El jueves marqué dos goles en el partidillo semanal que juego con los colegas desde hace años. No los celebré. Cuando llegué a casa no se lo conté a mis padres. Incluso mi novia me pregunto qué tal y no le dije nada. Al día siguiente tampoco presumí de ello en el trabajo. La verdad es que no sé por qué motivo. Supongo que fue por culpa de la cotidianidad. Convertimos en banal todo aquello que suele ocurrirnos de forma más o menos asidua. No otorgamos valor a las cosas buenas que nos suceden a diario. Os prometo que no soy Esperanza Gracia, pero si hiciéramos un listado con todo lo positivo que nos pasa en un día, seguramente en este no aparecería el café que nos tomamos por la mañana, las lentejas que nos comimos en la misma mesa que nuestros padres o el abrazo que le dimos al amigo que no veíamos desde hacía meses. Aspirando a que mañana llegue algo mejor, olvidamos disfrutar del momento. Y el tiempo no espera.

Decía Vetusta Morla, en su canción Copenhague, que “dejarse llevar suena demasiado bien”. Preferimos tenerlo todo bajo control. En el fútbol de hoy ocurre esto. Cada vez hay menos espacio para el ingenio. El big data se ha adentrado en este deporte, reduciendo así las posibilidades de que aparezcan acciones que no esperábamos. Hasta las celebraciones parecen pensadas y programadas. Por eso siempre me llamó la atención Filippo Inzaghi. Recuerdo verlo eufórico, corriendo como un descosido y con la cara desencajada después de marcar el 3-0 en un partido de la jornada 5 ante el Udinese. El contexto no encajaba con aquella forma de celebrar un tanto intrascendente. Pero al ‘Pippo’ no le importaba. Le daba igual quién fuera el rival o la belleza del gol. Era entendible semejante subidón viniendo de alguien que, en palabras del mismísimo Johan Cruyff, “no sabe jugar al fútbol, simplemente, siempre está en el sitio adecuado”. Para el holandés, es como si te pusieran a ti con la camiseta de la Juventus o del Milan y empezaras a meter goles sin saber casi ni cómo.

 

Alex Ferguson dijo una vez de Inzaghi que “nació en fuera de juego. Probablemente tenía razón, porque celebraba los goles como si no los mereciera

 

La belleza no era una de las características de los goles de Inzaghi. Mientras escribía este artículo, para inspirarme, me puse a ver vídeos del delantero en YouTube. Había uno llamado ‘Filippo Inzaghi top 5 lucky goals’, que reflejaba a la perfección la idiosincrasia de este futbolista. En uno de los goles, el delantero se disponía a empujar la pelota a puerta vacía. Inexplicablemente, golpeó mal y el esférico salió hacia arriba, por lo que acabó marcando con la cabeza. Es como si se hubiera dado una asistencia a sí mismo. En la final de la Champions ante el Liverpool, Pirlo lanzó una falta desde la frontal y a Inzaghi, que iba pasando por allí como si nada, le golpeó la pelota en la espalda cambiándola de dirección y engañando a un Pepe Reina que quedó vencido. Aquella noche hizo los dos goles de la final en la que el Milan ganó al Liverpool por 2-1.

Alex Ferguson dijo una vez de Inzaghi que “nació en fuera de juego”. Probablemente tenía razón, porque celebraba los goles como si no los mereciera. Como si mandar el balón 330 veces al fondo de la red haya sido mera casualidad. Yo en cambio creo que el bueno de Filippo lo único que intentaba con su efusividad era transmitirnos a todos un mensaje. Que aprendamos a disfrutar al máximo de los momentos buenos y de los no tan buenos. Que nos despreocupemos más y le demos valor a las pequeñas cosas. Que gritemos de euforia cuando haya algo que festejar. Ahora que lo pienso, al principio del texto dije que no celebré los dos goles que marqué en el partidillo con los colegas. Soy gilipollas. Nunca podrás saber cuándo marcarás tu último gol. Así que no hagas como yo y celébralo. Sé como Inzaghi.

 


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Fotografía de Imago.