“Para bien o para mal esta es la vida que elegimos”.

Natos y Waor en Generación perdida.


Fotografías de eight.shots


A los conciertos, Natos y Waor les llaman shows. A sus canciones, quizás tampoco habría que llamarlas como tales. Son, en realidad, crudos himnos a lo perra que puede ser la vida, a los sueños rotos, a las infancias consumidas entre cubatas, Jäger, colillas y cocaína. Hijos de la ruina que, sin futuro, viven el presente, eternos compañeros de domingos de ásperas resacas, Gonzalo Cidre (Buenos Aires, 1991) y Fernando Hisado (Madrid, 1988) salieron del barro para convertirse en lo que son ahora, “dos antisistema organizados, marginados populares y estrellados con estrella que narran el ya tradicional guion del chulo del barrio, del galán en la fiebre del oro, del rebelde sin motivo aparente”, como apuntaba Javier Marisma en El País.

Rebeldes, de Susan E. Hinton, es, de hecho, el libro favorito de Fer (Waor); una reveladora metáfora de la naturaleza, tan irreverente como inconformista, de dos raperos que, colocados como un pase de Iniesta, como una falta de Beckham, sacaron sus mejores maquetas de sus peores rachas, como acentúan en la genial Medias tintas. Tan elegantes como callejeros, el hecho de nacer en los 90, en las épocas del Madrid con Teka, les hizo contagiarse del incurable virus del amor por el balompié hasta el punto de que sus rimas, las de utilleros que se convierten en pichichis, de jugadores que pasan del filial al primer equipo, de cancerberos que suben en el 93′ a rematar el córner, están sembradas, trufadas, de referencias futbolísticas. Aprovechando el potencial del deporte rey para hablar de la vida, sus beats resuenan al mismo ritmo con el que rebota un balón, el mismo que hace casi 20 años ayudó al niño que era Gonzalo (Natos) a integrarse a su nueva realidad en España, en Torrelodones. “Lo que nos unía a todos los niños en el recreo era el fútbol. En mi clase también había otros chavales inmigrantes, pero salíamos a jugar al fútbol y allí daba igual de donde fueras. Era como un idioma universal. Todos nos entendíamos en el campo, en la pista. Cuando te pones a jugar no ves más allá del balón. Un niño llega a un barrio nuevo, sin conocer a nadie, y se va a las pistas de fútbol. ‘Chavales, ¿puedo jugar con vosotros?’. Así se forjan amistades”, reivindica antes de que Fer añada, en la misma línea, que descubrió el fútbol “como cualquier chaval de aquella época: a base de bajar a jugar con los chavales del barrio, con los vecinos, de pasar las horas muertas dando patadas a la pelota, que muchas veces era mía. Así empecé a pillarle el gustillo al fútbol. Supongo que ahora deben jugar al FIFA, pero en aquella época nos juntábamos con los vecinos. Iba a llamarles a los telefonillos uno a uno, bajábamos a la puerta de nuestros bloques y hacíamos una portería con dos sudaderas. La otra eran las dos columnas del edificio. Recuerdo que teníamos al vecindario loco con tantos pelotazos a la hora de la siesta. Y en el colegio era igual. Era fútbol, fútbol, fútbol. Recuerdo que nos pedíamos a nuestros ídolos, que nos imaginábamos que éramos ellos cuando jugábamos”.

 

“Lo que nos unía a todos los chavales era el fútbol. Salíamos al recreo y allí daba igual de donde fueras. Cuando te pones a jugar no ves más allá del balón”

 

Los ídolos, aquellos héroes, de apariencia extraterrestre, que acabaron de cimentar nuestro amor por el fútbol. En sus temas mencionan a Maradona, Zidane, Stoichkov o Palermo, entre muchos otros, pero lo que más seducía al Fer adolescente, a parte de la clase de Fernando Redondo, era el acento brasileño. “Me flipaban. Guardo con mucho cariño la camiseta del Madrid de Roberto Carlos con el ‘3’ y la de Brasil de Ronaldo con el ‘9’. Recuerdo que me las llevaba a todos lados. También me encantaban Rivaldo o Denílson. O Ronaldinho, que lo que hacía era alucinante. Lo teníamos súper normalizado, pero era asombroso. Es que hasta alguien al que no le gustara el fútbol se divertía viéndole jugar. Es que aquello era arte”.

