Por fin, el 20 de enero de 1948, se colocó la primera piedra de Maracaná. Habían pasado casi dos décadas de discusión política sobre el emplazamiento ideal para un nuevo estadio capaz de albergar grandes eventos y de representar a la ciudad de Río de Janeiro y, por qué no, a todo Brasil. La Copa del Mundo de 1950, muy cercana, fue el empujón definitivo: hacía falta un escenario imponente para los partidos más importantes del torneo.

La construcción no fue nada fácil. Además del plazo escaso para ejecutar la obra, no había planos para poner en pie un gigante con capacidad para 155.000 espectadores -teóricamente solo 31.000 de pie-. Solo existía un boceto arquitectónico que preveía un estadio con forma de falsa elipse, cerrado, con rampas para la entrada y salida del público, y gradas en forma de parábola. Según Sérgio Marques de Souza, aparejador del proyecto, la solución fue calcularlo todo de la forma más exagerada posible.

Pocos pensaban que la obra estaría lista para el Mundial; de hecho, algunos creyeron que se hundiría antes. Para llegar a tiempo se establecieron turnos de trabajo de 24 horas, mientras los 3.500 obreros -casi 11.000 en las semanas previas a la inauguración- vivían en precarias construcciones cercanas al estadio, hoy transformadas en favelas.

Tras mucho esfuerzo y no pocos contratiempos, el estadio estuvo listo para la inauguración del Mundial, aunque los más pesimistas tenían parte de razón. En el primer partido, una sección importante de la grada no estaba enyesada y un gran número de andamios todavía cubrían varias partes inacabadas. Si lo comparamos con el proyecto original, Maracaná se terminó 15 años después de su apertura, en 1965.

Un estadio para todos

Desde su concepción original, Maracaná fue un elemento clave en la configuración de una identidad nacional para Brasil. Samba y fútbol, música y deporte, ofrecían una solución social y de entretenimiento aceptada y compartida por un pueblo mestizo, diverso y muy desigual social y económicamente.

El fútbol brasileño ya tenía sus propias peculiaridades. Añadió elementos de la cultura local al juego original inglés: la ginga de la capoeira, el síncope al regatear, el baile de la samba. La forma de usar el cuerpo de los negros, aplicada al deporte rey, cambió la cadencia del juego y mostró nuevos caminos. Y con ese carácter propio, el fútbol se convirtió en un acontecimiento más dentro de las grandes conmemoraciones del país, como el carnaval, sin distinción de clase.

Incluso antes de su inauguración, el discurso oficial ya presentaba el estadio como un lugar de encuentro para todos. Pobres, ricos, blancos, negros, hombres, mujeres, niños… Todos cabían en el mayor palco deportivo del mundo. Empezaba a gestarse en aquel entonces el mito del origen de Maracaná como templo de un Brasil que se autoafirmaba como país cordial; la prueba hecha cemento de la democracia racial brasileña, y del mestizaje como solución para la cuestión de la identidad nacional.

Juntos, pero no revueltos

Después del doloroso fracaso mundialista, tan intrínsicamente unido al estadio que fue bautizado como ‘Maracanazo’, el majestuoso feudo se imbricó en el día a día de la ciudad de Río, transformándose en la segunda casa de muchos de sus habitantes, un espacio colectivo que daba lugar a expresiones culturales diversas, y también, cómo no, artísticas.

Maracaná fue concebido para acoger a hinchas de todas las clases sociales, pero no de forma igualitaria. Las divisiones del estadio marcaban la posición de cada uno en la sociedad: los más pobres en la Geral, la clase media en la Grada, los pudientes en las sillas azules y los muy ricos en las sillas cautivas (en propiedad). Era como si Brasil gritase desde el césped: estamos juntos, en el mismo estadio, pero guardando las distancias. Sin embargo, esa división era constantemente cuestionada por iniciativas desestabilizadoras de los aficionados al animar a su equipo, ya que se apropiaban creativamente del espacio. La propia Grada, una simple estructura de hormigón diseñada para sentarse sin sillas ni lugares marcados, acababa liberando la forma de interactuar de los hinchas, permitiendo el flujo de un lado a otro del campo.

