Todo, o casi todo, nace de una frustración. Cualquier actividad que se realiza habitualmente y por gusto, es decir, cualquier afición, suele encontrar ahí su origen, tras un impedimento. Contaba Eduardo Galeano que se inclinó por la literatura el día que el balón se le negó definitivamente: escribiendo iba a hacer con las manos lo que nunca fue capaz de hacer con los pies. “Chambón irremediable, vergüenza de las canchas”, reflexionaba el uruguayo en El fútbol a sol y sombra, “yo no tenía más remedio que pedir a las palabras lo que la pelota, tan deseada, me había negado”.

El joven frustrado que termina por aproximarse al deporte a través de las letras es un personaje bastante común, y una de las muchas ideas que el periodista David García Cames plantea y desmenuza en su brillante tesis doctoral La jugada de todos los tiempos. Fútbol, mito y literatura, editada este año por Prensas de la Universidad de Zaragoza, “una obra titánica”, según sentencia Miguel Pardeza en el prólogo, que traza la compleja evolución del fútbol en la literatura hispánica apoyándose en la cultura del mito como principal punto de encuentro entre esos dos mundos. De Homero a Fontanarrosa, pasando por Cela, Delibes o Casciari, es enorme el desfile de autores que García Cames convoca en su ensayo para indagar en el significado y las motivaciones de aquellos textos de ficción que, desafiando a los tradicionales obstáculos, se han atrevido a abordar el juego en sus páginas.

El trabajo parte de una verdad como un templo: el fútbol se vive verbalizándolo. En tanto fenómeno de masas que exige un relato, “solo adquiere sentido si lo contamos, si vamos más allá de su presencia inmediata sobre el rectángulo de juego”. Por eso, afirma el autor, es falso ese tópico que escupen los futbolistas constantemente en la zona mixta; nada queda en la cancha, todo adquiere valor precisamente al trascenderla. El verbo permite al espectador regresar una y otra vez al campo, ya sea para recordar el gol que selló la victoria o la decisión discutible de un colegiado. Los deportistas devienen ídolos cuando los convertimos en parte de una historia. Sin una narración que lo cobije, y lo sostenga en el tiempo, cualquier pase, regate o disparo de la estrella se desvanecería un segundo después de producirse. “El fútbol se detiene y sobrevive en la palabra. Sin el relato de los hechos, un partido está condenado a esfumarse en el olvido”.

 

Como sostiene García Cames, es falso ese tópico que escupen los futbolistas constantemente en la zona mixta; nada queda en la cancha, todo adquiere valor precisamente al trascenderla

 

Este planteamiento justifica las crónicas, por ejemplo, que trabajan sobre lo real para ofrecerle una segunda vida a lo ya sucedido. Pero, como sostiene García Cames, el “carácter narrativo” del balompié también puede ser el argumento que ayude a entender “por qué muchos escritores lo han desdeñado como material para la literatura de ficción”. La problemática nace cuando se asume que lo que sucede en el césped es una forma de relato. Como advierte Martín Caparrós, “lo que construye el fútbol es un hecho narrativo en sí mismo. Ahora el fútbol se ve, entonces, es muy complicado hacer un metarrelato, porque se trata de un relato en sí mismo”. En este contexto, la palabra escrita, al enfrentarse al juego, corre el riesgo de acabar resultando repetitiva, y en consecuencia, prescindible. El libro también recoge otra voz, la de Jorge Valdano, que profundiza esa teoría: “El juego es como la literatura, una recreación de la realidad. Si los dos universos tardaron en confluir debe ser porque sus caminos fueron siempre paralelos. Había algo de redundancia en la literatura futbolística”.

Pero, entonces, ¿qué salida nos queda? El estadio y la página en blanco se presentan al escritor como dos escenarios demasiado parecidos, ante los que es complejo encontrar formas originales de entrelazarlos. Frente a este panorama, cuesta detectar un ángulo, un corte, un hueco a través del cual poder abrirse paso y hacer crecer un texto a partir de lo que se ve en el campo. Por suerte, en el primer capítulo de su tesis García Cames nos descubre una senda: “Es necesario ir más allá, considerar el fútbol una puerta de entrada a aquellos personajes que lo protagonizan, universo simbólico donde capturar experiencias simbólicas del ser humano. Pensar, como ha señalado Juan Villoro en alguna ocasión, que las jugadas públicas que vemos en la cancha tienen una vida privada desconocida para la mayoría del público. Es justamente en esa intrahistoria balompédica donde la literatura puede encontrar su caladero, donde la parada de un portero puede dilatarse en un abrumador instante consagrado por la lírica, donde el penalti fallado llega a ofrecerse como una metáfora del error que desencadena la tragedia del protagonista”. Ahí está la grieta. Ya solo falta tener agallas para adentrarse en ella.