Arte, la misma palabra que utiliza Gonzalo, que creció admirando a Leandro Romagnoli, el ’10’ de su San Lorenzo, para referirse al que es “el mejor jugador de la historia, un tío que te emociona al verle jugar por la sencillez con la que hace las cosas, que hace que parezca fácil algo que realmente es muy complicado”. “Sí, Leo Messi”, acentúa el rapero de Buenos Aires antes de reconocer que todavía no han escrito ninguna rima sobre él “porque habrá que hacer una que esté a su altura, porque hasta que no salga la perfecta no saldrá”; antes de extenderse en alabar el Barcelona de Pep Guardiola, “un equipo que estará siempre en el Olimpo de los grandes equipos junto al Brasil del 70 o el Dream Team”. “Me siento afortunado de haber podido vivir eso porque la verdad es que creo que no se va a repetir nunca. Era un equipo de auténticos fuera de serie, una maquinaria muy bien engrasada en la que cada pieza funcionaba a la perfección. Si alguna de ellas fallaba podía desmoronarse todo, pero la cuestión es que nunca lo hacían. En el fútbol, como en muchos otros aspectos de la vida, vale más la sumatoria de las partes que las individualidades. Sin ir más lejos, resulta evidente que Messi no juega igual en el Barça que en la selección”, asevera un Gonzalo que insiste en lamentar que “en Argentina, donde el fútbol es poco menos que una religión, donde el balompié se vive con un fervor de la hostia, se es extremadamente injusto con Leo. Ha hecho cosas grandes con la selección, pero se le echa mucho en cara el no haber ganado un Mundial, que, de hecho, si hemos estado cerca de hacerlo ha sido gracias a él. Si Higuaín llega a meter aquel gol en aquella final estaríamos hablando de otra cosa”.

Aquel gol, aquella final, que se escaparon dolorosamente, como lo hace la arena entre los dedos. “Me acuerdo perfectamente. Lo recuerdo todo con el máximo detalle. Tengo marcado el momento, el sitio en el que estaba, el portazo que pegué”, rememora Gonzalo, que recuerda entre risas que antes de aquel Mundial le dedicó una rima a Mario Götze, el hombre que acabaría alejando a Argentina de la gloria. Y a Messi de la redención eterna.

Fer empatiza mucho más con Ibrahimovic por su personalidad, pero no esconde su admiración por la figura del ’10’. “Por mucho que seas del Madrid, me parece que está a otro puto nivel. Si tuviera un hijo preferiría que se forjara a base de trabajo, de echarle horas, como hizo Cristiano que lo de Messi, que lo veo más como un talento casi innato. Pero es innegable que, si hablamos de calidad futbolística, Leo está a otro puto nivel”, enfatiza el cantante de madrileño, que si no tiene a Messi en el Comunio es “porque es muy caro y tendría que vender a todo el equipo, que tonto no soy tampoco”, afirma sonriente. Cristhian Stuani, Rodrigo Moreno y Karim Benzema componen la delantera de Fer en el Comunio, una de las vías a través de las que aquel chaval que coleccionaba los cromos de la liga continúa disfrutando del balompié. “Antes bajaba a jugar a los bloques o a la puerta de mi casa. Y ahora bajo al bar a ver los partidos, a charlar un rato mientras nos tomamos unas cervezas. También es una excusa para vernos con los amigos. Es verdad que a veces consiguen distraernos de problemas realmente importantes a través del fútbol, pero a ver cómo le explicas tú a un tío que se parte la espalda currando que no puede disfrutar de las cervezas en el bar mientras ve los partidos o de ir al estadio a ver a su equipo, que a lo mejor es lo único que le permite evadirse de la realidad. Cada uno tiene sus maneras de evadirse de los problemas que todos tenemos. Y, sin duda, una de las mejores formas de hacerlo es con el fútbol o la música, mucho antes que tomar drogas o emborracharse todos los días. Dentro de que evadirse no siempre es bueno, el fútbol es una de las mejores maneras de hacerlo”, subraya Fer, plenamente consciente del potencial del que goza el balompié “para sacar a chavales de las calles, de los vicios. Es como el caso del típico macarra que va pegándose en la puerta de todas las discotecas hasta que el boxeo, al permitirle canalizar su rabia, su mala hostia, su frustración, le acaba sacando de toda esa mierda. Al final aquel chaval acaba saliendo de todo un mundo de autodestrucción. El boxeo le acaba salvando la vida. Con el fútbol sucede lo mismo. Y con la música. A mí la música me ha salvado la vida”.

