Nuestra llamada a Ricardo Rodríguez (Oviedo, 1974) le pilla ya cenado y a poco rato de plantearse ir a la cama. Cosas de los husos horarios y de vivir en el país del sol naciente. El lugar sobre el que, precisamente ahora mismo, todo el mundo pone sus ojos. Los Juegos Olímpicos paralizan la Tierra al completo. También el fútbol en Japón, que se toma un mes de descanso hasta la ceremonia de clausura de Tokio 2020. Mientras, los entrenadores de la J1 League se preparan para el tramo decisivo de la temporada. La liga en juego, las copas también y, de paso, la pelea por un lugar en la Champions asiática del próximo curso. Pese a todo lo que se le viene, el entrenador del Urawa Red Diamonds encuentra un hueco para encender su ordenador, abrir el Zoom y hablar con Panenka sobre cómo llegó a la ciudad de Saitama y explicarnos todo lo que está viviendo como técnico de uno de los equipos más grandes de Japón.

¿Por qué Japón?

Cuando estaba en Tailandia vi que Japón es una liga más potente. Después de cuatro años en Suphanburi dimití. Tenía ofertas de equipos de Tailandia pero vi que era el momento que dar un paso más. Ir a China, a Corea, a Japón, era mi objetivo. Sobre todo Japón. Porque había estado haciendo training camps en Osaka y me gustaba mucho cómo estaba organizada la liga, las instalaciones. Había estado de vacaciones, me atraía su cultura. Lo veía como un paso ideal. Sabía que no sería fácil, pero se dio la circunstancia y estoy contento de llevar aquí ya cinco años.

¿Cuáles fueron tus primeros pasos en este mundillo?

En el Oviedo, estuve cinco años trabajando en el cuerpo técnico. Con el filial, con el juvenil y demás. Ya entonces la función del entrenador me llamaba la atención. Luego estuve en la escuela del Real Madrid, en México, y ahí fue donde todo empezó. La parte de la dirección a veces puede ser un poco aburrida. Y dije: ‘va, cojo un equipo juvenil’. No quería solo dirigir la escuela, formar entrenadores, trabajar en la metodología. Empecé a probarme y me encantó. A partir de ahí fue cuando quise dar el salto. En Mexico le cogí el gustillo y vine a España para sacarme el nivel 3 de entrenador. Entonces, cuando estaba viendo entrenamientos por Barcelona, surgió la opción del Girona juvenil, que estaba en División de Honor, y me lancé.

¿Y cómo fue aquella primera toma de contacto?

Estuve seis meses en el División de Honor. Me subieron al primer equipo y ascendimos de Tercera a Segunda B. Pero en aquel momento el club estaba muy mal. Y me llamó el Málaga para coger al filial. Allí tampoco estuve mucho tiempo, porque hubo cambios en el primer equipo. El segundo entrenador se fue al Benfica con Camacho, y quedaba una plaza libre. [Juan Ramón López] Muñiz me peguntó si prefería ser segundo o entrenar al filial. Lo pensé un día o dos. Y ahí empecé otra vez. No fue volver atrás, pero sí ocupar otro rol. Entrené al filial en pretemporada y luego, ya desde la primera semana de competición oficial, me reubiqué en el primer equipo.

Después de regresar a España tras pasar por México, te vuelves a ir del país. Esta vez rumbo a Arabia Saudí.

Había estado en la dirección deportiva del Málaga. Pero estas funciones no me gustan mucho. Tras hablar con Fernando Sanz, salí de allí. Fue un tiempo complicado. Estuve 15 meses parado. Con ofertas. Pero sin oportunidades de lo que quería exactamente. Hubo un amago de coger al Oviedo con un grupo mexicano, pero no salió. Y con ese mismo grupo estuvo casi a punto de salir la opción de irme de segundo al Atlante, uno de sus equipos. Pero tampoco. Entonces me llamó Fernando Sanz proponiéndome ir a Arabia. Surgió por ahí. De una llamada suya. Se basaba en coordinar el fútbol en Arabia Saudí. Y es cierto que no era ponerse en un banquillo, pero llevaba 15 meses sin trabajar y quería volver a estar ahí. En ese tiempo hice un poco de todo. Ayudé a la olímpica preparando los Juegos de Londres 2012. Estuve de asesor con la sub-20 en el Mundial de Colombia. También en la sub-18. Hasta que me llegó la oportunidad de trabajar con Frank Rijkaard como analista en la absoluta.

