Ha sido una década de silencios. Y no será porque las protagonistas no se hartaran de gritar goles. Otra cosa es que no fueron escuchados por la gran mayoría de los aficionados. Celebraciones que cayeron en saco roto al no contar con el apoyo de una sociedad que se prestaba, tan solo, a los homólogos masculinos. Ahora, tras muchísimo esfuerzo, comienza a despertar el gran público. Charlas en bares, debates televisivos y televisados, intercambio de opiniones en el feroz mundo de las redes sociales… Después de muchos tantos, el fútbol femenino se ha abierto hueco. Pero hace tan solo diez años, el panorama era más desolador de lo que nos pensábamos. Un intento más de lograr el reconocimiento que merecen y otra promesa que acabó en nada. Una Superliga a la desesperada.

Vámonos una década atrás. Corría el 2009 cuando muchos nos quedamos boquiabiertos y cerca del colapso al observar el juego del Barça de Guardiola. Aquel grupo de futbolistas encabezados por Messi, Xavi e Iniesta hicieron poesía sobre el verde y, partido a partido, se erigió como uno de los mejores equipos de todos los tiempos.

Y diez años después, algo ha cambiado en el balompié. Pero no hablamos en masculino, dónde las cosas no han cambiado sobremanera salvo una inflación brutal en el mercado de fichajes. Las mujeres también copan, ahora, la agenda futbolística. Los estadios han aglutinado a miles de personas y se han roto récords en el Wanda Metropolitano y en San Mamés. “Yo, y seguramente las que tienen mi edad y siguen en activo, teníamos claro que lo que estábamos haciendo era preparar un futuro mejor a las nuevas generaciónes”, comienza explicando Laura Ràfols, exportera del Barcelona, a Panenka. “Pero si me preguntas hace diez años si me imaginaba todo esto te contesto que si estás de broma”, sentencia la ya retirada guardameta.

Tras el Mundial del pasado verano, el inicio de esta Primera Iberdrola ha llevado a los espectadores a fijar su mirada en los diferentes partidos de la jornada. Partidos como el del Barça ante el Tacón o el que disputó el Sevilla – que no deja de mejorar desde la llegada de ‘Toro’ al banquillo durante la temporada pasada – ante el Granadilla, por poner algunos de ejemplo, han dejado grandes momentos de juego y emoción. También el Madrid CFF, que no el futuro Real, dejó una curiosa anécdota al prohibir la entrada de las televisiones y, por lo tanto, que no pudiésemos presenciar el encuentro ante el Real Betis.

 

“Fue una cagada. Terrible. Fue una liga muy aburrida porque jugabas siempre contra los mismos equipos”

 

Todo esto, hoy en día, también ocupa un espacio en las primeras páginas de los medios. Pero si pensamos en lo que ocurrió en la liga de fútbol femenino hace una década nos encontramos con un vacío en la memoria. Con silencio. Con miradas de reojo esperando a que un tercero nos de la respuesta. Pero es difícil ver lo que ocurrió con la poca visibilidad con la que contaba entonces esta disciplina.

No es que ahora estemos en la cima de la montaña y, a diario, sean las mujeres las que ocupen las portadas, pero se ha ido avanzando por el buen camino. “Ahora hay mucha más visibilidad que antes. La selección española tiene más nivel y también las categorías inferiores están haciendo muy buen trabajo”, afirma Ràfols. Por otro lado, años atrás, la liga no estaba patrocinada por la empresa energética que hoy da nombre a la competición.

Por aquel entonces, se llamaba Superliga de fútbol femenino y no estuvo exenta de polémica. De hecho, se aprobó ignorando la negativa de los clubes participantes. El sistema de la competición cambiaría por completo. Atrás quedaba la liga regular y se daba paso a dos fases diferentes. La primera consistía en tres grupos de ocho equipos ordenados de manera geográfica. La segunda, por su parte, ordenó a los equipos en función de los resultados obtenidos en la primera mitad del campeonato. El título, finalmente, se disputaba a doble partido entre los dos mejores equipos del primer grupo de la segunda fase.

