La cosa no está lejos del debate que viene habiendo últimamente sobre la propia presencia en las absorbentes redes sociales. Prácticamente la única alternativa al achicharramiento cerebral parece ser la huida. Salir. Irte. Salte de las redes, vete de internet. Vete un poco de la vida, que es un poco la honestidad que se echa a faltar en esa lógica. Lo que se dice menos porque es donde seguramente esté el nudo de todo.

La cuestión de fondo no es no estar sino cómo poder estar. Es si es posible estar de otra manera. La cuestión –¿cómo te puede gustar eso, cómo sigues eso? No te pega, ¿por qué no lo dejas?- vuelve a sobrevolarnos al hilo de la salida de Messi del Barcelona. La enésima situación en la que vemos cómo el rol del aficionado queda relegado al de una mezcla de cliente y último mono. Paradójica industria la única en la que el cliente no siempre tiene la razón. Solo la tuvo cuando era mucho más que cliente. El seguidor asiste a lo que siente como un tajo en el corazón. Sin embargo, lleva años construyéndose una malla de acero alrededor de ese órgano, una que convenientemente abre los días de partido, las mañanitas de ilusión, tardes de nervios y noches memorables. Por ahí entra a la vez el dolor y este placer del que no podemos, no debemos sentirnos culpables.

El aficionado al fútbol no abraza ciego una industria que cada vez se lo aleja más. Tampoco ya ningún jugador se besa el escudo. Aquí todo el mundo sabe lo que hay. Cuando aplaudimos a Messi, no estamos celebrando que el mundo vuelque. No estamos contribuyendo a ello siquiera cuando exclamamos con asombro ante otro gol imposible un rendido “qué cabrón”. Así es, nos han educado para enfriar afectos pero nos las apañamos halagando con un insulto. Le contaremos a nuestros nietos que vimos jugar a Messi de la misma manera que quienes lo olvidarán les tendrán que contar a los suyos que ni indiferentes al opio del pueblo ellos pudieron mejorar el mundo. 

 

El seguidor asiste a lo que siente como un tajo en el corazón. Sin embargo, lleva años construyéndose una malla de acero alrededor de ese órgano, una que convenientemente abre los días de partido

 

El fútbol no nos da de comer pero imagínate un mundo tan horrible en el que solo te emocione lo que te da de comer. Es hora de acabar con la imagen del futbolero cenutrio, tan dada a caricaturas clasistas en todo tipo de páginas o pantallas. Si el aficionado al fútbol no duerme una noche no es por una cantada de su portero. Asustan los datos del propio CIS sobre la cantidad de medicación para mantener el equilibrio emocional y corregir las dificultades del sueño que estamos consumiendo últimamente. Igual que muchas cosas no son “por el fútbol”, eso tampoco es “por la pandemia”. Ningún culé va a entrar en depresión este verano solo por una diez que nunca volverá a monigotear defensas igual. Menos de un año después de ganar el Mundial de Sudáfrica –histórico, pero lo que le faltaba a la gente para aborregarse-, medio país salió a las plazas con ánimo hasta de tomar parlamentos.

La retahíla de los males del fútbol ya nos la sabemos. Gestiones de sociedades anónimas (ni siquiera hace falta en el caso del Barcelona, club de socios) que son un disparate. La mira siempre puesta en los números (y ni así) en lugar de en los resultados. Individualización de un deporte en el que no es difícil ver a un adulto apartar a manotazos a sus compañeros para señalarse su propio nombre. Privatización de las retransmisiones. Entradas prohibitivas. Cultura falsamente aséptica que simula (¡nada de mensajes políticos!) que a esto se juega en un vacío social. Apuestas que amenazan a una generación con acabar con el disfrute porque sí, convirtiendo hasta un córner en posible contenido monetizable. Escudos nuevos que parecen de videojuego que no ha podido comprar los derechos. Colores imposibles de ponerte con unos vaqueros. Fichajes random -porque no hay más ideología que el flujo y el dinero siempre tiene prisa- que convierten en pasado el conocimiento cabal de los equipos. Venta a fondos de inversión. Hasta hemos escuchado a los propios dirigentes decir que el fútbol se les hace largo. En corto: este deporte suele estar en manos de personas a las que les aburre.

Salte. Vete. Desinstala. Desconecta. No estés. Pero no puedes abandonar lo que no lo va a hacer contigo. Solo quizá molestarlo, tratar de transformarlo, refundarlo. A título individual o mediante lecciones morales es inviable. Estamos hartos de verlo todo como un monstruo gigantesco que paraliza, un engranaje imposible de ser intervenido. Tan solo escapa. Pedir comida, las horas extra, el tiempo en redes, la hora a la que bajas la bolsa del orgánico, el avión que coges o si arropas a esos millonarios que solo saben dar patadas a un balón. Toda agencia reducida a actos individuales susceptibles de juicio moral. 

Si todo es una mierda, solo queda dejarse llevar o hacer como que nada va con nosotros. Pero no. “Podemos ser humanas, desordenadas, imperfectas, contradictorias, frágiles”, dice la escritora especializada en justicia climática Mary Annaïse Heglar en un artículo llamado El hogar siempre vale la pena. Y eso que habla de este Capitaloceno que muchos camuflan todavía bajo el nombre de Antropoceno. El reto es subvertir un pesimismo climático en el que tiene mucho que decir la invasión laboral del tiempo, esta epidemia de cansancio colectivo que hace que la vida parezca el tráiler de una película. Los goles ya no se repiten en los resúmenes. El mensaje es que cómo vas a contribuir a parar la hecatombe si no te da tiempo ni a preparar unos tapers. El reto no es tener razón, sino tiempo y energía para enfrentarte a poderes y forzar cambios. 

La pandemia ha visibilizado que técnicamente es posible que el negocio del fútbol siga sin aficionados, pero en un callejón sin salida. En cuanto han vuelto las personas, ha vuelto el contexto. Depender de la vida misma es la cruz de los despachos de este deporte y a la vez nuestra cara, por eso no han podido secuestrarlo del todo. Porque no nos fuimos aunque nos quisieran echar. Porque entendimos que o bien ciegos enamorados o bien acomplejados renegados no eran las dos únicas posiciones en las que jugar. Que hoy, decía un Machado que seguro sería un buen aliado contra la crisis climática también, es siempre todavía. 

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Imago.