 

“El fútbol y la música tienen un potencial enorme para sacar a chavales de las calles, de los vicios, de un mundo de destrucción. Pueden salvarte la vida”

 

“El fútbol lo veo como algo que solo tiene cosas buenas. Que sirve para integrarte, para hacer deporte, para descubrir el sentimiento de pertenecer a un equipo, de ayudarse los unos a los otros”, añade Gonzalo, el mismo que en Contrabando proclama que “a falta de brillar con un balón lo hice cantando”, ilustrando el sentir de todos aquellos que, careciendo del más mínimo talento futbolístico, tuvimos que buscar la felicidad en otros senderos. “De niños casi todos queríamos ser futbolistas. Es el sueño imposible que casi todos compartimos. ‘Me gustaría ser el que está ahí’. Siempre le puse mucha garra porque no me gusta perder a nada, pero no pude llegar a la cima por ese lado. Pero por suerte la vida me dio la oportunidad de acabar dedicándome a otra cosa que también me apasiona”, sentencia el cantante argentino. “En el 99,99% de los casos aquel sueño se queda en una ilusión, pero hemos podido triunfar en otra disciplina”, insiste en enfatizar Fer en la misma línea.

El madrileño ha visto como su Real Madrid alzaba las últimas tres Champions League o como la selección española se proclamaba campeona del mundo, resarciéndose así de la insondable tristeza que le provocó la eliminación en el Mundial de Corea y Japón; pero el recuerdo futbolístico que conserva con más cariño es “cuando jugaba con el equipo de fútbol del colegio. Ahí nos juntamos un grupo de chavales que no teníamos absolutamente nada que ver los unos con los otros. Absolutamente nada que ver”. “Éramos de edades diferentes, de colegios diferentes, de situaciones familiares diferentes, de países diferentes. Pero nos juntábamos tres días a la semana. Y acabamos haciendo una piña por el fútbol, porque teníamos el objetivo común de pasárnoslo bien. No siempre ganábamos, pero, hostia, mirándolo con perspectiva, recuerdo que no tenía nada, nada, nada, que ver con esa peña. Y me parece precioso”, asegura Fer antes de cerrar la entrevista aportando su particular visión acerca de la nostalgia con la vivimos el balompié: “Quizás los chavales que ahora están creciendo con Cristiano y Messi dentro de diez o 15 años piensen aquello típico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero es que al final todo cambia. La vida da vueltas. Y ya no es que eches de menos el fútbol de esa época, sino que te echas de menos a ti en esa época. Con la música sucede lo mismo. No es que las canciones de antes sean mejores que las de ahora, sino que tú revives lo que te transmitían, la etapa por la que estabas pasando. Una canción de ahora no te puede transmitir las mismas sensaciones, es evidente. Pero quizás dentro de 15 años una canción de ahora te transportará a este momento y echarás de menos lo que estás viviendo ahora, aquello a lo que no le estás dando valor. Y en el fútbol pasa lo mismo. Echamos de menos a Ronaldinho, a Ronaldo, a Roberto Carlos. Pero, coño, dentro de unos años diremos: ‘Me cago en Dios, que hemos visto jugar a Cristiano y Messi’. El caso es no estar contento con lo que tienes y echar de menos cosas. Somos unos románticos. Y unos cascarrabias”. Y ríe. Y ríen. Y reímos. Porque, igual que esta vida no es perfecta ni tampoco ejemplar, pero es la nuestra, así es, también, nuestra forma de vivir el balompié.