Hace unos días a muchos usuarios de Twitter les escoció una imagen que se encontraron frente a sus ojos. En ella, sobre la fachada de un bloque de pisos, se proyectaban ocho palabras. “Parece ser que se podía vivir sin fútbol”. A continuación, interminables respuestas, algunas necesarias, otras no tanto, hastiadas todas ellas de ver cómo una disciplina tantas veces denostada, criticada y vapuleada, volvía una vez más al centro de las miradas de una sociedad antibalompédica que no mira más allá de los defectos -muchos, por supuesto- que se reúnen en torno al balón. Porque miran pero no observan. Porque solo atienden al espectáculo marquetiniano, individualista, sensacionalista, ultraconsumista y despersonalizado en el que se ha convertido este deporte. Las mismas taras que está sufriendo nuestra sociedad, nuestra vida, por cierto. Con pocos vencedores, con muchos perdedores. Pero en esa imagen nadie se preguntó si podíamos vivir sin vida.

Y lo curioso y gracioso de todo esto es que sí, que la frase era cierta. En el último mes no hemos sentido ese extraño y placentero cosquilleo en los tobillos al regatear a ningún lateral torpón y los mismos tobillos han hecho su función de siempre levantándonos de la cama a la mañana siguiente. Nadie ha visto su nombre escrito en la pizarra, entre los once titulares, pero nos hemos enfrentado al día como lo haríamos al saltar al césped y ver al rival delante, dispuestos a ganar el partido. Ningún entrenador ha mandado a un suplente a calentar, y las ganas de salir de casa siguen impolutas, como si saltásemos del banquillo ansiosos por ponerlo todo patas arriba sobre el tapete. Han pasado más de 30 días sin ver un balón rodar y está claro que tenían razón. Definitivamente se puede vivir sin fútbol.

Llevamos desde mediados de marzo sin reunirnos en torno a la mesa de un bar para ver el partido del domingo por la noche. Sin gritar un gol. Sin celebrar un penalti parado ni una entrada salvadora de esas que te quitan el aliento. El mismo tiempo desde la última vez que alguien pudo permitirse el lujo de escaparse de casa para ir a probar la carta de su restaurante favorito. Exactamente las mismas semanas en las que ninguna sala de cine ha proyectado el estreno de ninguna nueva obra maestra llegada desde Hollywood. Justo los mismos días en que nadie ha acudido al concierto de ese maravilloso grupo de música que le pone la piel de gallina al verlo en directo. Es curioso que llevemos un tiempo idéntico sin ver a la gente con la que nos encontrábamos cada día, sin las visitas a casa de la abuela, sin quedar con los amigos, sin salir hasta las tantas incapaces de saber cómo acabaríamos y sin importarnos, sin dar paseos por el mero placer de darlos, sin los pequeños momentos que antes despreciábamos y ahora añoramos. Sí, parece ser que el fútbol era prescindible, como los restaurantes, como el cine, como la música, como los amigos, como los familiares, como la estúpida sensación de abrir la puerta de casa y poder dejarla atrás sin restricciones, castigos ni miedos.

Aunque a según quien le moleste, volveremos a gritar goles, a cantarle a nuestros ídolos, al estadio, a las gradas, a saborear las victorias, y también las derrotas, porque hasta de ellas disfrutamos. Si un día no vamos al fútbol, pues volveremos al teatro, al cine, a conciertos, a discotecas, a donde nos lleve el viento, a donde a cada uno le apetezca, qué más dará. Y, sintiendo si alguien ha leído hasta aquí con mayores expectativas, solo me sigo preguntando si a quien proyectó esa frase sobre aquel bloque de pisos le estará gustando esto de vivir sin fútbol, esto de vivir sin vida.