Mario Corso (Verona, Italia, 1941) era ‘el pie izquierdo de Dios’, el derecho lo usaba solo para subir al autobús. Tenía el físico de un contable, pero eso no le impidió ganarlo todo con el ‘Grande Inter‘ de los años 60: dos Copas de Europa, dos Intercontinentales y cuatro Scudetti. Corso fue el jugador más atípico del fútbol italiano. Calcetines bajos, marcha lenta, número ’11’ en la espalda, aunque un ’10’ con los pies y la cabeza. No tenía un papel fijo: era un anarquista que jugaba en todas las áreas del campo, preferiblemente en la sombra, dicen las malas lenguas. Helenio Herrera odiaba su indolencia, pero no podía prescindir de su genio, porque solo necesitaba diez minutos para cambiar un partido. El ‘Mago’ intentó venderlo todos los años al final del campeonato, pero el presidente Angelo Moratti siempre quitó su nombre de la lista. Antes de la ‘maledetta‘ de Andrea Pirlo, estuvo su ‘foglia morta’ (hoja seca), un tiro libre lento pero mortal que pasaba justo por encima de la barrera y luego caía repentinamente. Y como una hoja de otoño, el balón acababa en la red sin que el portero pudiera atraparlo. Hoy, Mario Corso es ojeador del Inter, pero ya no puede ver los partidos del equipo porque se emociona demasiado. Es su esposa quien le dice si los ‘Nerazzurri‘ han ganado o han perdido. Para él, el Inter no es un equipo, sino un tatuaje en su corazón. Accede a hablar con nosotros del ‘Grande Inter‘ mientras disfruta del sol de Cerdeña.

¿Corso, qué hizo grande al Inter en la década de 1960?

Claramente éramos el equipo más fuerte. Lo ganábamos todo. Pero tiramos algunos campeonatos y Copas de Europa. Era difícil enfrentarse a nosotros, éramos un equipo divertido y compacto. E, individualmente, los jugadores del equipo eran unos referentes en sus posiciones: Jair, Mazzola, Facchetti, Suárez. No había ningún jugador limitado.

Hablando de Suárez, ¿cómo fue jugar con él?

Tuve la suerte de jugar cerca de Luisito y lo confirmo: fue uno de los mejores. Disfrutaba de todo lo que hacía. Su personalidad nos hizo dar un salto de calidad.

Usted hizo su debut con los ‘Nerazzurri‘ en 1957 con solo 16 años, mucho antes del ciclo del ‘Grande Inter‘. ¿Cómo cambió el equipo en esos años?

Antes de que llegara Helenio Herrera, el Inter ya era una entidad sólida, con el presidente, Angelo Moratti, y el director deportivo, Italo Allodi. Cuando Herrera llegó al Inter, trajo métodos de entrenamiento innovadores, pero se encontró en un equipo ya competitivo al que agregó grandes campeones. Y todo eso fue gracias al presidente.

No tuvo una bonita relación con Helenio Herrera.

Era un gran entrenador de lunes a sábado.

¿Es decir?

Durante la semana, trabajaba mucho la mentalidad de los jugadores para presionarlos a dar lo mejor de sí, y lo conseguía. Herrera siempre hablaba con cada uno de nosotros. Cuando se trataba del juego en sí, no actuaba mucho. Tuvo suerte porque en esos años no había cambios. Su gran cualidad fue la de poder convencer a muchos,  pero no lo hacía con todos. Algunos ni siquiera le escuchaban [risas].

 

“Al final del campeonato, Herrera le entregaba a Moratti una hoja con los jugadores transferibles. Siempre fui el primero en la lista”

 

¿Usted era uno de ellos?

Sí, pero no era el único. Herrera temía mucho a Armando Picchi, el líder de nuestro vestuario. Picchi tenía una personalidad fuerte y tuvo problemas con el ‘Mago’. En los últimos años, Herrera trató de traspasarlo a él, a Guarneri y a mí. Desde la directiva nos protegieron diciendo: ‘Tratamos de venderlos, pero nadie los quiere’. Luego, al reencontrarnos en verano, el ‘Mago’ se acercaba a nosotros y nos comentaba: ‘El club quería venderos, pero hice todo lo posible para que siguierais’. Era un personaje.

Pero Angelo Moratti le apreciaba.

Al final del campeonato, Herrera le entregaba una hoja con los jugadores transferibles. [Yo] siempre fui el primero en la lista. Moratti, que era un caballero, le decía: ‘ya veremos’, pero no pensó ni un segundo en venderme. Le gustaba cómo jugaba.

¿Qué relación tuvo con él?

Tenía un carisma y una personalidad increíbles. Cuando lo tenías delante, te intimidaba. Una palabra suya era suficiente para entusiasmarte si te estaba yendo bien o para corregirte si te habías portado mal. Era un hombre de otra época. Se parecía a Gianni Agnelli. Después de que marcara en la Intercontinental, me regaló el coche más deseado por los italianos: el Mercedes Pagoda. Moratti sabía mimar a sus jugadores.

¿Cómo nació la ‘foglia morta‘?

Jugaba en un pequeño equipo de provincia: el Audace de San Michele Extra, donde nací, cerca de Verona. Tenía un entrenador, Nereo Marini, que vio en mí cualidades que yo aún ignoraba. Todos los días, cuando terminaba el entrenamiento, me ponía a tirar faltas superando la barrera. En ese momento, a los jugadores no les importaba hacer ese tipo de ejercicios. Cuando llegué al Inter, me di cuenta de que los grandes campeones son los que al final del entrenamiento, riendo y bromeando, se quedan unas horas más para refinar el tiro y lanzar faltas, pero lo hacen mientras se divierten. Aunque es verdad que hay que tener un buen pie.

