Amanecía, todavía, el partido cuando una tempranera diana del Caldes de Montbui, obra de un Jordi Camí que aprovechó un error defensivo local en un saque de banda, alimentó todos los fantasmas del primer equipo masculino del Torelló, angustiado por haber sumado tan solo tres puntos en unas primeras cinco jornadas en las que la falta de efectividad en las dos áreas, así como la falta de acierto en el último pase, se habían erigido en una losa demasiado grande, infranqueable; atormentado por la incapacidad de celebrar la primera victoria del curso en la temporada del regreso del club a Segunda Catalana después de más de una década. “Estamos compitiendo en todos los partidos. Al final se nos acaban escapando por pequeños detalles, pero siempre tenemos opciones de ganar. Tenemos que estar tranquilos. Las sensaciones no son malas. Y estamos trabajando bien. Las victorias llegarán”, acentuaban desde el vestuario en la previa del encuentro de este sábado, correspondiente a la sexta jornada del campeonato.

Obligado a reaccionar para no hundirse más en la tabla del grupo 4 de Segunda Catalana, el conjunto de Carles Arjona apenas necesitó tres minutos para restablecer el equilibrio inicial en el electrónico por mediación de Ernest Farrés, que en el 4’ remató un buen centro de Marc Alberch desde el segundo palo. El equipo había vuelto a ponerse de pie, pero un nuevo error defensivo facilitó que el Caldes, que se había presentado en Torelló con la condición de invicto, lo mandara de nuevo a la lona por mediación de Alejandro Cañadilla, que firmó el segundo gol visitante en el minuto 23; aunque Dídac Serra apareció rápidamente para poner la venda en la herida local al gritar el 2-2 tan solo cuatro minutos más tarde, justo antes de que se cumpliera la media hora de partido. El Torelló se adueñó del duelo después del entretiempo, imponiendo su fútbol a la vez que desaprovechaba un sinfín de ocasiones manifiestas de gol; acosando, de nuevo, la inquietante falta de punch que tanto le está lastrando en este inicio de curso. Todos los males, todos los miedos, del cuadro de Carlos Arjona se agigantaron, más si cabe, en el 81’, cuando Carles Valls ajustició a los locales al aprovechar una jugada aislada para superar a Adrià Torrejón con una vaselina que pareció sentenciar el partido, clavándose como un puñal en la espalda de los futbolistas de un Torelló que, a pesar de verse demasiado cerca de encadenar una semana más sin reencontrarse con el adictivo e indescriptible sabor del triunfo, supieron encontrar las fuerzas para continuar persiguiendo la victoria cuando todo parecía ya perdido.

Fotografía de Albert Llimós (El 9 Nou)

Resilientes, reacios a resignarse, a aceptar una derrota que parecía ya ineludible, los locales se volcaron hacia el área rival con la ambición de conseguir un tanto que les devolviera la sonrisa, que les diera un empate que suavizara el dolor, que salvara el fin de semana. Lo lograron en el 86’ por mediación de Jaume Francolí, que celebró el 3-3 a la salida de un córner. Ya desatados, espoleados por una afición que, como sus jugadores, ansiaba, anhelaba, la primera victoria del curso, los futbolistas de Carles Arjona, revitalizados con la entrada de Bright Twene Oppong al césped, siguieron asediando la portería de Eduard Morte hasta que en el minuto 89, cuando el partido ya agonizaba, el árbitro señaló un dudoso penalti; quizá el más discutible de todos los que se vieron durante la tarde sobre el verde. El mismo Oppong, a quien una inoportuna lesión había dejado en fuera de juego hasta este sábado, se encargó de transformar la pena máxima engañando al cancerbero visitante con un chut a su izquierda, redondeando un duelo eléctrico; una tarde salvaje, de ciencia ficción, en la que el Torelló, escenificando su inagotable capacidad para resistir, su admirable e incansable empeño en levantarse después de cada revés sufrido, igualó el marcador hasta en tres ocasiones para acabar imponiéndose desde los once metros.

El 4-3 hizo que la alegría, aquella alegría, tan bella, tan pura, tan genuina, que tan solo puede provocar un tanto decisivo en el anochecer de un partido, ya sea en un encuentro de la sexta jornada de la liga de Segunda Catalana o en una final de la Champions League, en el municipal de Torelló o entre los focos del majestuoso Camp Nou, se apoderara del campo, de todos los presentes. Porque ahí, precisamente, radica, de hecho, la grandeza de este precioso deporte. En que nos emociona por igual, en que nos hace vibrar, llorar y sonreír, por igual, en todos los lugares del mundo, en todas sus acepciones. Quizás incluso más en la del Torelló que en la del Barça. Porque resulta más cercana. Más humana. Más real. Porque los que ganan son amigos; no semidioses ni extraterrestres. “Ha sido un partido trepidante. Y muy divertido. Nos hemos sacado un peso de encima; saliendo, además, de los puestos de descenso”, enfatizan desde el vestuario del cuadro catalán, felices de haber conseguido, por fin, la primera victoria del curso; un triunfo, cercano, humano, real, de los que se celebran entre birras, entre risas, en el bar del pueblo.