En una entrevista concedida a El País, Antoine Griezmann dijo que no sabía a ciencia cierta por qué los futbolistas se palmean el culo tan a menudo. El gesto es habitual entre los delanteros mientras celebran un gol o cuando, entre los defensores y el portero, logran evitarlo. Para el goleador francés, no tiene nada que ver con el aprecio. Tampoco con el cariño. El culo -dijo entre risas- es la parte del cuerpo que queda más a mano. Nada más. También confesó que nunca se había besado en la boca con un compañero; pero que podría suceder cuando ganase un título importante. De momento, ya tiene un Mundial en su palmarés y, al menos frente a las cámaras, no se ha dejado ver demostrando tal grado de efusividad.

Cuando le preguntaron por qué no había futbolistas gais, Griezmann se escudó en el miedo que podrían sentir los jugadores homosexuales a la reacción de los aficionados. En los años setenta, el escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini ya definió el fútbol como un animal bicéfalo: por un lado un “mundo solo de machos, y por otro, un “mundo de machos solos”. Pasolini jugó al fútbol toda su vida con la misma pasión que el niño, tifoso del Bolonia, que soñaba con regatearse a todos los rivales y marcar un gol inolvidable. Nunca escondió su condición sexual. La noche que lo asesinaron, había quedado con un golfillo de diecisiete años que vio cómo le atacaban en una solitaria gasolinera de Ostia, lo golpeaban y lo atropellaban con su Alfa GT. Pasolini murió a pocos metros de un campo de fútbol, sin haber podido marcar muchos de los goles que soñó.

“Todo el mundo sabe hay futbolistas gais a los que les da miedo salir del armario”, dice uno de los personajes de la novela Un talento natural, del escritor británico Ross Raisin. A su protagonista, Tom Pearman -un joven futbolista de diecinueve años-, le espera un futuro brillante en la Premier League que, no obstante, se tambalea por su condición sexual. Siente un miedo atroz a confesar su homosexualidad públicamente porque intuye las consecuencias: cánticos e insultos desde la grada, un alud de comentarios despectivos en internet, bromas pesadas en su propio vestuario. Sabe que su padre, un hincha que vive por y para el fútbol, no soportaría tanta vergüenza. Sabe que terminarían apartándolo del equipo. Que su carrera en las categorías inferiores de la selección se estancaría. Tiene mucho que perder, y nadie le asegura que esa jugada tan arriesgada vaya a terminar en gol.

 

Pier Paolo Pasolini ya definió el fútbol como un animal bicéfalo: por un lado un “mundo solo de machos, y por otro, un “mundo de machos solos”

 

“Cada vez se le daba mejor actuar”, escribe Ross Raisin, “desdoblarse en dos identidades: una normal, el futbolista, y otra inaccesible”. Por muchas vueltas que le da, Tom Pearman no se atreve a dar el paso que, hace décadas, sí dio otro joven futbolista que, como él, comenzaba a brillar en la Premier: Justin Fashanu. Su nombre comenzó a resonar por todos los estadios de Inglaterra tras culminar una excelente temporada en el Norwich City. Los 35 goles que anotó provocaron el fichaje del Nottingham Forest dirigido por Brain Clough, convirtiéndose en el primer futbolista negro por el que se pagaba un millón de libras. Unos años más tarde, sin embargo, su precio había caído hasta hundirse en el barro. Y no fue solo por sus problemas de rodilla; en los corrillos futbolísticos corrían rumores sobre su homosexualidad. En 1990, Fashanu decidió salir del armario con un titular que sacudió los cimientos del mundo del fútbol: I am gay”, tituló aquel número The Sun.

Fashanu aseguró no ser el único, pero no dio nombres por respeto. El mundo del fútbol, al fin y al cabo, es un espejo del mundo que gira más allá de las líneas de cal; aunque Tom Pearman no es de la misma opinión: “Esto es fútbol”, dice, “y el fútbol no se parece al mundo real”. Todavía es muy joven para entender lo equivocado que está. El trágico final de Fashanu es un ejemplo revelador. Tras retirarse, trabajó como profesor en Estados Unidos hasta que lo acusaron de violar a un menor. Regresó a Inglaterra. Poco después, apareció ahorcado en su garaje. Dejó una nota de despedida donde explicó que el sexo con el menor había sido consentido, y el menor había intentado extorsionarlo. “Ya no quiero ser más una vergüenza para mis amigos y mi familia”, se despidió. Espero que el Jesús que amo me acoja. Finalmente encontraré la paz”.

Dijo Pasolini que existe un destino físico en cada ideología, y algunos personajes de Un talento natural lo corroboran. La homosexualidad sigue siendo un tema tabú en el fútbol, a pesar de que se han superado ciertas fronteras. Brazaletes con el arcoíris, banderas multicolor en las gradas, manifiestos, artículos, opiniones públicas como la de Griezmann. La novela de Ross Raisin viene a sumarse a esta lucha para terminar con ese eco retrógrada que, por desgracia, tantas veces todavía ensucia las gradas de cantos homófobos.