No fue casual que le apodaran ‘el pie izquierdo de Dios’.

Fue el entrenador nacional israelí Gyula Mánd quien me apodó así, en un partido clasificatorio contra Israel para el Mundial de Chile’62. Marqué dos goles, uno de falta, y ganamos 2-4. Me gusta la definición, aunque tal vez sea un poco exagerada.

‘El pie izquierdo de Dios, pero el físico de un contable’, dijeron algunos periodistas de la época.

Sí, decían que jugaba en la sombra. Aunque si fuera cierto, solo tenía que jugar diez minutos para resolver el partido. Lo importante es que corra la pelota, no el jugador. Podían comentar lo que quisieran, pero lo que me dijo Carlo Tagnin, el férreo centrocampista del ‘Grande Inter‘, es suficiente para mí: dijo que si jugaba bien, Suárez podría hacernos ganar; si yo jugaba, ganábamos. Imagínate que también corriera [risas].

Fue un futbolista atípico hasta por el número que llevaba en la camiseta, el ’11’. No era normal para un centrocampista.

En ese momento, el ’11’ lo elegían delanteros como Gigi Riva, del Cagliari, o Ezio Pascutti, del Bolonia. Nunca me importaron las convenciones. Los números no importan, es el talento lo que cuenta.

¿Cuál es el mito sobre el ‘Grande Inter‘ que más le molesta?

Que éramos un equipo que practicaba el catenaccio. El catenaccio italiano sitúa un jugador por delante y nueve por detrás. Y nosotros éramos diferentes. Nuestra defensa de cuatro hombres era tan fuerte que todos podían aguantar en el uno contra uno. Esto nos permitió jugar de forma ofensiva, sin tener que preocuparnos demasiado. Jair era extremo derecho desde el centro del campo hacia arriba, Mazzola era el delantero centro, Suárez siempre estaba enchufado y yo tenía un promedio de ocho, diez goles por temporada. En la práctica, eran cuatro posiciones, tres pases y estábamos frente a la portería.

 

“Decían que jugaba en la sombra. Aunque si fuera cierto, solo tenía que jugar diez minutos para resolver el partido”

 

¿Táctica o talento?

Solo talento. El entrenador no imponía esquemas precisos. Suárez saltaba al campo y hacía lo que quería. Entonces la táctica no estaba tan asentada como hoy. Ese fue un equipo de campeones, y Herrera siempre trabajaba el aspecto mental. Si tienes buenos jugadores, siempre ganas. Por ejemplo, junto con Giacinto Facchetti, inventamos una jugada que daba muy buen resultado, aprovechando nuestras tendencias naturales. Ocurre cuando los campeones pueden hablar sin dogmas de por medio.

¿De qué se trataba?

Mi posición en el campo era la de extremo izquierdo, pero en realidad me concentraba en jugar en el medio, cerca de Suárez. A mi izquierda, dejaba una pradera por la que Facchetti podía dar rienda suelta a su zancada. Tenía espacio para centrar o para disparar. O Suárez o yo le enviábamos la pelota a sus pies. Inventamos una acción que muchos han seguido usando. Lo inventamos nosotros, no Herrera.

¿Cuál fue el mejor partido del ‘Grande Inter‘?

El partido de vuelta de las semifinales contra el Liverpool de la Copa de Europa de 1965, después de perder 3-1 en la ida. El estadio estaba lleno, con un ambiente que nos condujo a la remontada. Ganamos 3-0 y marqué de tiro libre, con una ‘foglia morta‘ de las mías. Ese encuentro nos hizo conscientes de que podríamos vencer a cualquiera. Y en la final superamos al Benfica de Eusébio. Segunda Copa de Europa consecutiva. Era impensable para un equipo italiano hasta aquel momento.

¿La final más hermosa de la Copa de Europa?

La primera contra el Real Madrid. En el pasillo para entrar en el estadio de Viena me temblaban las rodillas al ver a los que estaban al lado: Gento, Di Stéfano, Puskás. Es cierto que habían llegado al final de una carrera gloriosa, pero teníamos miedo. Luego llegó Suárez, más desencantado que nosotros porque ya era un campeón establecido y había jugado en Barcelona, y nos dijo que nos centráramos. Los abrumamos.

¿Qué recuerda de la final del año siguiente contra el Benfica?

Teníamos muchas ganas de aquel partido porque la final se jugó en nuestro estadio, en San Siro. Pero comenzó a llover tanto que era casi imposible jugar. Con el campo tan pesado, el partido no fue tan bueno, pero fue bonito jugar contra Eusébio, uno de los cinco mejores jugadores del mundo.

La final perdida ante el Celtic de Glasgow no fue tan bien…

Nos sorprendieron porque marcamos el primer gol, y cuando nos poníamos por delante rara vez perdíamos. Inmediatamente anotó Mazzola de penalti y pensamos que ya lo habíamos cerrado. Subestimamos a los escoceses. Pero hay una cosa que decir: en ese partido nos faltaban campeones como Suárez o Jair. El Celtic lo hizo bien, pero fue culpa nuestra.

Hablando de talento, ¿hay un jugador que se parezca a usted? Algunos comparan su talento y su indolencia en el campo con los de otro ‘nerazzurri‘ zurdo: Álvaro Recoba.

Somos dos jugadores muy diferentes. Recoba fue un gran jugador, con una izquierda increíble, pero no tenía una gran personalidad. Pero es patrimonio del Inter. No creo que haya herederos ni jugadores por el estilo. Al igual que los futbolistas, los equipos también son irrepetibles. Los demás serán hermosos a la vista, pero de una manera diferente. El ‘Grande Inter‘ fue y será irrepetible.