Mientras que la Grada permitía algunas licencias para animar y moverse durante los partidos, la Geral tenía un punto perverso. Desde ella era casi imposible ver fútbol. Sin visión de conjunto del campo ni noción de la profundidad, para adivinar algo de lo que pasaba el aficionado tenía que estar de pie y estirar el cuello el partido entero. Además, el llamado ‘geraldino’ -expresión atribuida al locutor Washington Rodrigues- corría el riesgo permanente de mojarse cuando llovía o de ser alcanzado por líquidos no identificados u objetos lanzados desde la grada. El documental Geraldinos, de Pedro Asbeg y Renato Martins (2016), mostró la pasión y los modos de animar de los hinchas que frecuentaban la Geral de Maracaná. Los diversos testimonios acababan estando de acuerdo en un punto muy ilustrativo: a la Geral no se iba a ver el partido.

 

Maracaná fue clave en la configuración de la identidad nacional brasileña

 

Aquel espacio precario generó soluciones muy creativas de sus feligreses, que inventaron formas inusitadas de ‘carnavalizar’ la experiencia de ir al fútbol… para no verlo. Todo ‘geraldino’ tuvo uno o varios ataques de risa en un lugar tan malo para ver fútbol, ya que en él el partido se convertía en una fiesta del deporte rey: era catarsis, performance dramática y socialización de las dificultades. Hinchas disfrazados, andando en patinete, mostrando carteles insólitos, encendiendo velas de rodillas en un lugar teóricamente mágico, besando amuletos o intercambiando máscaras. Todo ello daba a la Geral un ambiente de fiesta único y hechizante.

Para ilustrar mejor el significado de la Geral, es preciso recordar a algunos torcedores de clubes de Río que se hicieron famosos en la ciudad. Para el Flamengo el elegido sería Jayme de Carvalho, que ya en 1942, antes de Maracaná, creó la charanga e inventó la hinchada organizada. También cabría aquí el inolvidable Gerdau, que llegaba al estadio imbuido con la misión de dar órdenes al Flamengo, a gritos, con la seguridad fulminante de los profetas. En los saques de esquina, Gerdau indicaba cómo debían sacarse. Si no acababan en gol, la explicación era evidente: no hicieron lo que había dicho él. Si el Flamengo marcaba, no había duda: “¡Os lo dije! ¡Lo sabía!”.

En el caso del Fluminense, su historia en Maracaná se funde con la de Guilhermino Destez Santos, el ‘Careca do Talco‘. Camisa blanca con el escudo del ‘Flu’, bandera tricolor amarrada al cuello como si fuese la capa de un superhéroe, y cuerpo entero cubierto de talco, ‘Careca’ corría de un lado a otro de la Geral como un caballo delirante, siguiendo la evolución del equipo en el césped.

Por su parte, el más insigne representante del Vasco da Gama en el gran estadio de Río fue el masajista y sacerdote de la religión Umbanda Eduardo Santana. Normalmente vestido de blanco, entraba en el campo con el equipo y se arrodillaba para besar una bandera del Vasco que después colocaba junto a los hinchas. El Padre Santana era recibido como si fuese el jugador número 12. Es prácticamente imposible que pueda aparecer otra figura con su carisma en el fútbol actual.

Las primeras reformas

Si Maracaná se inauguró sin terminar, su mantenimiento no fue mucho mejor. Ya en los 60 hay denuncias de goteras, grietas, paredes que amenazan con desmoronarse… Los problemas estructurales se fueron acumulando, con pequeñas reparaciones circunstanciales para reducir riesgos, hasta la tragedia en el Flamengo-Botafogo de la final del Campeonato Brasileño de 1992. Poco antes del comienzo del partido, se desató una pelea en la grada que ocupaba la hinchada del Flamengo, llena a rebosar. El tumulto se fue extendiendo hasta llegar a los aficionados que estaban pegados a la verja de seguridad. La verja se hundió, decenas de seguidores se quedaron colgados de la estructura y otros tantos cayeron casi ocho metros hasta la sección inferior. Tres torcedores murieron y 90 fueron atendidos con heridas de distinta consideración.

Después de esta tragedia, Maracaná se cerró durante 205 días para realizar obras de refuerzo de la estructura. Aunque algunas deficiencias se subsanaron, la necesidad de una modernización más profunda del estadio pasó a tener carácter prioritario.