¿Tu manera de entender el fútbol, más ofensivo, más dominador, más valiente, de dónde sale?

El año en Tercera con el Girona sí que teníamos un equipo de ese perfil. Había futbolistas que acabaron ascendiendo a Primera o Segunda. Como Dorca o Miki Albert. Muy buenos. Y practicábamos este estilo. Pero luego, cuando llegué a Tailandia, en el Ratchaburi vi que era muy complicado. Casi jugábamos solo a defender, replegar y contraatacar. Después, al irme al Bangkok Glass ya tuve otra vez un perfil de futbolista dominador. Más tarde pasé por el Suphanburi, donde no contaba con ese tipo de jugador. A raíz de un curso que realicé en China, fue cuando ya empecé a empaparme del juego de posición. Como con el Girona o en el Bangkok Glass, en Ratchaburi también ganábamos, pero no me sentía muy cómodo con la manera, y fue ese el momento en el que, con mi representante, empezamos a buscar equipo en Japón con la idea de encontrar uno al que le interesase ese tipo de juego, esa forma de entender el fútbol. Así surgió Tokushima. En esos seis meses de reflexión entre Tailandia y Japón aproveché para ir a ver a Guardiola, en Múnich, y a Sampaoli, en Sevilla. Así le di forma a mi estilo de una manera muy clara. Y en estos cinco años en Japón he desarrollado todo esto en el máximo nivel.

 

Cuando te decantas por un estilo de fútbol, lo das a entender y te identificas tanto con esa manera de juego, sucede lo que está pasando en Urawa. Esto, para mí, es el culmen. Lo más gratificante

 

¿Cuesta dejar de lado el estilo en el que crees para conseguir los objetivos marcados?

Sí. Es una satisfacción incompleta. En Suphanburi teníamos un ataque un poco más vertical, muy de contraataque. Y realmente no estás muy conforme ni satisfecho. Hicimos muy buena temporada, quedamos cuartos. Todo muy bien. Pero siempre te queda un poco de vacío. El jugador no mejora mucho porque es un fútbol demasiado sencillo, demasiado básico. Cuando sale de ti mismo e intentas aportar algo más a los futbolistas o al espectáculo, te das cuenta que tienes que ir por ahí. Ahora ya llego con las ideas muy claras al club. Le digo a la dirección deportiva lo que quiero. Como en Urawa, que ellos ya me buscaban a mí porque querían cambiar su manera de jugar. Es entonces donde empieza esa simbiosis para buscar a los actores, a los futbolistas que puedan practicar ese fútbol. Cuando te decantas por un estilo de fútbol, lo das a entender y te identificas tanto con esa manera de juego, pues sucede lo que está pasando en Urawa. Esto, para mí, es el culmen. Lo más gratificante.

Regresando a tu época en Tailandia, ¿qué te llamó para ir al sureste asiático?

Hay nivel. Al principio iba a Tailandia por esa necesidad de seguir trabajando como entrenador. Pero cuando llegué me di cuenta de que hay jugadores interesantes, extranjeros de cierto nivel. Es una liga competitiva, no es sencilla de ganar. También, cuando vas a un lugar de estos, no solo se trata de dedicarse al fútbol, tienes que proporcionarles una parte de cultura educativa. Con los propietarios, con las personas que tienes al lado. Hacerles entender que todo lleva un proceso, que todo tiene un tiempo. Y lo que es algo muy positivo de ir a una liga como la tailandesa es entrenar a futbolistas de muchas nacionalidades. En un equipo, aparte de los locales, tienes a jugadores de cuatro o cinco nacionalidades distintas. Manejar ese tipo de situaciones enriquece mucho como entrenador y a mí la etapa de Tailandia me vino muy bien porque acumulé muchos partidos, mucha experiencia. Con la edad que tenía era muy importante.

¿Qué te han aportado todas estas experiencias tan distintas?

