“Ya no lo tendremos cerca ni podremos ir a verle como hacíamos cuando queríamos. Pero lo hemos disfrutado y a todos nos ha dejado un algo. Ese algo nació porque nos hizo pensar que podíamos controlar el juego, que es tan indescifrable” (Pep Guardiola).

Allá donde todos ponían doble cinco el puso medio cuatroCon este ejemplo podríamos explicar lo que representaba Johan Cruyff para el fútbol. Desde una decisión en la que su mejor alumno, un famélico Pep Guardiola, se convertía en el inquilino del espacio de mayor relevancia en el ideario del técnico holandés.

El fútbol se introducía en la lógica de los que lo tratan de manejar como un negocio cuando él llegó para devolvérselo a la gente tal y como Robbin Hood hizo con los caudales de los pobladores del Nottingham más medieval. Les quitó el protagonismo a quienes se defendían de la pelota ofreciéndosela a quienes la defendían a ella. A través de triángulos dibujó un juego que no entendía de robustez ni de estadísticas más allá de los porcentajes de posesión.

En su lienzo cabían siempre los que mejor hacían jugar, resolviendo el excedente en cualquier demarcación a través  de componer la primera línea de tres sin utilizar defensores reconocibles. Sus decisiones partían de la pelota, de su uso, de quienes mejor la adaptaban en su primer contacto para seguir jugando con ventaja. Era tal la obsesión por dominar el juego, que enseñó a los centrocampistas a pensar antes, a que controlaran su espacio próximo mediante giros de cuello. Era como una forma excepcional de sujetar los tiempos de las acciones.

Entre sus innumerables méritos está el hecho de haber sabido encajar las carreras de un precipitado búlgaro en un fútbol sosegado. Los extremos permitían que lo que iba ocurriendo por dentro se llenara de sentido, comprendiendo a su vez que sus posteriores galopadas diagonales fabricarían el gol. Txiki Begiristain, Hristo Stoichkov o Goikoetxea, entre otros, interiorizaron ese concepto trascendental del juego de posición que comienza en las fijaciones de los de fuera.

Divulgó como nadie la magia de Laudrup o Romario, creatividad andante, reforzando a su vez el vital papel de aquellos futbolistas que son buenos porque sin tener “nada” hacen que el balón siempre pueda estar de tu parte. Baquero, Eusebio o Guillermo Amor no se pueden explicar desde las definiciones que invaden las redes sociales o los medios de comunicación contemporáneos, pero jamás faltaron a su cita con la continuidad de la jugadas.

España, el Barça de los últimos tiempos, los porteros, los centrocampistas a los que les queda grande el dorsal, Xavi, Silva, Busquets, ¿qué sería del fútbol? ¿Dónde estaría la custodia de las convicciones de los entrenadores sin haber conocido semejante energía para defenderlas?

Cruyff no se ha ido. Que no traten de volver a engañarnos. Está en cada conducción de un central en busca de un defensor al que eliminar, en cada tercer hombre, en cada pase que consiga que puedan seguir pasando cosas, en cada envío que entrega tiempo. Su legado crece en cada instructor que cree que el entrenamiento es un espacio para el desarrollo de la inteligencia de quienes entrenan, en cada pausa de Iniesta, o en cada boca abierta que deje cualquiera de las conductas de Leo Messi.

De haberse ido, Neuer no saldría de la línea de meta para jugar con y para los demás, Alemania no sería campeona del mundo alineando a centrocampistas guardianes del esférico, y Robben, Douglas Costa o Coman no tendrían cabida entre los titulares de ningún equipo puesto que los extremos se habrían extinguido.

Por tanto, Johan está entre nosotros para siempre, mientras exista ese fútbol que fusiona estética y eficacia, porque para algo lo dignificó desde su nutritiva rebeldía. No se trataba de un egoísta, más bien ha sido un altruista que puso el balón a ras de la hierba y sobre los pies del talento para, con ello, revelar materia sumergida de valor inestimable, y de paso ridiculizar a todos los descendientes de la impuesta mediocridad.

Vivirá siempre, como no podía ser de otra manera, porque existe Guardiola y porque esperemos que pronto Xavi también parta de su doctrina para extender su obra en el tiempo.