Ocho años después, la organización del Mundial de Clubes de la FIFA provocó el primer cambio significativo en la identidad del viejo estadio. Se instalaron sillas numeradas en la Grada, dividiendo el enorme espacio de hormigón en sectores: las sillas verdes eran las más baratas, las amarillas eran de un precio un poco mayor, y las blancas, mejor localizadas, eran las más caras.

La división acababa con la principal característica del viejo graderío, que era un espacio de flujo para los hinchas. En partidos con menos público, era frecuente que los seguidores se moviesen de una portería a otra, para ver atacar al equipo de casa.

El fin de la Geral

En agosto de 2002, se anunció que Río de Janeiro sería la sede de los XV Juegos Panamericanos de 2007. Para organizar el evento, se prometió una gran reforma de Maracaná, presupuestada en 47 millones de euros.

Esta reforma sin duda cambió el estadio. El césped se rebajó en 1,40 metros y se crearon dos enormes rampas de acceso. Dos pantallas gigantes de alta definición sustituyeron los antiguos, aunque simpatiquísimos, marcadores luminosos, que databan de 1979. Pero el cambio más radical fue la destrucción completa de la Geral, que dio lugar a más sillas numeradas.

Durante la reforma, el programa Globo Esporte entrevistó a varios obreros que trabajaban en la puesta a punto. Uno de ellos confesó que estaba feliz por haber conseguido el empleo, aunque muy triste porque era ‘geraldino’ y se temía que nunca más podría ver un partido en el estadio después de la modernización.

El fin de la Geral representa un momento sintomático del proceso de gentrificación de Maracaná, pero va todavía más allá. El fútbol en Brasil es cultura, y se consolidó como un campo de elaboración de símbolos, de construcción de lazos de cohesión social, de afirmación de identidad y tensión creativa, con todos los aspectos positivos y negativos que se derivan de este tipo de procesos. La forma de jugar, de ver los partidos y de animar dice mucho sobre las contradicciones, violencias, alegrías, tragedias, fiestas y dolores que configuran al pueblo brasileño. Perder un espacio como la Geral, donde esas manifestaciones tenían lugar, fue un crimen cultural.

Pero el caso del fútbol no fue una excepción. Río de Janeiro, en virtud de la llamada ‘Era de los Grandes Eventos’ -Juegos Panamericanos de 2007, Copa del Mundo de 2014 y Juegos Olímpicos de 2016-, vivió la gentrificación más agresiva de su historia reciente. Podemos pensar en este proceso a partir de un concepto aparentemente paradójico: la perversidad de lo bueno. Es bueno ver un partido en un lugar cómodo dentro del estadio; es bueno disfrutar de un palco VIP climatizado; es bueno encontrarte con un área verde en el anteriormente abandonado barrio de Madureira; es bueno ver el antiguo y decadente puerto de Río convertido en el Porto Maravilha, una puerta de entrada digna para la ciudad. Pero al mismo tiempo es de una perversidad excluyente, que destroza lazos comunitarios, fría como un museo virtual, y destinada a hacer feliz a los especuladores inmobiliarios. Es bueno, sí; pero no es para todos.

Esta historia, que tiene un momento emblemático en la destrucción de la Geral, nos permite sugerir que no era exactamente la Geral la que tenía que salir del nuevo fútbol: eran los ‘geraldinos’ los que ya no cabían.

Destrucción y venganza

Hasta 2011, Maracaná había pasado por dos reformas impactantes: la colocación de sillas en la grada (2000), y el final de la Geral (2005). Las intervenciones se justificaban por la mejoría en la visibilidad y la comodidad de los aficionados. No había, sin embargo, nadie que imaginase ninguna alteración más profunda en los anillos superiores y en la marquesina, ya que Maracaná estaba protegido por el Instituto de Patrimonio Histórico Artístico Nacional (Iphan).

Sin embargo, en abril de 2011, el superintendente del Iphan, Carlos Fernando de Souza Leão de Andrade, autorizó la demolición de la marquesina. Según el secretario de obras del Gobierno del estado de Río de Janeiro, Hudson Braga, esta amputación era una exigencia del estándar de visibilidad requerido por la FIFA para el Mundial de 2014. En la práctica, al autorizar la demolición de la parte superior del estadio, el superintendente del Iphan aprobó su destrucción.