Bagaje, sobre todo. En México coincidí con Xabier Azkargorta, que decía una frase que es cierta: ‘se juega como se vive’. Debes entender que un jugador suramericano tiene ciertos comportamientos o cierta manera de actuar dentro y fuera del campo. Ser entrenador es muchas cosas. Hay una parte futbolística, pero también otra de dominio de muchas situaciones y personalidades. Cuando ves que en un equipo hay tres brasileños que se juntan y se aíslan del resto, hay que saber cómo manejarlo. Cuando se mezclan distintas nacionalidades y ves que hay más variedad, observas que se traduce en unión. Por ejemplo: entrenar a jugadores en España es diferente a entrenar jugadores españoles fuera del país. Todo eso son muchas experiencias que intento meter en la mochila. Y luego, en ciertos momentos, poder sacarlas. Para ser entrenador debes tener una inteligencia emocional para entender muchas cosas. No solo con los futbolistas. Sino con propietarios, periodistas, directores deportivos, representantes… Haber estado en España, México, Arabia Saudí, Tailandia y Japón supone un bagaje bastante bueno. Trato de acumularlo e intentar tener soluciones para cuando se necesiten en el equipo. Cuanto más va pasando el tiempo, más experiencias vas adquiriendo. Y eso es positivo como entrenador.

En Tokushima lograste modificar el estilo con un fútbol de posesión, atractivo para el espectador. ¿Fue difícil cambiar la mentalidad de los futbolistas?

Ahí fue clave el director deportivo. Lo entendió perfectamente. Él quería un entrenador de ese estilo. Le gustaba eso. Fue una simbiosis. El equipo, antes de mi llegada, jugaba con un 5-4-1 y apostaba por el repliegue; aunque cuando tenía el balón tenía mimbres para hacer ciertas cosas con él. El director deportivo entendió el tipo de jugadores que quería para desarrollar el fútbol que pretendía. Cómo debía ser el portero con el juego de pies, cómo debían ser los centrales, cómo debía ser la gente de banda, los medios, los delanteros y la plantilla al completo. Fue muy rápido. Quizá nos confundimos en algunas situaciones, pero es normal. En general, tenía el perfil de jugadores que quería: centrales con muy buena salida de balón, volantes con mucha capacidad de juego, delanteros con una capacidad de presión inmensa, que iban bien al espacio y al remate. Luego, teníamos un carrilero bastante bueno por un lado, pero por el otro andábamos un poco más justos. Con eso, algún fichaje que dio verticalidad por fuera y los jóvenes, que habían sumado pocos minutos pero podían aportarnos cosas, tuvimos un impacto enorme. Pasamos de un Tokushima totalmente reactivo a otro con un juego propositivo. Podíamos salir jugando, podíamos presionar, teníamos mucha calidad, mucho juego interior. Fue una pena no ascender aquel año porque teníamos buen equipo. De hecho, ocho jugadores de la plantilla se fueron a la J1 League en año y medio.

¿Qué siente un entrenador cuando ve que en parte gracias a su trabajo un exfutbolista suyo crezca en otro equipo?

Al final, obviamente, trabajas para los futbolistas. Es un conjunto. Si tú potencias a los futbolistas, el juego del equipo se potencia. Siempre intento buscar la forma de que el futbolista rinda de la mejor manera que sea posible cuando está conmigo. A los jugadores jóvenes con hambre trato de potenciarlos. Y así fue. Muchos de nuestros futbolistas hicieron su mejor temporada. A veces, ahora, cuando nos enfrentamos, me dicen que aquel año fue buenísimo y que quizá ya no están a tan, tan buen nivel. Puede que sea por la forma de entrenar la situaciones que les planteo, por la motivación que busco sacarles o por las facilidades que les intento dar a la hora de desarrollar el trabajo. Yo aporto mi granito de arena, pero son ellos los que hacen el resto. Ver que hay jugadores que hacen su mejor temporada cuando están conmigo es satisfactorio.

Ahí conseguiste algo histórico: el segundo ascenso a la élite en la vida del club. ¿Cómo se siente un entrenador al ver que su trabajo sirve para hacer historia en un club de un país, de unas costumbres y una cultura tan diferentes?

Lo que más me enorgullece es que fuera el primer título para Tokushima, ser campeones. Al final te das cuenta de lo complicado que fue. Quizá no éramos el mejor equipo, pero sí estábamos muy bien compenetrados, con mucho hambre, con muchas ganas, con un día a día muy bueno. Ellos ayudaron a lograrlo. Al año anterior nos habíamos quedado a las puertas y al siguiente dijimos que nos teníamos que poner las pilas. Esa tenía que ser la nuestra. Se concienciaron. Darle el primer título a Tokushima, sin play-off ni nada, es algo que me llevo para siempre.

