La relación de la selección de México con los Mundiales nunca ha destacado por ser un vínculo estable. Derrotas, humillaciones, lágrimas, tristezas y decepciones, muchas decepciones. Han pasado casi nueve décadas desde que Uruguay acogiera la primera Copa del Mundo y México sigue sin despegar. Pero, viendo cómo le fueron las cosas ya desde el principio, se entiende ese sentimiento de amor-odio que despierta la cita mundialista entre la afición azteca.

En Uruguay’30, encuadrado en el grupo del anfitrión, Francia y Chile, el combinado mexicano volvió a casa con cero puntos en el casillero. Después, antes de que la Segunda Guerra Mundial provocara un parón en el torneo, llegarían los Mundiales de Francia e Italia, donde México no participó. Y tras el conflicto bélico, la selección azteca encadenó otras tres Copas del Mundo consecutivas -Brasil, Suiza y Suecia- sin saber qué significaba ganar en un Mundial. A la quinta fue la vencida.

Tuvieron que pasar 32 años, doce derrotas y un empate para ver por fin a México sumar dos puntos en la tabla. Fue en Chile’62, ante Checoslovaquia, en un intrascendente tercer partido de la fase de grupos. Los centroeuropeos ya estaban clasificados para las rondas eliminatorias y México había caído ante Brasil y España, por lo que la victoria tampoco sirvió de mucho. Pero, al menos, se sacaron la espina que tenían clavada desde hacía más de tres décadas remontando un encuentro que se les había puesto cuesta arriba con un gol de Vaclav Masek en el primer minuto de juego. Antes de llegar a la media hora de juego, Isidoro Díaz y Alfredo del Águila le dieron la vuelta al marcador y Héctor Hernández cerró el marcador desde los once metros en las postrimerías del duelo. Quizá no significó nada para el devenir del Mundial, pues la final la disputaron Brasil y Checoslovaquia, pero México ya podía decir que conocía la victoria en el torneo más prestigioso del deporte rey.

 

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