A decretazo limpio y a espaldas de los clubes, la federación decidió ampliar la competición y se pasó de 16 a 24 equipos. “La federación aprobó esta Superliga sin oposición porque tienen artilugios legales para hacerlo. A los clubes no nos ha dado opción en esto. Esperemos que esta cacicada no siga adelante”, declaró por aquel entonces Juan Pedro Navarro, director del fútbol femenino del Rayo Vallecano. Sin embargo, la idea del entonces presidente Villar era clara. Invitación a equipos de primer nivel con el objetivo de visibilizar la disciplina y conseguir patrocinadores.

“Aquello fue una cagada. Terrible. Lo hicieron para abaratar costes y que equipos de primera masculina se uniesen al fútbol femenino y acabó saliendo mal. Fue una liga muy aburrida porque jugabas siempre contra los mismos equipos”, comienza la que fuese guardameta del Barça. “Además era poco real, porque encima el campeonato se lo jugaban en una final a doble partido. Fue, totalmente, un paso atrás”, sentencia Ràfols.

Clubes como Éibar, Sevilla, Valladolid, Nàstic, Murcia o Cacereño fueron invitados a crear equipos femeninos y entrar directamente en la élite de la competición. No obstante, estos dos últimos no pudieron disputarla por la incapacidad de fichar jugadoras y la falta de tiempo para desarrollar a jóvenes futbolistas.

“La Superliga hay que potenciarla, pero no con más equipos. En España hay 14 equipos de nivel y no da para más. Esta nueva competición de 24 clubes es volver al fango, a partidos descafeinados de 20-0 y esto no es bueno”, criticó también Navarro en declaraciones recogidas por As. Pero la voz se alzó más allá de Vallecas. En Torrejón, tampoco veían claro el nuevo sistema. “No se hacen equipos nuevos, solamente se cambian nombres y equipaciones, e incluso, como el caso del Sevilla y Éibar se les dan un ascenso a la Superliga, sin merecerlo sobre un terreno de juego”, denunciaron desde la entidad madrileña.

El revuelo fue tal que incluso entidades favorecidas como la de Nervión salieron al paso. “La opinión del Sevilla como club es que está encantado con tener un equipo en Superliga. A título personal, siendo deportivamente perjudicado, soy contrario a que ningún equipo no se gane el ascenso en el campo”, declaró Pablo Daza, director del fútbol femenino del Sevilla.

Pero la decisión no solo molestó a los clubes. Las jugadoras suscribieron las quejas de sus entidades y una gran oleada de futbolistas firmaron un documento de rechazo al nuevo formato que acabaría en papel mojado. En el documento entregado a la federación se hablaba de un cambio inaceptable en el que la competición quedaría totalmente desvirtuada. Además, alegaban que la liga perdería competitividad y regresarían los resultados abultados.

En total, 222 jugadoras militantes de los diferentes clubes estamparon su rúbrica en el documento. Y, más allá de respuestas cordiales, todas aquellas críticas y quejas no sirvieron para nada. “No sé por qué no nos hicieron caso. Supongo que ellos confiaban en que saldría bien pero a los tres años tuvieron que volver al formato clásico”, apunta Ràfols.

Por aquel entonces, en la máxima categoría del fútbol femenino español podíamos encontrar a clubes como el Collerense, l’Estartit, el Jaén o el Lagunak. Además, equipos como el Rayo Vallecano o el Espanyol llevaban la voz cantante en la competición. De hecho, las de Vallecas levantaron ese año su segunda liga consecutiva y todavía quedaría una tercera por llegar.

Por su parte, Barcelona y Atlético de Madrid quedaron sextos y séptimos respectivamente. Ni rastro del dominio que tienen en la actualidad. En cualquier caso y volviendo al tema que nos concierne, aquel formato de competición solo gozaría de tres años de vida. En la temporada 2011-12, la federación regresó al formato regular en un campeonato formado por 18 equipos, dando por cerrado el polémico capítulo.

Diez años atrás, la época más dorada del fútbol masculino español no había hecho nada más que comenzar. La selección crecía imparable y la liga masculina comenzaba a reivindicarse en las competiciones europeas. Nadie era consciente de la cantidad de alegrías que estaban por llegar. Una época dorada, un momento histórico. En masculino, por supuesto. En femenino, por el contrario, una de las páginas más convulsas de los últimos años. Desencuentros, oídos sordos e imposición. Pero la gran mayoría de ese público, en el más absoluto desconocimiento, tampoco era consciente de lo que estaba por llegar…