Antonio Ortega Gutiérrez fue detenido en Alicante el 13 de abril de 1939 cuando se disponía a tomar un barco para abandonar España rumbo a Argelia. Ya degradado en los últimos tiempos de su responsabilidad en el Ejército Popular republicano, y tan derrotado como el resto de la República, fue encarcelado y condenado en un juicio sumarísimo. Semanas después de ser apresado, lo ejecutaron mediante garrote vil. Nacido en Rabé de las Calzadas, Burgos, en 1888, Ortega pasó de teniente destinado en Irún a gobernador civil de Gipuzkoa tras el golpe del 36, antes de desplazarse a Madrid, donde participaría en la defensa de la capital, ya ascendido a teniente coronel. En 1937, una vez afiliado al Partido Comunista, el gobierno de Juan Negrín lo nombró secretario general de Seguridad. Apenas duró unos meses en el cargo. Su papel en la detención y la desaparición, en colaboración con la inteligencia soviética, del dirigente del POUM Andreu Nin -y otros miembros de su partido- precipitó su cese y su regreso a la línea de fuego.

Sin embargo, la faceta por la que hoy más se recuerda a Ortega, gracias a investigaciones como la que publicaron Ramon Usall y Frederic Porta en la revista Sàpiens en 2017, es, paradójicamente, una sobre la que la Historia oficial se ha encargado de extender un velo de amnesia: la de presidente del Real Madrid desde mediados del 37 hasta el fin de la Guerra Civil.

Pese a la instrumentalización política de sus éxitos en tiempos del franquismo, no está de más recordar que el Real Madrid -en aquel tiempo, sin corona, y con la banda morada castellana de su escudo recién estrenada- fue un club con una estrecha vinculación a la República, mucho antes de la llegada a la presidencia del olvidado Ortega. Una anécdota sirve para ilustrarlo: el primer madrileño que mostró la bandera tricolor en un edificio oficial el 14 de abril del 31 fue un madridista reconocido. Rafael Sánchez-Guerra, candidato electo en aquellas Municipales que precipitaron la caída de la monarquía, acabaría siendo secretario general de la Presidencia de la República bajo el mandato de Alcalá-Zamora y, a su vez, presidente del club blanco desde 1935 hasta el estallido de la Guerra Civil. A diferencia de Ortega, su nombre sí que lo contempla el relato histórico del club. Entre sus méritos, la democratización de la vida del club, con su política de ‘un madridista, un voto’, y haber hecho fuerza para mantener a la entidad en su sede de Chamartín, pese a los planes urbanísticos que lo ponían en riesgo.

Sin embargo, con el conflicto ya en marcha, el club ‘merengue’ sería incautado por el Frente Popular, una medida adoptada por los propios socios, que optaron por que un comité nombrado por la Federación Deportiva Obrera sustituyera a la junta directiva. Así relevaron a Sánchez-Guerra, meses antes de que llegara al cargo Antonio Ortega.

¿Qué clase de presidente fue Ortega? Un dirigente para tiempos de guerra y competiciones alteradas. Fue un habitual en el palco e hizo de Chamartín un lugar en el que hacer política mediante exhibiciones deportivas y militares. Veía el deporte como una manera de mantener la salud y la forma de los soldados, una sana costumbre para estar listos para el combate. Y aun con una visión del fútbol que se apartaba de la mercantilización del futbolista -incipiente pero ya real en aquellos tiempos-, defendió la construcción de un gran estadio a la altura de lo que la capital española merecía. Pero con el fin de la guerra y su detención, nunca vería cumplidas sus ambiciones.

Como Ortega, Sánchez-Guerra también fue detenido con la victoria nacional, tras negarse a abandonar la capital y permanecer en el Ministerio de Hacienda. Pero pudo sobrevivir a dos detenciones, separadas por un exilio parisino que se alargó hasta 1960. Regresó a España para vivir sus últimos días como fraile dominicano en Navarra, lo que le permitió no volver a la cárcel, y murió en 1964.

Solo un año antes de su fallecimiento, había recibido una visita especial, tal y como recordó Alfredo Relaño en El País. Antes de jugar un encuentro contra Osasuna, Gento, Puskás y otros integrantes de ese Real Madrid que ya se había convertido en un referente europeo acudieron a saludarlo. Con ellos, también se acercó al Seminario de Dominicos de Villava un antiguo amigo, el entonces presidente de la entidad, Santiago Bernabéu; el mandamás que, con la construcción en 1947 de ese nuevo estadio al que daba nombre, había cumplido la ambición futbolística de alguien que compartió su mismo deseo, aunque desde el otro lado de la trinchera. Un militar comunista que un día presidió a los blancos pero al que la Historia fundió a negro.

 


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