De Tokushima al Urawa Red Diamonds, uno de los equipos más míticos de Japón. ¿Provoca un plus de nervios, tensión o adrenalina ver que te vas a un grande?

Cuando salí de Tokushima lo hice buscando eso. Me pregunté si era capaz de darle la vuelta a la situación de Urawa y volver a poner a ese equipo histórico, grande, en su sitio. Poder ganar títulos, llevarlo a la Champions. Tocaba probarme a mí mismo. Sabía que tenía que dar ese paso porque este tipo de oportunidades no se dan todos los días. Urawa, al llegar a Japón, fue el primer club que me impactó. Por su estadio, por su forma de jugar. Al ver a aquel Urawa de 2016 que jugó la final contra Kashima para ser campeón, me dije: ‘ese campo, ese ambiente son espectaculares’. Cuatro años después me llegó la oportunidad y tuve que aceptarla. No me provocó mayor responsabilidad, sino que era un reto, otra situación. Ver si puedo poner a este equipo en los puestos de arriba. Y en ese proceso estamos. Estos primeros seis meses no han sido sencillos, pero estamos en las tres competiciones, el estilo de juego ya está bastante claro y ahora queda la parte más difícil: ser capaces de meternos en Champions y ganar títulos.

Después de unos cursos algo irregulares, tras tu llegada el Urawa vive muy cerca de la cabeza de la tabla en la liga. ¿Qué habéis cambiado, qué tecla habéis tocado, para revertir la situación del club?

Primero, el estilo. Volvimos a ser un equipo de proponer. Después, la recomposición de la plantilla. Con reajustes de posiciones de jugadores y con fichajes. Ahora, de hecho, vamos a tener tres futbolistas más para la segunda vuelta: Sakai, del Olympique de Marsella; Scholz, del Midtjylland; y Esaka, del Kashima, que es un jugador internacional e importante en Japón. Y, por último, destacaría el convencimiento de poder estar ahí. Hubo un tiempo en el que no ganábamos. Entonces yo buscaba quedarme con lo bueno. La media hora contra Yokohama Marinos, que fue interesante, o los 40 minutos contra Kawasaki Frontale, aunque nos metieran un 0-5. A partir de abril el equipo comenzó a coger una buena dinámica. Hay que hacerles ver que son buenos futbolistas y que pueden hacerlo si lo damos todo cada día entrenando y en los partidos.

Aún vivos en la Copa Levain y en la Copa del Emperador, tras el parón os ‘iréis de copas’. ¿Pero están entre los objetivos prioritarios de la temporada?

El objetivo del club este año es volver a Champions. Y para hacerlo tenemos dos vías: la de la liga y la de la Copa del Emperador. Además, con la Copa Levain tenemos la posibilidad de ganar un título. En el sorteo nos ha tocado el Frontale. Es un duro reto jugar 180 minutos contra ellos. Pero nos puede ayudar para ver cómo estamos respecto a marzo, después de aquel 0-5, con los nuevos jugadores. Como decía, el objetivo para este año era el cambio de estilo y entrar en Champions. Y luego, pues si como añadido cae el título de la Levain, perfecto.

¿Estos primeros objetivos son el primer paso hacia otros más grandes?

Claro. Si vas ganando y ganando siempre quieres más. Pero la Champions siempre fue una prioridad del club. Al final, Urawa es, con dos títulos, el equipo japonés que más Champions ha ganado y es un equipo tradicional de esta competición. Hay mucho interés por parte del club y de los aficionados por volver. Sería otra vez regresar a esa grandeza.

 

“La participación de Japón en el Mundial de Rusia fue bien valorada. Eso despierta el interés del aficionado. Se pregunta qué está pasando ahí. Tanto la J1 como la J2 son categorías muy tácticas, de mucho análisis”

 

¿La afición del Urawa presiona mucho al club por volver a esa grandeza?

Tienen un sentimiento de, primero, disfrutar del fútbol. Es un público muy exigente, muy pasional. Con la pandemia queda difuminado, porque solo pueden entrar 5.000 o 10.0000 personas como mucho a los partidos. Digamos que me he perdido la parte buena: aún no he podido vivir partidos con 25.000 o 30.000. Y eso es tanto para lo bueno, cuando ganas, como para lo malo, cuando hay presión o no juegas bien. Aunque el aficionado tiene ganas de vernos en Champions, de poder luchar por títulos. Es lo que demandan. Quieren ver buen fútbol y divertirse en el estadio. Por ahí van las cosas. El público entiende cuándo juegas bien o cuándo juegas mal, lo saben todo.

