Con la rodilla desconchada y el pelo alborotado, el 12 de septiembre de 1990 Matthias Sammer pide quedarse la camiseta con la que ha marcado dos goles en el Constant Vanden Stock de Bruselas. La selección de la RDA acaba de desaparecer. A Sammer le espera el salto a la Bundesliga, un Balón de Oro, un título europeo con su nuevo país, una breve carrera como entrenador y un cargo directivo en el Bayern de los prodigios: del país de los trabajadores al club de los millonarios


 

No sé qué he heradado de mi educación en la RDA. En ese régimen, mi padre [el exfutbolista y entrenador Klaus Sammer] se sentía incómodo y trataba de seguir su camino. Por eso no quería tener teléfono en casa, a pesar de que era un privilegio al alcance de muy pocos gozar de esa posibilidad. Mi madre se llevaba las manos a la cabeza cada vez que surgía la discusión. Pero él siempre decía: “nos van a espiar igualmente”. No tenía pelos en la lengua, y criticaba con dureza aquello que no le gustaba. Si hubiera tenido teléfono le habría resultado imposible controlarse.

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Tampoco sé qué queda en mi personalidad de aquel tiempo. Claro, futbolísticamente tengo una buena formación, pero quizá son más importantes otros aspectos. Por ejemplo, perder una partida al parchís es para mí una tragedia. No os podéis hacer una idea de lo pésimo perdedor que soy.

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Mis hijos casi no me preguntan por la RDA. Quizá el pequeño, de vez en cuando. Y entonces tienes que explicarle lo del Muro, y lo de que la gente no podía viajar. Él pregunta por qué, si ahora podemos ir a cualquier parte. Es lógico, no puede entenderlo. Le parece algo inexplicable.

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El 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro, estaba concentrado con la selección. Estábamos emocionados, porque aquello podía significar el sueño -jamás verbalizado- de todos los jugadores de la RDA: la Bundesliga. Intentamos concentrarnos en el partido contra Austria, porque aún podíamos clasificarnos para Italia’90. Perdimos 3-0.

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En aquel encuentro decisivo me sustituyeron en el minuto 87. Me senté en el banquillo y, de repente, un emisario del Bayer Leverkusen se colocó a mi lado. ¡En el banquillo de la selección nacional! Se había acreditado como fotógrafo solo para susurrarme una frase: “queremos contrataros a Thom, a Kirsten y a ti”. Desde luego, fue una época bastante loca.

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De chaval nunca soñé con huir de la RDA. Dresde es mi ciudad, allí crecí, allí mamé el fútbol, allí me sentía identificado. Adoraba a los jugadores del Dynamo, como Dixie Dörner. Llegué al primer equipo -con 17 años- y empecé a frecuentar un bar. El dueño me decía: “tienes que tomar las riendas de tu vida, en este país no vas a poder crecer”. Y el alcohol hacía el resto para terminar de imaginarme al otro lado. Pero luego, a la mañana siguiente, se me pasaba todo.

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Una vez coincidí en un hotel con el entrenador del Stuttgart. “Podrías jugar en cualquier equipo de la Bundesliga“, me soltó. Y mientras me lo decía, recuerdo que pensé: espero que no haya un micrófono de la Stasi cerca. Pues sí, lo había. Tuve que declarar ante la policía política y negar que quisiera salir.

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Si no hubiera caído el Muro, como entrenador del Dynamo Dresde le habría ganado la Champions al Bayern en Wembley. Como premio, me habrían hecho capitán del ejército con derecho a un Lada soviético tapizado en cuero rojo. Es broma. Supongo que habría compaginado mi carrera como futbolista con unos estudios de Magisterio en Educación Física.

 


Esta entrevista la publicaron originalmente 11Freunde y Bild y salió más tarde publicada en el #Panenka36, nuestro número monográfico sobre el fútbol más allá del Muro, todavía disponible aquí.