Serie B en la 2013/14. Pero si por algo será recordado Maurizio Zamparini a orillas del mar Tirreno no será tanto por los logros del Palermo sobre el verde, sino por el carácter indomable que le llevó a protagonizar algunas de las frases más envenenadas y malévolas hacia sus propios entrenadores, sus futbolistas, los árbitros o los rivales. Y también se le recordará por sus decisiones imprudentes con los técnicos, si tocaba echar a un entrenador después de un mes lo hacía sin miramientos, sin importarle el qué dirán, él no estaba para estas cosas.

A lo largo de su estancia en tierras sicilianas hubo casi una cuarentena de movimientos en el banquillo del Stadio Renzo Barbera. Todo empezó con Ezio Glarean, el primer entrenador bajo su mandato. Duró poco más de un verano, pero, visto lo visto, tampoco fue tan poco tiempo para tratarse de un técnico del Palermo. Los hubo de todos los colores. La gran mayoría fueron italianos —a excepción del argentino Guillermo Barros Schelotto, que ni debutó, y del uruguayo Diego López—; algunos más experimentados, como Stefano Piolo o Bortolo Mutti; también los hubo que empezaban sus carreras en los banquillos, ese era el caso del icónico exmilanista Gennaro Gattuso. Otros, parecieron no aprender la lección y se fueron y volvieron en más de una ocasión, sin recordar que Zamparini se los cargaría a la mínima que viera la opción de hacerlo. Francesco Guidolin pasó por el Palermo hasta en cuatro etapas, Davide Ballardini repitió tres veces y Stefano Colantuono, Delio Rossi, Gian Piero Gasperini y Giuseppe Iachini pasaron por el banquillo rosanero un par de veces.Todos ellos fueron aniquilados uno a uno por Maurizio Zamparini, un auténtico ‘matador’ al que no le temblaba el pulso cuando tocaba decir “estás despedido”.

Con muchos tuvo polémicas y discrepancias. De Iachini dijo que “era un idiota, hacía jugar mal al equipo”. A Ballardini lo echó porque “quería quitar al portero sin mi permiso”. Y de Delio Rossi comentó que “el Palermo tiene un técnico que no tiene pelotas”. Un recital de salidas de tono frente a los micrófonos que también salpicaban a los propios jugadores del Palermo. En 2008, tras perder un encuentro por 3-1 ante el Torino y sumar seis partidos con una sola victoria atacó directamente a su plantilla: “Este no es un grupo de hombres, es un equipo de nenas”. Estas y muchas otras fueron las frases de un tipo que acumuló 38 cambios de entrenador en 15 años y 29 técnicos a lo largo de su paso por el Palermo. En el mes de febrero, y tras despedir a su última víctima —Diego López— decidió poner punto y final a su etapa al frente de la entidad rosanera. Quizá, a sus 75 años se había cansado ya de tantas idas y venidas. Y, aunque ya había amenazado muchas veces con irse de la entidad, finalmente llegó el momento de la verdad. “Dimito, ya no seré presidente del Palermo. Lo dejo todo”, esa fue la despedida de un tipo al que algunos llamaban ‘Hannibal Lécter’ por su pasión por despedir a entrenadores, pero que al menos devolvió a los sicilianos al lugar donde siempre habían querido estar.