¿Crees que los Juegos son un escenario propicio para que Japón se dé a conocer un poco más, si cabe, en el mundo balompédico?

Pasa algo parecido a lo que sucedió en el Mundial de Rusia. La participación de Japón en la Copa del Mundo fue bien valorada, fue positiva. Eso despierta el interés del aficionado. Se pregunta qué está pasando ahí. Tanto la J1 como la J2 son categorías muy tácticas, de mucho análisis. Ves muchos conceptos de transformaciones de líneas para salidas del salón, de formas de presión diferentes. A veces miro el fútbol europeo y no encuentro tanta variedad táctica como puede darse en ocasiones en Japón. Aquí hay mucha riqueza táctica. Esta selección, lo vimos contra España [en el partido de preparación para los Juegos], tiene muchas cosas interesantes. Quizá Kubo es el jugador emblema de este equipo olímpico, pero también hay otros jugadores que ya están dando el salto a Europa. Como Tanaka o Tomiyasu. Y algunos como Hatate o Mitoma no tardarán en dar el paso. Hay jugadores jóvenes con calidad y perfil para estar en Europa, y yo creo que al final pasará como en la selección absoluta, que muchos están ya ahí. Cada vez está pasando más. A veces queremos fichar a jugadores para Urawa que te dicen que no, que lo que quieren es irse a Europa. Veo mucho afán por ello. Los jugadores de esta selección buscarán en los Juegos un escaparate tanto en lo individual como en lo colectivo para mostrarse y despertar interés.

¿Qué le falta al japonés para poder instalarse definitivamente en Europa?

Es una pregunta que siempre me hacen. Y es difícil dar una respuesta. En una conversación con un miembro de la federación, me sorprendió que me preguntara cómo lo hacíamos en España con los traductores para los jugadores. Le respondí que no tienen. Esto es algo raro para ellos. En Japón, cada jugador extranjero tiene su traductor. Obviamente, yo también. Eso me dio que pensar. Porque si te viene un inglés o un danés, hablas con ellos en inglés y lo solucionas. Pero si te viene un francés que no sabe hablar en inglés, pues yo no sé francés. Yo fui director deportivo y cometí ese error. Fichamos a un jugador holandés que no sabía español y el entrenador no hablaba inglés. Y no le dije al club que le pusiera un traductor para que se enterase. Ahora, desde el otro lado, lo veo vital. Con mi cuerpo técnico tenemos tres traductores. Para cada jugador, en cada charla, en cada ejercicio, en cada situación, hay uno. Es algo básico.

¿Y en cuanto al juego, les falta algo?

Yo antes pensaba que el jugador japonés era algo robótico. Pero no. Entiende bien el fútbol y los conceptos. Posiblemente el problema esté ahí, que haya que ayudarles más en la traducción. Son competitivos, tienen carácter, les gusta ganar. Son más disciplinados que nadie. No encuentro una respuesta sobre qué les falta. Posiblemente un margen de mejora pueda estar en que los clubes los apoyen con el idioma. Una lengua, por mucho que estudies, tardas ocho meses o un año en aprenderla. Es algo que me parece vital.

Llevas ya cinco años en Japón, has pasado por muchos países, ¿te planteas un cambio de aires en el futuro?

El fútbol es muy volátil. Aquí estoy contento. Te dejan trabajar, creen en procesos. Mi sueño y mi ideal es Inglaterra. Cuando salí del Málaga fui allí a aprender el idioma y ver fútbol. Me parece que ese país tiene algo diferente, vas a ver un partido y te enamoras. Pese a ello, intento vivir el día a día, cuando estoy en un equipo solo pienso en ese equipo. Estoy al máximo. Luego, si por el camino surgen cosas, como esto de Urawa cuando estaba en Tokushima, pues se analiza, se valora. Por ahora no tengo un interés en volver a un sitio o irme a otro. De momento estoy muy bien en Japón y posiblemente prolongue mi estancia aquí. Aunque es cierto que Inglaterra me llama la atención.

 


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Fotografías cedidas por el Urawa Red Diamonds.