Investigaciones posteriores y confesiones de varios involucrados demuestran que una estructura de sobornos motivó varias de las decisiones sobre la construcción y reforma de los estadios para el Mundial. El objetivo era aumentar el tamaño de las obras y exagerar su coste. En lo relativo a Maracaná, el soborno para el gobernador Sergio Cabral fue del 5% del valor de las obras. Los consejeros del Tribunal de Cuentas del Estado se repartieron un 1% del total.

Sin el menor reparo, mientras las denuncias y reclamaciones arreciaban, el Gobierno estatal lanzó el proyecto de privatización del estadio. La constructora Odebrecht -hoy culpable de escándalos de corrupción en toda América Latina y algunos países de África- ganó la licitación para administrar el estadio durante 35 años, después de un proceso absolutamente opaco.

Al ganar la licitación, Odebrecht también tenía derecho a demoler varios anexos al estadio que formaban parte del Complejo, como el Parque Acuático Julio Delamare y el Estadio de Atletismo Célio de Barros. En su lugar, el consorcio vencedor construiría un centro comercial y dos edificios con garajes. El Comitê Popular Rio Copa e Olimpíadas, creado siguiendo un modelo similar al de organizaciones de otras ciudades impactadas por megaeventos -como Atenas, Ciudad del Cabo o Barcelona- entró de cabeza en la campaña ‘O Maraca é nosso!‘ (‘Maracaná es nuestro’), y consiguió defender las construcciones cercanas. Sin embargo, la característica marquesina fue derruida, y con ella la identidad arquitectónica de Maracaná.

En una entrevista concedida al documental Geraldinos, el periodista Lúcio de Castro vaticinó que Maracaná se vengaría de sus verdugos. La declaración acabó siendo profética. En el momento de escribir este artículo, todos los funcionarios públicos relacionados con las decisiones clave para la reforma y la privatización del estadio están presos, mientras que los empresarios involucrados en los sobornos esperan en libertad vigilada la resolución de varios procesos legales, que incluyen corrupción activa, lavado de dinero, asociación para delinquir, etc.

Hoy, con Odebrecht en proceso de disolución por incontables casos de corrupción, el destino de Maracaná es incierto. Perdón, me permito una corrección: el destino del Complejo Maracaná Entretenimiento S.A. es incierto. El Estadio Jornalista Mário Filho, afectuosamente apodado ‘Maracaná’ por la ciudad que en él creó nuevas formas de animar a sus equipos y vivir el fútbol, ya no existe.

El fin de un modelo

La sensación generalizada es que lo que ocurrió con el estadio fue un crimen contra la ciudad. No todo son problemas, claro. Diversos habitués comentan que hoy en día se sienten más seguros en el estadio y ven mejor los partidos. Entre las mujeres, esta observación es unánime. Pero la mayoría resalta que esta evidente mejora vino acompañada de un enfriamiento del ambiente, especialmente durante el partido. El llamado clima, que se alimentaba de una serie de rituales protagonizados por las secciones más humildes del estadio, se ha anulado, quedando hueco de contenido.

 

La gentrificación más agresiva de Río se llevó por delante Maracaná. Fue un crimen cultural

 

La historia y las historias de Maracaná hablan sobre un modelo de ciudad y de país que está en juego. El proceso de vaciado del fútbol como manifestación cultural está reduciendo el deporte al nivel de mero evento. Las conquistas ya no se conmemoran en el campo cantando con el equipo todavía en el césped, sino en acontecimientos cerrados, con el sello de patrocinadores y la participación del hincha virtual, llamado a manifestarse a través de las redes sociales en base a lo que ve en una u otra pantalla.

Esta saga de pasión, vida y muerte de Maracaná habla menos del estadio que de la propia ciudad de Río de Janeiro, de Brasil, y de ejemplos similares en el resto del mundo. Y habla más todavía, casi como una sombra del espíritu de algo que se fue, sobre las alegrías y desasosiegos de cada uno de nosotros, y de cómo nuestros recuerdos y nuestras tradiciones pueden desaparecer cuando menos lo esperamos.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Este texto está extraído del #Panenka105, un número que todavía puedes conseguir aquí.